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En cuestión de un año la izquierda alternativa al PSOE se ha puesto patas arriba y eso se hace notar en la agenda, las urgencias y las batallas. Estos tres elementos políticos se condensan hoy en una sola idea para el socio minoritario del Gobierno: la reducción de la jornada laboral. La que fuera una de las promesas estrella de Yolanda Díaz durante la campaña de las generales aparece en este momento como algo que va mucho más allá del cumplimiento de un programa electoral. Porque esto se ha convertido, además, en la tabla de salvación a la que se agarra Sumar para salir de su crisis y para cortar el acecho de Podemos.
Reducir la jornada de trabajo a las 37,5 horas a la semana sin una rebaja de sueldo es para Díaz «la bandera de la segunda legislatura». El hito de gestión que se compara a la reforma laboral de la primera. En definitiva, es el núcleo de la transformación de espíritu laborista que Díaz trata de impulsar desde el Ministerio de Trabajo y que a su vez se convierte en el aval para reivindicar el liderazgo político en el universo de la izquierda.
Por eso la feroz batalla que se ha desatado en varios frentes alrededor de esta iniciativa trasciende el sentido puramente laboral. Porque de su éxito o no dependerá en buena medida la relación entre los dos partidos del Gobierno de coalición, la recuperación de Sumar en el espacio de la izquierda, la resistencia de esa alianza ante el empuje de un Podemos al alza y el porvenir de Díaz como figura capaz de sobreponerse al desgaste del último año y medio para mantenerse como el referente.
Todo eso se está jugando en medio de un durísimo enfrentamiento dentro del Gobierno con el que hace dos meses no se contaba en Trabajo. Los «calviñistas» del PSOE están poniendo trabas al calendario de aplicación ideado por Díaz y pretenden imponerle más mecanismos de flexibilidad en los tiempos para que las empresas se vayan adaptando. Pero el acuerdo de gobierno entre los socialistas y Sumar fija que la reducción de jornada a 37,5 horas semanales tiene que culminarse «en 2025». «¿Cómo hacemos política: engañando a la gente?», estalló hace unas semanas Díaz en un contraataque dirigido contra el ministro Carlos Cuerpo.
La reducción de jornada lleva casi un año en agenda cocinándose a fuego lento para buscar los mayores consensos. Pero han aparecido ahora las urgencias. Las que traen las propias convicciones de cumplir cuanto antes lo prometido con el electorado y según lo firmado con el PSOE, y las que surgen desde la asunción de que Sumar necesita dar un golpe en la mesa y reivindicar su impronta en el Gobierno. Porque la sangría de todas las encuestas pide encontrar un punto de inflexión.
El socio minoritario maneja ministerios con una capacidad de acción más limitada que los del PSOE, porque o tienen mermadas las competencias o necesitan de partidas de presupuesto para poder desarrollar los muchos planes que manejan. Y se sigue sin unas cuentas propias que puedan desatascarlos. Sólo Trabajo logra escapar de esa dictadura del dinero para aprobar medidas con un impacto potente. Y por eso, es ahí donde se vuelca la confianza para revitalizar Sumar. Porque igual que la reforma laboral fue un impulso para Díaz, en su formación existe la convicción de que la reducción de jornada tendrá el mismo efecto. A lo que añadir la subida del salario mínimo. Y luego dar próximas batallas políticas, muy mediáticas también, como encarecer el despido.
Unos datos de por qué Sumar está tan necesitado. La coalición tuvo en las generales un 12,3% de los votos, pero desde el éxito que supuso salvar el Gobierno bipartito, el socio menor transita en una constante caída que hoy le tiene en una intención de voto del 6,2%, según Sigma Dos, o un 7%, según el CIS. Es una tendencia preocupante que se replica en todas las encuestas privadas y que genera alarma en la izquierda porque le impide garantizar la reedición de la mayoría de investidura.
En el plano más puramente de parte, las señales son aún peores. Sumar tiene a Podemos al acecho, en plena ofensiva contra la «inacción» del Gobierno y en una inercia creciente que le tiene bastante pegado. Sigma Dos sitúa a los morados en un 5% y el CIS lo hace en un 4,1%. Así que la distancia es de 1,2 puntos para la encuestadora referente de EL MUNDO y 2,9 puntos para José Félix Tezanos.
Hace un año, cuando rompieron, la diferencia entre las dos fuerzas políticas estaba en los siete puntos. Esto indica, con los datos de diciembre de 2024, que Podemos lleva 12 meses en remontada mientras que Sumar sigue padeciendo una crisis de la que no termina de salir.
Los morados han cogido vuelo especialmente en los últimos meses a golpe de convertirse en un socio de lo más incómodo para Sánchez. Podemos ha copiado la estrategia de presión y amenazas de Junts sabiéndose decisivo en las votaciones y pasa las semanas entre órdagos y negociaciones con el Gobierno, colocándose de nuevo como gran animador de la vida parlamentaria y acaparando atención. Y en estas Ione Belarra allana el regreso de Irene Montero del «exilio» para ser candidata. «Dentro de muy poco va a volver», dijo recientemente, cuando apenas lleva seis meses en Bruselas de los cinco años que tendría por delante.
Y es que, la izquierda alternativa es un hervidero. En todos lados se preparan para un 2025 y unos siguientes años de absoluta reconversión. Donde habrá presiones para que haya unidad pero donde hay que llegar a negociarla en las mejores condiciones de partida. Podemos lleva acelerando tiempo. Sumar, que va a otro ritmo y tiene que lidiar con estar atado por la posición dominante del PSOE en el Gobierno, tiene en la reducción de la jornada laboral su ser o no ser. Díaz se agarra a esa gran reforma para cerrar la crisis y resurgir.

