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«Hola buenas, se remite notificación de la declaración del Escenario 2 del Plan de Emergencias de la Forata». Hola buenas es como quizá usted saluda a su pescadero antes de pedir una cola de merluza o al camarero para que le corte el café con la leche un poco templada, por fa, que no llego con el niño al colegio. Posiblemente, no sería la expresión que utilizara si tuviera que llamar a los bomberos en caso de que la escuela se incendiara o si estuvieran crujiendo los goznes de las mismísimas puertas del averno. Porque, «hola buenas», eso es lo que implicaba declarar el Escenario 2, aquel «en el que existe peligro de rotura o avería grave de la presa y no puede asegurarse con certeza que pueda ser controlado mediante la aplicación de las medidas y medios disponibles». En resumen, un apocalipsis hídrico.
Quien empleó tan llana expresión en un mail a las 18.04 del 29 de octubre fue un empleado del Sistema Automático de Información Hidrológica (S.A.I.H) de la Confederación del Júcar, y los destinatarios fueron la Sala 112 de la Generalitat Valenciana y Protección Civil. Hay demasiados precedentes de la abulia con la que se expresa la tecnocracia hidrológica española en situaciones de máximo estrés. «Un saludo», concluía el funcionario. «Mañana más, salao», parecía pedir como respuesta. Sin embargo, sería precipitado extraer conclusiones de este estilo particular de comunicación, pues su eficacia hay que medirla en función de si los receptores tomaron nota y actuaron. O no.
Lo mejor, lo más o lo único creíble que hizo ayer la vicepresidenta Teresa Ribera en su comparecencia ante el Congreso fue, de hecho, defender el gran nivel mostrado por la CHJ para evitar que la presa de la Forata reventara. No se habla más de ello porque, gracias a las medidas de laminado y desagüe que pusieron en marcha los técnicos de la Confederación, se evitó un desastre de efectos mayúsculos. Y así hay que reconocérselo. Lo que no explicó Ribera es por qué ese magisterio no se replicó en la prevención y alerta del tsunami del Barranco del Poyo, que terminó cobrándose más de 200 vidas. Quizá porque no lo sepa, porque no pueda explicarlo sin mancharse los adornos o porque, en este caso, los encargados de interpretar los fríos correos de los técnicos no vieron venir lo que se avecinaba. Y, por tanto, no lo advirtieron. Ni un sólo testigo acredita que el presidente de la CHJ no se comportase como un holograma. Y van muchos.
Ribera era la plenipotenciaria vicepresidenta del Gobierno y titular del departamento más directamente afectado por la DANA. Ayer se condujo como la ministra que nunca estuvo allí, pero tampoco aquí, acaso en ninguna parte. Ni ese día, ni muchos más. Pasó por el Congreso como para recoger el hatillo de camino a Bruselas. Sus subordinados debían ser los encargados de adecuar los cauces frente a las avenidas y vigilar el flujo del agua cuando éstas se produjeran. Existen más certezas que dudas de que no todo se hizo bien. Pero la rendición crítica de cuentas de Ribera fue equivalente a cero.
Puede decirse que la vicepresidenta se hizo un mazón, es decir, trató de ahormar a martillazos los hechos para que encajaran con su comportamiento. Si el presidente valenciano defendió en su momento que el 29-O era «un día de tormenta», pero «todo cambió a las siete», es decir, la hora a la que se incorporó al trabajo de la sobremesa, la dirigente madrileña intentó convencer a sus señorías que las obras del Barranco del Poyo no se adecuaron para prevenir las riadas por culpa de Rajoy, allá por la crisis financiera, y de la Generalitat del PP posteriormente. Como si ella no hubiese sido la responsable del ministerio que debía acometerlas durante los seis últimos años, cuatro de ellos coincidiendo con la Presidencia del PSOE en Valencia. Para Ribera estas obras no hubieran servido para evitar una tragedia de este tamaño, aunque, concedió, «hubiesen podido mitigar su impacto». Y eso, ¿cuántas vidas son?
Lo mismo sucedió con la ausencia de protocolos de comunicación y alerta que la Confederación tenía que haber implantado en la cuenca del Júcar. «Cuanto más protocolizada sea la respuesta (a una emergencia), mejor será», afirmó la vicepresidenta. La evasiva de librillo quizá funcionase en su cabeza como disolvente de responsabilidades, pero en el Congreso sonó a excusa adolescente. La vicepresidenta negó que entre las funciones de la CHJ estuviese «alertar» de nada. Sin embargo, al mismo tiempo que hablaba, su ministerio lanzaba un pliego de contrataciones para implantar un Sistema de Alerta Temprana como el que tienen las cuencas del Miño o del Ebro, mucho menos propensas a las inundaciones de máximo riesgo.
La única ventaja de Ribera es que su responsabilidad no alcanza la del Gobierno valenciano. Pero esto no es un juego de suma cero y cada uno tiene que apechugar con lo suyo. Si los españoles buscaban garantías en sus responsables políticos de que la tragedia de Valencia no volverá a suceder, 23 días días después pueden concluir tranquilamente que no tienen ninguna.

