50 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE FRANCO
50 aniversario de la muerte de Franco

El legado de la Transición que nos dio una democracia busca defensores en las nuevas generaciones

El pacto constitucional ha demostrado su "fortaleza" y "legitimidad" en las duras pruebas superadas en el medio siglo transcurrido desde la muerte de Franco y la proclamación de Juan Carlos I

Varias personas acuden a votar en Madrid en el referéndum de la Ley para la Reforma Política. | EFE
Varias personas acuden a votar en Madrid en el referéndum de la Ley para la Reforma Política. | EFE
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En la primera escena de Hamlet, el príncipe de Dinamarca repudia a su madre porque "un mes apenas, o antes de gastarse los zapatos" con los que siguió el cuerpo muerto de su padre, el Rey, se puso esos mismos zapatos para casarse con su tío. "Como en Hamlet, con los mismos zapatos que asistimos al wagneriano entierro de Franco, asistimos también a la proclamación del Rey Juan Carlos". El catedrático y Premio Nacional de Historia Juan Francisco Fuentes, relata en su biografía de Adolfo Suárez este comentario de un invitado a la recepción que los flamantes Reyes de España ofrecieron el día 27 de noviembre de 1975 en el Palacio de Oriente. Aquella recepción fue la última oportunidad que tendría la España del antiguo régimen de reencontrarse, sin mezcla de ninguna otra, con el boato de las grandes ocasiones. Y marcó el final del luto por la muerte de Franco.

Los mismos españoles que guardaron colas interminables para rendir honores al dictador vitorearon al nuevo Rey de España. Prácticamente un desconocido para los ciudadanos, ya que el régimen lo tenía como Príncipe en condición de cautivo del Movimiento Nacional. Los herederos de Franco se quedaron huérfanos y perdidos tras su muerte, desconfiando de las intenciones de aquel Rey cuyo discurso les causó un cierto escalofrío. En su crónica sentimental de la transición, Manuel Vázquez Montalbán nos relata cómo la oposición al régimen acogió la muerte del dictador. "La progresía deambulaba aquel día por las calles bajo libertad vigilada. Pelotones de grises con la visera calada vigilaban desde los picachos el paso de la tribu aturdida. Y en la soledad de sus tertulias-velatorios, los progresistas del país bebían un champán que no celebraba estrictamente la muerte de Franco, sino el posible final del franquismo".

Cuarenta años llevaba la oposición esperando ese momento. Cuatro décadas en las que el amplio exilio exterior y el más pequeño exilio interior habían echado cuentas al menos una vez al año sobre cuándo y de qué forma las potencias occidentales les ayudarían a tumbar el régimen de Franco. El régimen se encuentra en una situación sin salida, se decía. Mientras, el dictador era capaz de inventar nuevos conceptos como "democracia orgánica" para eternizarse en El Pardo. La oposición perdió toda esperanza cuando, en la aprobación de la Ley de Sucesión ante el Congreso, Franco había proclamado: "El relevo de la Jefatura del Estado constituye un hecho natural por la condición mortal de los hombres. Cuando por ley natural mi capitanía llegue a faltaros, lo que inexorablemente tiene que llegar, es aconsejable la decisión que hoy vamos a tomar". La oposición tuvo claro que el dictador se iba a morir en su cama y que sólo restaba esperar el llamado "hecho natural" para esperar un cambio a partir del día después.

Nadie tenía un plan para después de Franco. O mejor dicho, cada una de las fuerzas en presencia tenía su propio plan. En su obra magna titulada Transición, el historiador Santos Juliá relata con las fuentes correspondientes que la transición fue un proceso que empezó ya después de la Guerra Civil. "Desvanecido cualquier resto de expectativa en un abandono de la Jefatura del Estado, la transición quedó como una tarea entre españoles, como respuesta a la pregunta que había recorrido toda la década de los 60. Después de Franco, ¿qué? Una nueva generación de españoles pretende poner fin a la división entre vencedores y vencidos llamando a una reconciliación moral y política".

Vázquez Montalbán también abunda en que el mismo concepto de transición es incierto. "La transición es la historia misma o la transición son las horas que separan la muerte física de Franco de la lectura del testamento a cargo de Arias Navarro, o los tres años que van del 20 de noviembre de 1975 a las elecciones de junio de 1977. La transición es una línea imaginaria, como el ecuador, el antes o el después de Cristo".

La primera vez que Juan Carlos I se atrevió a pronunciar la palabra "democracia", no en sentido orgánico, lo hizo fuera de España, en el Congreso de EEUU. De los planes que tenían el Rey y Adolfo Suárez, al que nombró presidente después de cerrar el búnker, hay sólo un papel apócrifo que nunca nadie vio. Unas supuestas cuartillas que Suárez le habría entregado al Rey con una hoja de ruta para pasar de un régimen autoritario a otro democrático. Ante la falta de una experiencia nacional o internacional que sirviera de modelo a la transición española, nosotros fuimos nuestro propio precedente.

El Rey Juan Carlos y Adolfo Suárez, en el yate "Fortuna" en Palma de Mallorca en el verano de 1977, tras las primeras elecciones. | EFE
El Rey Juan Carlos y Adolfo Suárez, en el yate "Fortuna" en Palma de Mallorca en el verano de 1977, tras las primeras elecciones. | EFE

"El pasado fue una referencia permanente en el pensamiento y la acción de la clase política y de la opinión pública, pero no como una incitación a la épica o como un acicate a la emulación de gestas anteriores, sino más bien como un repertorio de errores que había que evitar a toda costa. La Historia de España sirvió como un manual de uso que proporcionaba todo lo que no había que volver a hacer", señala Fuentes. Las dos Españas enfrentadas en la Guerra Civil aplicaron las lecciones de la "musa del escarmiento", como dijo Manuel Azaña en su histórico discurso de Paz, piedad y perdón de 1938.

Desde la muerte de Franco de la que se cumplen 50 años hasta la aprobación de la Constitución, España fue acumulando días que se pueden contar todos ellos como los momentos fundacionales de la "democracia naciente", en expresión de Santiago Carrillo, protagonista principal al abrazar la reforma y renunciar a la ruptura. "Cuantos queremos la democracia estamos embarcados en una misma nave. Naufragaremos o llegaremos a puerto, pero todos correremos la misma suerte". En escasos tres años, España pasó de una dictadura a una Constitución democrática.

"El paso de la dictadura a la democracia no fue fácil. Desde el punto de vista económico, los últimos años de la dictadura fueron un éxito. Los que estuvimos en aquel proceso teníamos muy presente la Historia de España, la conocíamos bien y nuestra obsesión era no repetir los errores del pasado. Ése fue el marco del consenso y del pacto constitucional", señala Rafael Arias Salgado, ex ministro de la Presidencia con Suárez, presidente de la Fundación Transición Española y hombre clave en la construcción de la arquitectura jurídica de la democracia parlamentaria.

La brillante intervención del socialista Enrique Tierno Galván en la sesión plenaria que aprobó la Constitución, el 21 de julio de 1978, resume cuál fue el espíritu de aquel viaje rápido pero incierto en sus comienzos. "¿Cómo se ha logrado la alternativa que satisface los deseos generales de la Nación? Con un gran esfuerzo y tres motivos de sacrificio, en ocasiones de dolores y tal vez en algunos casos de querellas y tensiones. El mito ha estado aquí, entre nosotros, sostenido por la Cámara en su conjunto. Y cuando el mito pesa sobre la cultura, la cultura se detiene. Hemos podido superar el peso de los mitos, hemos vencido. A través de los sacrificios, de rechazar el mito y de contradecirnos ideológicamente, hemos llegado a superar las contradicciones. Hemos producido un texto que siempre será un conjunto articulado y coherente de concesiones. A este conjunto de concesiones a veces se le llamaba consenso. Las concesiones son generosidades con el deseo de que no volvamos de ninguna manera a los males del pasado. Concesiones y sacrificio. Ha sido una tregua que a veces hemos llamado transición. Ha habido momentos en que estábamos condicionados por el temor. Podemos volvernos al pueblo que nos ha elegido y decirle: hemos cumplido con nuestra obligación en condiciones que hacían del cumplimiento del deber una tarea muy penosa".

Del pasado al presente. Este discurso será uno de los que resonará en la cúpula del Hemiciclo del Congreso este 20-N. Será una obra de teatro con sucesivas piezas oratorias de protagonistas, como Suárez, Carrillo o Roca. Memoria en escena, una idea de la periodista canaria Concha Martín incluida en los actos de los 50 años de democracia organizados por el Comisionado del Gobierno, simboliza lo excepcional e insólito de estos actos conmemorativos. Y ello porque el Hemiciclo en el que se desarrollaron las sesiones históricas de la construcción de la democracia -la proclamación de Juan Carlos I el 22 de noviembre y e l harakiri de las Cortes franquistas- no puede celebrar nada el 22 porque el protagonista ha acabado en el exilio.

La ausencia del Rey emérito pesa tanto como los mitos pesaron sobre la Cámara entonces, por lo que tanto el Gobierno como el Rey Felipe VI han tenido que acomodar los actos a la realidad de Abu Dabi. Ha habido que sustituir la realidad por un teatro, también real pero incómodo. Y el 22, cuando se cumplen los 50 años del acto de la restauración de la Monarquía, el Hemiciclo estará cerrado y vacío. El Rey Felipe VI y su equipo de han devanado los sesos para buscar la forma de conmemorar la efeméride histórica con su protagonista principal exiliado. No te olvides de que tu legitimidad depende de mi acceso al Trono, le vino a decir el padre -que da evidentes muestras de no entender lo que le está pasando- al hijo en una discusión que relata en Reconciliación, su libro de memorias aún no publicado en España.

Felipe VI quiere mantener vivo el legado de la Transición y del consenso, de la concordia frente a la "discordia" que cita en sus discursos, y por ello ha concedido el Toisón de Oro a Herrero y Roca, padres de la Constitución, y al ex presidente González. El mismo acto en el que impondrá estas condecoraciones se producirá un hecho de gran relevancia simbólica y casi de justicia poética. Quien recibirá el homenaje en los 50 años de la proclamación será alguien que estaba en el estrado y fue noticia por su vestido largo rosa, su bolso y sus zapatos a juego. En ausencia de Juan Carlos, será la Reina Sofía la que encarne la historia de aquellos días. Su hijo el Rey le impondrá el Toisón. La mujer callada al lado del patrón al que nadie nunca le pudo rechistar recibe los honores. A Juan Carlos I le han invitado a comer al día siguiente. Felipe VI es hijo que quiere a su padre y Rey que lo repudia. La Jefatura del Estado vive en esa situación nada cómoda.

Manuel Fraga y Santiago Carrillo, en 1978 en el Congreso, en uno de los debates sobre la Constitución | EFE
Manuel Fraga y Santiago Carrillo, en 1978 en el Congreso, en uno de los debates sobre la Constitución | EFE

Y, como dijo Tierno, también la democracia española está sabiendo superar el mito de la inviolabilidad y el respeto reverencial hacia Juan Carlos I, que no entiende cómo nadie le dijo nada cuando se hacía rico a base de comisiones o instalaba a su amante a escasos kilómetros de donde vivía con su familia, y ahora le ponen a caldo y no le dejan volver a vivir en La Zarzuela. El escandaloso comportamiento del anterior jefe del Estado llevó al motor del cambio a ser sustituido por su hijo, Felipe VI. Y fue la propia democracia la que hizo el cambio para no perder la legitimidad de ejercicio.

Es una de las muchas pruebas que ha superado la democracia parlamentaria edificada sobre las renuncias y el miedo a repetir los errores del pasado. El presidente de la Fundación Transición tiene claro que la democracia española es fuerte porque su legitimación de origen es muy fuerte. "La fortaleza del pacto constitucional como momento fundacional de la democracia tiene una legitimación tan extraordinaria que le ha permitido sobrevivir a todas las pruebas, muy duras, por las que ha tenido que pasar en los últimos años. Quienes han intentado deslegitimar ese proceso hablando del régimen del 78 no han calibrado el respaldo muy mayoritario que tiene en la sociedad española aquel pacto. Y esta fortaleza se explica también por el deseo y la voluntad de una inmensa mayoría de los españoles que lo hicieron posible".

El ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero, considerado como el que empezó a poner en cuestión el consenso constitucional debido a la Ley de Memoria Histórica que impulsó para reparar a las víctimas del franquismo, también coincide en este análisis. "La democracia española es muy fuerte, los 50 años de libertad son el mejor medio siglo de la Historia de España; este consenso es decisivo, todo lo demás es superfluo, aunque nos apasionemos tanto". Los socialistas fueron quienes empezaron a hablar de La Transición, con artículo y mayúscula. Y aunque el Gobierno de Pedro Sánchez presentara a comienzos de año los 50 años de libertad como una suerte de celebración de la muerte de Franco, la profesora y comisionada Carmina Gustrán Loscos explica que los cerca de 400 actos que se han celebrado en toda España se han centrado no en la muerte del dictador, sino en La Transición.

"La Transición, pensaba Juan José Linz en 1996, ya es Historia, no algo que sea objeto de debate o lucha política, es objeto científico, añadía, con el riesgo de que los que no la vivieron la ignoren, la consideren algo obvio, no problemático". Santos Juliá, en su ensayo histórico que recibió el Premio Umbral en 2017, recordó el diagnóstico de Linz, el mayor de nuestros sociólogos, cuando el 15-M ocupó las plazas con los lemas: "Abajo el régimen" y "Lo llaman democracia y no lo es". También la democracia superó este peligro, las dos grandes fuerzas políticas que alumbraron el pacto constitucional lograron estabilizar el sistema derrotando en las urnas a los partidos que quisieron sustituirlos : Ciudadanos y Podemos. Este último partido -casi testimonial ahora- fue quien impugnó la Transición con mayor énfasis. Los manuales de Historia de aquella época señalan como decisivo en el pacto constitucional el papel de la izquierda comunista de Santiago Carrillo. "Para los comunistas, la cuestión esencial hoy no es monarquía o república, es democracia o dictadura; y estamos dispuestos a subordinar nuestras preferencias por la forma política al logro del más amplio consenso para la consolidación de la democracia". El discurso de Carrillo estará en el Hemiciclo el 20-N en la voz de un actor. Los comunistas de la España actual no se consideran concernidos por el pacto constitucional, son antimonárquicos y se ausentarán de los actos oficiales de estos días.

Puede decirse lo mismo del líder político que mostró un gran entusiasmo al abrazar la Constitución, Jordi Pujol, que, 40 años después de jugar un papel fundamental en la integración del nacionalismo catalán en la democracia naciente traicionó la consideración de hombre de Estado apoyando el procés independentista. Sus palabras en el Pleno de aprobación del texto constitucional asombran a la luz del pulso independentista con el que sus sucesores pusieron a prueba a la democracia española. "Nosotros esta vez no queremos fracasar. Desde nuestra perspectiva catalana, desde la cual a veces hemos fracasado doblemente por nuestra condición de españoles, y en aquello que nos afectaba directamente como catalanes, con esa negativa a lo que podríamos llamar un cierto masoquismo, una cierta complacencia en el fracaso, nosotros aportamos aquí nuestra voluntad, nuestra firme decisión de no fracasar esta vez, y nuestra aportación para que entre todos consigamos eso que la Constitución nos va a permitir: un país en el cual la democracia, el reconocimiento de las identidades colectivas, la justicia y la equidad sean una realidad". La prueba, con rasguños, también fue superada por el Estado de Derecho que puso en pie el pacto constitucional.

Abiertamente, todos los protagonistas de aquella época, así como los líderes políticos que se han erigido en máximos defensores del consenso que cimentó la democracia española, consideran que se equivocaron al no establecer la obligación de una asignatura obligatoria sobre La Transición -así, con artículo y mayúscula- en el Bachillerato. "Fue un craso error", asegura Arias Salgado. Lo mismo señala Miquel Roca, padre de la Constitución y portavoz de la Minoría Catalana de Pujol. La Transición no tiene quien la defienda entre las generaciones más jóvenes que, como dijo el profesor Linz, la ignoran y la obvian. O la ven tan lejana como los Reyes Católicos.