En el principio fue Franco. Nada se explica sin él sobre la faz de esta tierra, en el solar machadiano por donde cruza errante la sombra de Caín. Ni los pantanos ni las universidades privadas ni la energía nuclear. Del urbanismo de Benidorm a las navidades en familia, todas las asechanzas que envenenan los sueños del alma progresista se remontan incesantemente a aquel alzamiento que destruyó el edén republicano. Puede que Franco muriera en la cama hace medio siglo, pero el franquismo no puede morir: no lo permitirá el antifranquismo. Hubo una izquierda efímera que prefirió definirse como hija de la democracia antes que como nieta de la guerra civil, pero esa herejía felipista fue denunciada por el zapaterismo y definitivamente condenada por el sanchismo.
De modo que el calendario litúrgico de la nueva paleoizquierda conmemora la efeméride de la tromboflebitis del general como una irrupción mágica del Lado Correcto de la Historia en el atribulado devenir de España. El antifranquismo se hizo religioso porque no pudo celebrar el éxito fáctico de ningún complot o revolución contra el dictador cuando estaba vivo, así que no ha tenido más remedio que rebelarse contra él después de muerto. Y con mayor fervor a medida que se aleja la fecha del óbito, para estar todos más seguros de que el finado no puede levantarse. De ahí que se haya invertido más presupuesto en festejar la muerte de Franco en 2025 que en 1985.
Para que Franco siga muriendo es preciso señalar a todas horas y en todos lados las subrepticias señales de su presencia. Si el mayor triunfo del diablo consiste en hacernos creer que no existe, la mayor victoria de Franco no fue la batalla del Ebro sino hacernos creer que murió de tromboflebitis en 1975. Franco vive en cada rueda de prensa de María Guardiola, en cada invitado que acude a divertirse a El Hormiguero, en cada insolente regate de Vinicius. El antifranquismo insomne es por tanto la causa primera de perpetuación del franquismo entre nosotros, longevidad insospechada hasta para el propio dictador, que no se atrevió a soñar con durar tanto.
Ya se remueve de gusto el autocrático esqueleto en su tumba recientemente estrenada. Si nos acercamos al cementerio de Mingorrubio y pegamos el oído a la huesa de Francisco Franco Bahamonde oiremos un seco chasquido, un crujir de huesos flexionándose y extendiéndose: es el mismísimo FFB, que está calentando porque sabe que le toca salir otra vez en el ciclo electoral que arranca en Extremadura. A las crédulas beatas de progreso (charos, en román paladino digital) las asustarán con el regreso del franquismo si no se levantan del sofá para ir a votar religiosamente a su Pedro. Si encima acreditan que han llevado al nieto al colegio electoral, igual las invitan a una charla sobre las Trece Rosas en el Círculo de Bellas Artes.
Pero el nieto no irá a votar. Y si va, votará a Franco o a quien el muchacho crea que se le parece más. Porque está en la naturaleza de la juventud la rebeldía contra los dogmas establecidos, y nadie que no sea una charo compacta y maciza negará que el antifranquismo ha alcanzado cotas asfixiantes en la vida política, social y cultural de este país en las últimas cinco décadas. Un credo tanto más sofocante cuanto más intempestivo, banal, cobarde y superfluo. Así que la impía chavalería de siempre, sedienta de autenticidad y aliada del escándalo, ha encontrado una forma barata y eficaz de montar el pollo, nunca mejor dicho: basta ondear la bandera del pollo en sus redes sociales y sentarse a disfrutar de los chillidos de los búmers.
Los jóvenes que ayer corrieron delante de los grises hoy corren delante de las charos. Son el instrumento hegeliano que la Historia empuña para purgarse a sí misma de los excesos permitidos: una drástica corrección. Un reequilibrio punki. El problema de esta revancha generacional contra la hipocresía desorejada de sus mayores es que condenan al país entero a seguir atrapado en el Francoceno, etapa geológica posterior al Antropoceno. La retórica guerracivilista se repite como farsa. Se cronifica la pelea manicomial entre fachas de pega y rojos de mentira (los de verdad juraron no volver a pelearse jamás sobre la sangre que derramaron). Se renueva la apestosa vigencia del cainismo español en versión TikTok. Y la conversación pública queda secuestrada, la política se ensimisma y se achican los espacios para cualquier debate adulto, laico, racional.
O sea, la fantasía de cualquier político divisivo. Tres años tenía Pedrito cuando murió Franco. Siete lleva en el poder arrojando cerillas al bidón de gasolina del guerracivilismo para seguir gobernando, aunque sea sobre un paisaje de cenizas.

