"Me resulta fácil ser implacable"... La confesión de Keir Starmer llegó en el peor o en el mejor momento, nunca se sabe. Los británicos tuvieron el mayor atisbo hasta la fecha del auténtico carácter del líder laborista, que no dudó en pasar el cuchillo en su partido y prometió ser igualmente "ruthless" ("despiadado") a la hora de llevar las riendas del país...
Todo discurría sobre ruedas en la primera semana de campaña. Starmer se abría paso mientras el aún premier, Rishi Sunak, iba de chaparrón en chaparrón. El líder laborista se dejaba llevar por el viento, 20 puntos por delante en las encuestas, cuando de pronto le estalló el caso de Diane Abbott, la primera diputada negra del Reino Unido, a la que se ofreció una "salida digna" a sus 70 años.
Abbott desafió al líder laborista y le acusó de ejecutar una "purga" a la izquierda del partido, sin necesidad de recordar la puñalada a Jeremy Corbyn. La 'número dos' laborista, Angela Rayner; el líder escocés, Anas Sarwar; y el alcalde de Londres, Sadiq Khan, se plantaron ante Starmer y reclamaron "un tratamiento justo y apropiado" para la hija de inmigrantes jamaicanos y símbolo de la lucha contra el racismo y la desigualdad durante décadas. Starmer dio al final su brazo a torcer y accedió a que sea candidata.
El 'caso Abbott' ha servido para redefinir a Starmer como "el bastardo despiadado más amable", en palabras del columnista Nick Cohen: "Es el líder del partido del rescate que viene a salvarnos de nosotros mismos... No hay nada tedioso en Starmer, que tiene el potencial de ser una de las figuras más extraordinarias en la reciente historia británica".
Algo parecido opina su biógrafo Tom Baldwin, remontándose a las penurias de su infancia para explicar el "impulso" invisible que motiva a Starmer, bajo esa fachada inexpresiva. Los psicólogos lo llaman complejo de Faetón (una combinación de emociones causada por la pérdida, ausencia o comportamiento traumatizante de uno o ambos padres). La autora Lucille Iremonger llegó a identificar esa traza en el 62% de los primeros ministros británicos.
Baldwin tuvo un acceso privilegiado al líder laborista para lo que inicialmente iba ser un libro de memorias y al final se convirtió en Keir Starmer, la biografía, con todas las claves para descifrar el enigma y vaticinar lo que puede esperarse de él a su posible llegada a Downing Street.
Dura infancia
Starmer nació en Londres en 1962 pero creció en Oxted, un pequeño pueblo de 11.000 almas en la campiña de Surrey, donde su padre (Rodney) trabajaba como fabricante de herramientas y su madre (Josephine) como enfermera. Su infancia y la de sus tres hermanos estuvo marcada por la convalecencia de su progenitora, que desarrolló una rara artritis inflamatoria y acabó en una silla de ruedas tras la amputación de una pierna. Con su padre, definido por él mismo como "un tipo bruto y difícil", tuvo siempre una relación muy distante.
En ausencia del padre, que pasaba largas horas junto a su madre en el hospital, Keir "cargó sobre sus hombros grandes responsabilidades desde muy niño", según su hermana Katy. La familia estuvo acechada durante años por la pobreza, hasta el punto de no poder pagar las facturas del teléfono, de no tener televisión en casa o de no poder reparar durante meses el cristal de una ventana.
Juventud radical
Su padre le pidió que estudiara "para una profesión de provecho" y Keir Starmer eligió Derecho en la Universidad de Leeds. Completó sus estudios en Oxford, donde experimentó un viraje hacia la izquierda radical. De adolescente se inscribió como laborista y fue miembro activo de los Young Socialists.
Starmer fue miembro del colectivo editorial de la revista Socialists Alternatives, vinculada a la Tendencia Marxista Revolucionaria Internacional (IRMT) y con la misión de "redefinir el proyecto socialista". Cinco números duró la publicación y ocho artículos llegó a firmar el futuro líder, quien, sin embargo, no se mojaba mucho en los debates ideológicos. "Era el tipo que se quedaba en los asientos de atrás y que hacía el trabajo duro", asegura un viejo camarada.
Los años de la era Thatcher fueron los más radicales de Starmer, que a los 24 se pronunciaba en contra del centrismo: "En vez de girar hacia la socialdemocracia, lo mejor sería reconstruir el partido como un instrumento del socialismo, capaz de integrar a los nuevos movimientos sociales de los últimos 20 años".
Un año después, se puso la toga y se desprendió de su bagaje ideológico, aunque sin renunciar a sus ideales. Decidió especializarse en Derechos Humanos y llegó a ser asesor en esta área de la Policía de Irlanda del Norte, y ese trabajo sería a la larga vital para su salto a la política, convencido de cómo se puede propiciar el cambio "desde dentro".
El rigor del fiscal
"El nuevo fiscal general es un abogado que defiende a los pederastas", fue el titular con el que The Sun recibió el nombramiento en 2008 de Keir Starmer como DPP (Director of Public Prosecutions). "Se trata de un liberal educado en Oxford que ha defendido los derechos de los solicitantes de asilo, que ha cuestionado la guerra de Irak y que ha defendido a violentos criminales en el Caribe para evitar la pena de muerte".
La mutación de Starmer de abogado defensor a fiscal general sorprendió a sus colegas de izquierda. "Nos costaba entender que asumiera ese puesto", reconoció el abogado y socialista David Renton. Y, sin embargo, allí estuvo durante cinco años, en la transición entre Gordon Brown y David Cameron. Sus méritos le hicieron acreedor del título de Sir.
Los tabloides conservadores no le dieron tregua y le acusaron de violar su "deber de ser políticamente imparcial", ya fuera en defensa de la Ley de Derechos Humanos o durante los escándalos de las escuchas ilegales o de los gastos parlamentarios. Los mayores ataques los recibió sin embargo por cuenta del presentador Jimmy Savile -acusado de pederasta-, cuyo caso fue archivado en 2009.
El propio Boris Johnson usó esos argumentos contra él cuando ya era líder de la oposición laborista: "Sir Keir se pasó gran parte del tiempo como fiscal jefe persiguiendo a periodistas y fallando a la hora de acusar a Jimmy Savile". La verdad sobre el caso Savile sigue coleando, 13 años después de la muerte del depredador sexual (acusado por 300 potenciales víctimas). A modo de despedida de su cargo, Starmer ordenó en 2012 una revisión a fondo de los métodos de investigación de abusos sexuales y violaciones.
El salto a la política
Starmer tenía todos los boletos para ser juez tras su experiencia como fiscal. Su amigo Ed Miliband, entonces líder laborista, le pescó a tiempo y ensalzó sus tres grandes virtudes -"integridad, decencia y seriedad"- en su salto tardío a la política. Había cumplido ya los 51 años y no las tenía todas consigo. Acabó convirtiéndose en una rara avis en el gallinero de Westmister.
Cayó Miliband, las bases elevaron a los altares a Jeremy Corbyn y Starmer se vio de pronto ascendido a la categoría de secretario a la sombra de Inmigración y después a portavoz del Brexit, pese a sus serias dudas sobre la "efectividad" de su líder. Defendió la permanencia en el referéndum del 2016 y con el tiempo abogó incluso por una segunda consulta popular (ahora lo considera un tema "tabú").
Tras la debacle laborista ante Boris Johnson en 2019, Starmer no sólo se convirtió (en plena pandemia) en el sucesor de Corbyn. Fue también el vengador contra su ex jefe de filas, hasta forzar su expulsión del partido, emprender una cruzada contra el antisemitismo y ejecutar la purga en el ala izquierda.
El biógrafo Tom Baldwin recalca la actitud de "fiscal implacable" con la que el líder laborista trazó una raya en su propio partido. Sus comienzos fueron difíciles y en 2021 llegó incluso a pensar en la dimisión tras la pérdida del escaño en Hartlepool que los laboristas tenían desde hacía medio siglo. El otoño pasado tuvo que hacer frente a otra grave crisis interna, con la dimisión de decenas de concejales y el desplante de medio centenar de diputados por su negativa a pedir un alto el fuego en Gaza (la pérdida del voto musulmán puede ser su talón de Aquiles en la cita del 4-J).
"Starmer rescató un partido que estaba al borde de la extinción hasta acariciar la posibilidad de formar el próximo Gobierno", recuerda sin embargo Tony Blair, cuya sombra alargada se proyecta sobre su heredero, con su giro centrista que parece a veces un remake de 1997. Eso sí, todos saben lo que era el blairismo pero nadie sabe lo que es el starmerismo.
A la pregunta "¿En qué cree Keir Starmer?", la mayoría de los británicos responde que en "nada", seguido de "no sé", "en sí mismo", "en el pueblo" y "en el Laborismo". La extrema cautela, cercana a la total indefinición, ha arropado su ascenso en las encuestas, pese al poco entusiasmo que suscita como líder: el 30% de los británicos tiene una visión positiva de él, frente al 36% que asegura que no les gusta y el 26% que se declara neutral.
En una inusual confesión ante sus militantes, Starmer se ha definido esta misma semana como "socialista" y como "progresista". Su 'número dos', Angela Rayner, le ha llegado a describir como "el menos político de los políticos". Su biógrafo le ve como "un hombre de apariencia común pero con cualidades poco comunes, impaciente por llegar a su destino y por abanderar una década de renovación nacional". Se admiten apuestas...

