Estados Unidos se está quedando sin artillería para darle a Ucrania. Por esa razón ha tenido que decidir entregar a Kiev las controvertidas bombas de racimo. No es ninguna interpretación ni ningún análisis, sino las palabras del consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, el viernes pasado en la Casa Blanca. Si EEUU no entrega bombas de racimo a Ucrania, Kiev se quedará sin munición para una guerra en la que la artillería "está en el centro del conflicto".
Con su habitual aire de burócrata, Sullivan no dejó lugar a dudas. "Hemos suministrado a Ucrania una cantidad histórica de obuses de artillería, y estamos aumentando nuestra producción de estos proyectiles. Hemos alcanzado un aumento sustancial en la producción, pero es un proceso que va a llevar tiempo, y es absolutamente crítico darle a Ucrania un "puente" mientras nuestra producción aumenta. No vamos a dejar a Ucrania indefensa en ningún momento en esta guerra, punto", dijo el 'niño prodigio' del Partido Demócrata en materia de política exterior y de defensa.
Que Estados Unidos no quiera dar más obuses a Ucrania porque estima que le quedan los justos para garantizar su propia seguridad nacional si -Dios no lo quiera- se ve involucrado en una guerra de grandes dimensiones y que por eso le tenga que dar unas bombas cuya exportación el propio Washington ha prohibido es indicativo de un par de realidades que el conflicto de Ucrania ha puesto sobre la mesa. La primera es de índole general: Occidente en general -y Europa en particular- nunca ha tenido munición, ni tan siquiera capacidad industrial, para sostener un conflicto de grandes dimensiones. La segunda se aplica a la guerra de Ucrania, y expone una de las cosas que Rusia ha hecho bien: adaptar su economía a la guerra.
Vladimir Putin planeó una blitzkrieg o guerra relámpago en Ucrania. Cuando eso se fue al garete, viró hacia una guerra de desgaste, siguiendo el ejemplo histórico de todos los que han derrotado a Occidente -ya sean Vietnam del Norte, los talibán, o los movimientos de liberación nacional de las colonias francesas y portuguesas en los años sesenta y setenta- de que una guerra contra una democracia solo se gana a base de alargarla y de convencer a la opinión pública de esos países de que no se juega nada allí. La segunda parte de esa estrategia la estamos viendo a diario: aparte de las amenazas que ya nadie se cree, el Kremlin no está haciendo absolutamente nada para que las democracias que apoyan a Ucrania se vean en peligro. El objetivo de Rusia es que nos olvidemos de Ucrania.
La parte de alargar la guerra se resume en una cifra y en una frase. La cifra es el total de proyectiles de artillería, misiles y granadas de mortero que, según el Gobierno de Kiev, ha disparado Rusia contra Ucrania en la primera semana de este mes de julio: 343.202. Eso significa 49.029 proyectiles al día o, si se quiere desmenuzar más esa cifra, algo más de uno cada dos segundos. En el tiempo que tarda en leerse este artículo -unos seis minutos- Rusia habrá lanzado unas 800 bombas contra Ucrania. Hace un año, la producción de armas rusa estaba exangüe. Ahora, ha resucitado. No cabe duda de que muchos de esos proyectiles tienen cero precisión, no explotan cuando debieran, o son importaciones de Irán y de Corea del Norte. Pero eso no impide que Rusia bombardee Ucrania con ellos.
No es solo la producción de obuses. También hacen falta los 'tubos' -o sea, los cañones, para lanzarlos, y los sistemas de guiado- unas veces, de producción nacional; otras, conseguidas a través del creciente número de coladeros que las sanciones occidentales a Rusia están empezando a tener -para que acierten. Todo eso implica lo que el think tank de Washington Instituto para el Estadio de la Guerra (ISW, por sus siglas en inglés) califica de "movilizar gradualmente la base industrial de la defensa rusa para alcanzar las demandas en Ucrania pero sin llegar a una movilización económica general". Moscú, además, "ha mejorado mucho su guerra electrónica, hasta el punto de obligarnos a modificar nuestras tácticas", según explica a EL MUNDO el máximo directivo de un gigante tecnológico de Silicon Valley que colabora directamente con Ucrania. Rusia ha cometido muchos errores en la guerra. Pero también ha aprendido de ellos.
La clave es las palabras "base industrial de la defensa" o, en inglés, DIB. Ésa es una de las obsesiones de Estados Unidos en este momento. Y, tras la invasión de Ucrania, la mayor parte de los países europeos han constatado que no pueden vivir de espaldas a ella, como llevan haciendo prácticamente desde que cayó el muro de Berlín hace tres décadas. El problema es que reconstruirla es difícil. Las armas requieren fábricas, en un momento en el que la deslocalización ha llevado la producción industrial fuera del mundo desarrollado, y hacerlas requiere mucha energía, justo cuando el mundo está tratando de llevar a cabo una transición de los combustibles fósiles a las renovables que está disparando el precio. En Noruega ha habido un agrio debate acerca de si la energía eléctrica debe destinarse a servidores de la red social china TikTok o a fábricas de obuses.
La inversión en I+D necesaria para desarrollar tecnología militar es enorme, sus resultados son inciertos, y, en un momento de tipos de interés históricamente altos, la única inversión empresarial que la Bolsa acepta es en Inteligencia Artificial. Encima, en Europa las empresas no se fían de los Gobiernos, y temen que, si la guerra acaba, en tres o cuatro años vuelvan los recortes de los presupuestos de defensa, justo cuando las nuevas plantas de producción estén empezando a ser operativas. Pero el coste no es solo para el sector privado. El 18% del presupuesto militar estadounidense va a adquisición de armas; el capítulo "operaciones y mantenimiento" se lleva el 38%, según el Instituto Perterson para la Economía Internacional. Comprar armas y contratar soldados es caro, pero mantenerlos es carísimo.
Aparte, la invasión rusa de Ucrania ha puesto de manifiesto algo que nadie había querido ver: el tremendo consumo de munición de una guerra convencional a gran escala moderna. Un ejemplo que ilustra esa situación es el del que acaso sea el sistema de armas más conocido del conflicto: los lanzamisiles HIMARS. Ucrania tiene 20 que, según el general Mark Hertling -ex comandante en jefe de las fuerzas de EEUU en Europa- podrían lanzar fácilmente 7.000 misiles al mes. Este otoño, Kiev debería recibir otros 18 HIMARS, cuya fabricación ha llevado un año (los actuales 20 proceden de las Fuerzas Armadas estadounidenses), en una nueva muestra de que hacer armas no es fácil ni rápido.
En total, 38 HIMARS, más la aproximadamente docena de sistemas similares donados por Alemania y Reino Unido supondrían, en teoría, más de 15.000 misiles al mes. EEUU tiene en sus arsenales medio millón, que parece mucho, hasta que uno se da cuenta de que cuenta con 500 lanzadores entre el Ejército de Tierra y la Infantería de Marina. Al ritmo al que Ucrania podría usar sus HIMARS -según Hertling que, a fin de cuentas, hizo su carrera militar en artillería- EEUU solo tiene para tres meses. Lo mismo cabe aplicarse a otras armas. Los famosos misiles británico-italo-franceses Storm Shadow que Londres ha entregado a Kiev -y que mataron el lunes al noveno general ruso que cae en la guerra, el teniente general Oleg Sokov- se miden con cuentagotas. Reino Unido solo tiene 800. Francia, 500. El presidente de ese país, Emmanuel Macron, anunció el martes en la cumbre de la OTAN en Vilna que entregará a Ucrania 50 de esos sistemas. Eso equivale al 10% de su arsenal.
Todas estas anécdotas ponen de manifiesto una realidad muy simple: los países occidentales y, en especial los europeos, no están preparados para sostener una guerra convencional larga. Incluso Estados Unidos tendría dificultades en un ataque sostenido de China contra Taiwan. El caso de Alemania es especialmente dramático. Una investigación del semanario Der Spiegel reveló en mayo de 2018 que, en promedio, apenas diez de los 128 cazabombarderos Eurofighter, que constituyen la espina dorsal de la Fuerza Aérea de ese país, estaban en condiciones de entrar en combate. Tres meses antes, el diario Die Welt había destapado que, de los 44 tanques Leopard II y 14 vehículos blindados Marder que el Gobierno de la entonces canciller Angela Merkel había prometido para la Fuerza de Acción Rápida de la OTAN, solo eran operativos para entrar en combate nueve y tres, respectivamente. Esa Fuerza de Acción Rápida se creó tras la invasión rusa de Ucrania en 2014. Ahora, la OTAN quiere multiplicarla por ocho. ¿Con qué fuerzas?
Conforme a los criterios de The Trust Project
