No deja de haber justicia poética en el hecho de que el gran acto institucional con el que este viernes se conmemoran los 50 años de reinstauración de la Monarquía en España haya tenido como protagonista a la Reina Sofía mientras a su marido, el Rey Juan Carlos, se le ha impedido estar presente.
Lo segundo, porque por más que se pueda subrayar, y sólo responde a la veracidad histórica, el extraordinario papel del segundo como motor del cambio hacia la democracia y para apuntalar una institución como la Corona, no es menos cierto que en las peores páginas de su biografía no le faltó tampoco empeño personal para socavarla y abollarla hasta hacerla tambalear. Quienes estos días se hacen de cruces por que no se haya invitado a Don Juan Carlos a estos eventos en el Palacio Real y el Congreso poco recuerdan que, cuando se vio obligado a abdicar en 2014, dejó una Monarquía sumida en el descrédito y para el arrastre, que si ha podido mantenerse a flote y aun recuperar prestigio y apoyo ciudadano ha sido por el trabajo ejemplar de Felipe VI y Doña Letizia. Se diría que ni recuerdan que el Emérito no deja de hacer méritos a día de hoy para que tantos monárquicos accidentalistas ardan en deseos de un referéndum que abrace la República. Como para no rehuirle. A todos ellos les ha respondido el mismo Monarca en un discurso notable en el Palacio Real -que tanto ayudaría que unos cuantos dirigentes políticos se leyeran con calma y subrayador- cuando, lisa y llanamente, ha zanjado que en la Monarquía ya sólo cabe "ejemplaridad".
Pero, volviendo a la primera, la Reina Sofía, su comportamiento exquisito y la dignidad con la que entiende su posición y lo que la Corona representa, la convierten en el reverso de la misma moneda. Y bien está que sea justamente en ella, gran apoyo durante el tardofranquismo y la Transición para afianzar el Trono, y pilar a lo largo de estas cinco décadas -lo sigue siendo- de una institución de naturaleza familiar y dinástica, en quien se ponga este 21 de noviembre el foco cuando se trata de destacar el activo que, con sus luces y sus sombras, viene representando la Monarquía parlamentaria en nuestro sistema democrático.
"Una vida entera de servicio ejemplar y de lealtad a España y a la Corona, apoyando con convicción al Rey Juan Carlos en su acertada y temprana apuesta por la apertura democrática y las libertades. La figura de la Reina Sofía forma parte también de la memoria afectiva de la España democrática", ha destacado no sin razón Don Felipe.
En la ceremonia sencilla pero emocionante y de justita solemnidad, convertida también en un canto al espíritu de la Transición, además de la del Emérito han destacado otras ausencias menos justificables, como la de las hijas y nietos de Doña Sofía, así como de otros familiares como los de la dinastía griega, que han restado altura dinástica al acontecimiento. En Zarzuela muchas veces confunden prudencia con miedo.
El ingreso de Doña Sofía en la Insigne Orden del Toisón de Oro es un acontecimiento antes que nada histórico, dado que nunca antes una Reina consorte había tenido tal reconocimiento. Y representa un gesto de extraordinario simbolismo por parte de su hijo, el hoy Rey, que no sólo destaca y reconoce así sus servicios prestados a la Corona y a los españoles en todo este tiempo, sino que también ejemplifica los valores de pundonor y honorabilidad con los que deben ser capaces de cargar en todo momento los miembros de una familia en el trono. En especial en tiempos como los actuales, en los que las sociedades plurales demandan a sus distintos poderes ejemplaridad máxima.
Cuando Don Felipe cumplió 10 años y recibió los atributos como Príncipe de Asturias, su padre le espetó con la solemnidad que exigía la ocasión: "Esa cruz que llevas sobre el pecho significa también tu cruz de Rey. La que debes llevar con honra y nobleza, como exige la Corona: ni un minuto de descanso, ni el temblor del desfallecimiento, ni una duda en el servicio a los españoles y a sus destinos". Por desgracia, se demostraría enseguida que para Don Juan Carlos había mucho de hueco en aquellas palabras ampulosas. En cambio, a Doña Sofía le encajan bastante bien. Y es que tampoco se puede pasar por alto que estamos ante una de las últimas representantes con vida de tan peculiar institución forjadas para entenderla como compromiso perpetuo.
Quien esto escribe desconoce si el Rey Felipe imaginó imponerle a su madre el gran collar del Toisón de Oro en un acto que coincidiera con el cincuentenario de la Monarquía. Probablemente no, dado que decidió este tributo hace ya cosa de 13 meses. El caso es que al final a todos les ha venido bien que el 21-N se convierta en un homenaje a la Reina Sofía. Claro que mal se entiende la devaluación del Toisón que supone que, en la misma tacada, Don Felipe haya engrandecido con el mismo gesto a los dos padres de la Constitución vivos, Miguel Herrero de Miñón y Miquel Roca, y al ex presidente del Gobierno Felipe González. No sólo porque de este modo se ha rebajado el subrayado de la grandeza que tiene, insistimos, que por primera vez una Consorte reciba la máxima condecoración de la Corona -no es una condecoración de Estado, el Gobierno ni pincha ni corta-, sino porque con el histórico dirigente socialista parece abrirse una vía a todas luces inconcebible que lleva a pensar que algún día recibirán su Toisón Aznar o el mismo Sánchez. Buen despropósito.
Con seis siglos de historia, la del Toisón de Oro ha sido durante siglos la más prestigiosa de las órdenes de caballería en Europa. Su exclusividad prácticamente la restringió a miembros de la realeza hasta tiempos recientes. Y hubo que esperar a la llegada al Trono de Juan Carlos I para que el gran collar empezara a recaer también en mujeres. De gran importancia para la continuidad dinástica fue la concesión de Felipe VI a su primogénita, la Princesa Leonor, en 2018, gesto acompañado de exabruptos muy propios de la burricie general como aquella salida de tono de Pablo Iglesias al que sólo se le ocurrió decir que era "de mal gusto" regalar "un toisón de 50.000 euros a una niña de 12 años. Hay gente que no puede pagar la factura de la luz o que es víctima de desahucios y no está la cosa como para comprar toisones de oro de 50.000 euros".
Con el reconocimiento a Doña Sofía se rompe otro techo de cristal en la historia de esta Orden. Mal se entendía que, a diferencia de lo que pasa en el conjunto de Monarquías del continente, de la máxima condecoración del Reino de España estuvieran privadas las cónyuges de los titulares. Ya no hay motivo que justifique seguir privando ni un día más a la Reina Letizia de su Toisón, la republicana que tanto ha coadyuvado a la regeneración y modernización de la Corona. Quizá sin ella hoy no se pudiera seguir celebrando que hay Monarquía en España. Y eso también es legado de Don Juan Carlos.

