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"¡Buenas noches, tengo que hacer una confesión: Toda mi vida he sito republicano y sigo siéndolo! Así que estoy un poco fuera de lugar aquí hoy". En teoría, John Giles, alcalde de Mesa, una ciudad de medio millón de habitantes en Arizona, estaba jugándosela al arrancar así su discurso ante 30.000 enfervorizados demócratas en la Convención de ese partido el martes por la noche.
Lo arregló con su segunda frase. "Pero es que me siento más como en casa aquí que en el Partido Republicano que tenemos hoy". Los abucheos, así, se convirtieron en vítores.
Giles es solo uno de los muchos republicanos anti-Trump que están en la Convención Demócrata. Al menos dos de ellos trabajaron en la Casa Blanca del ex presidente. Uno es Stephanie Grisham, portavoz de la entonces primera dama, Melania Trump, que relató el martes las presuntas órdenes que le había dado el presidente: "Da igual lo que digas, Stephanie, tú repítelo y la gente se lo creerá". Era una manera sutil de comparar a Trump con monstruos de la talla del jefe de la propaganda de la Alemania nazi, Joseph Goebbels, o el fundador de la URSS, Vladimir Lenin, a quienes se atribuye el famoso "una mentira repetida mil veces acaba convirtiéndose en verdad". El otro ex colaborador de Trump que ha hablado es Olivia Troye, que se fue de la Casa Blanca presuntamente por el desastre de la respuesta a la pandemia del Covid-19.
La verdadera estrella va a ser Adam Kinzinger, ex congresista republicano por Illinois - el estado en el que está Chicago - y muy conservador, que dejó el partido y la política. Kinzinger estuvo en la Comisión del Congreso que investigó el asalto al Capitolio por los seguidores del presidente. Fue, junto con Liz Cheney - la hija del vicepresidente con George W. Bush y secretario de defensa con George Bush 'padre' -, el único republicano que participó en la investigación. Cheney, sin embargo, ha rechazado todas las invitaciones de los demócratas para ir a la Convención, porque su apuesta es convertirse en líder del Partido Republicano si algún día ese partido abandona el populismo.
El cortejo demócrata de los 'never-trumpers' ('nucna trumpistas') es parte de un objetivo más amplio: atraer a los llamados "double haters", algo así como "los dobles odiadores", que no van a votar a ninguno de los dos grandes partidos. Su número se ha desplomado porque muchos de ellos apoyan a Harris, algo que no hacían con Biden. Su objetivo es convencer a gente como John Bolton, ex consejero de Seguridad Nacional con Trump, que detesta al presidente pero en 2020, tal y como confesó a EL MUNDO, votó... por Ronald Reagan, un político que había muerto en 2004.
Eso significa menos abstención y el colapso de los terceros partidos. El candidato de la izquierda y profesor de la Universidad de Columbia Cornel West y la candidata del Partido Verde - aunque cercana a Vladimir Putin, que incluso la invitó al Kremlin en 2015 - Jill Stein están bajo mínimos. Más posibilidades tienen el 'antivacunas' Robert F. Kennedy 'junior' (conocido coloquialmente como 'RFK'), aunque su cuota de votos se ha hundido al 5%, la tercera parte de lo que tenía hace seis meses. RFK es sobrino-nieto del asesinado presidente John Kennedy, e hijo del también asesinado fiscal general y candidato presidencial Robert Kennedy. Aunque ha sido toda su vida congresista demócrata, ahora ha girado y su política es una combinación de seudociencia, socialdemocracia en política doméstica y aislacionismo trumpista en política exterior, todo salpimentado de deliciosas anécdotas como que tiene un gusano en el cerebro consecuencia de un viaje a Nepal, o que arrojó el cadáver de un osezno atropellado a un lago del Central Park neoyorkino.
Ahora, RFK está negociando dar su apoyo a Trump. La idea de que un demócrata de toda la vida y con el apellido Kennedy apoye al candidato republicano sería una bendición para éste. Trump podría ganar fácilmente 3 ó 4 puntos en las encuestas, lo que le serviría para ponerse, de nuevo, en cabeza o al menos en igualdad de condiciones en las encuestas. Kennedy, además, aporta una pátina de credibilidad al sector más conspiratorio del trumpismo, porque es un Kennedy. Por ahora, el precio que ha puesto para irse con Trump no invita a la tranquilidad de la especie humana: director de la CIA (algo peligrosos en manos de un firme creyente en todo tipo de conspiraciones) o secretario de Salud (todavía más espectacular para una persona que dice no creer en las vacunas).

