- Especial. 100 ideas para mejorar España
- Aniversario. Todos los reportajes y columnas por los 35 años de EL MUNDO
El mayor sueño para un periódico es nacer el año que cambia el mundo. No digamos ya que parezca ser el que lo anuncia. Hace hoy 35 años que se publicó el primer número de EL MUNDO. Era un lunes de octubre y las crónicas del tiempo decían que en Madrid hacía "algo peor que ayer, con aumento de la nubosidad por la tarde con unos cielos que quieren llover". De cuando las crónicas meteorológicas se firmaban en los periódicos y aquí la hacía Charo Pascual en la página 54 de aquel primer número. Decíamos que, como el tiempo, estaba cambiando el mundo. Ese domingo había elecciones generales en España y EL MUNDO abría su primera portada con una encuesta, asunto pionero entonces, que vaticinaba que el PSOE de Felipe González podía perder la mayoría absoluta, que el PP podía bajar y que la IU de Julio Anguita y el CDS de Adolfo Suárez estaban fuertes. El PSOE, efectivamente, perdió la mayoría tras un rocambolesco recuento, aunque gobernó como tal al no ocupar los diputados de Herri Batasuna sus escaños. El PP consiguió no bajar, lo que salvó a Aznar de una quema precipitada, IU mostró que sí estaba fuerte y el CDS, que no lo estaba tanto.
Al felipismo le quedaba carrete en el poder y al calor de sus excesos, que llegaron a ser de todo tipo, creció un nuevo periódico con voluntad de ponerlos en su portada. Pero eso sería un poco más tarde. Por el momento, recuerden, estaba cambiando el mundo, porque apenas dos semanas después de que este periódico rodara por primera vez por las rotativas caía el Muro de Berlín, símbolo de la tiranía, la opresión y la injusticia. Una nueva era con promesas de paz, libertad y prosperidad intactas se abría, y ahí estaba un nuevo periódico para contarlo. En efecto, un sueño.
"Un nuevo periódico para una nueva generación de lectores". Este fue el leitmotiv original de la fundación de EL MUNDO, declaración de intenciones de un diario que aspiraba a representar los nuevos tiempos que se abrían, con su carga de cambio, modernidad y libertad. No es difícil imaginarse la emoción de aquel grupo de periodistas, cuya edad media no llegaba a los 30 años, y que iniciaba un proyecto de la nada, en el siempre incierto negocio de la comunicación (sí, también entonces) y con el objetivo de dudosa rentabilidad de informar sin servidumbres y "no servir jamás otro interés sino el del público".
En aquel primer número, Pedro J., fundador, alma y director durante 24 años, acuñaba las consignas que han marcado la vida de este periódico y que hoy siguen intactas. Tres décadas y media dan para mucho y entre el recuerdo de los días pasados y la nostalgia hay una fina línea que no conviene traspasar. Pero ¿cómo no compartir que "este periódico no será nunca de nadie, sino de sus lectores"? ¿Cómo no mantener vigente la proclama de que "toda noticia de cuya veracidad y relevancia estemos convencidos será publicada, le incomode a quien le incomode"? ¿Y cómo no llevar por bandera que "es hora de que los medios de comunicación dejen de responder a la prepotencia con su propia prepotencia"?
Las 200 personas que cogimos el relevo de aquella generación y hoy hacemos EL MUNDO tenemos muy presente la valentía que transmitían en sus crónicas apasionadas, en las noticas de impacto y en portadas que son ya historia de España. En estas páginas se reproducen algunas de las portadas más emblemáticas, una por año, pero si están las que nos han parecido más relevantes, faltan muchas otras. La lista empieza con el caso Juan Guerra, un antes y un después en la corrupción en España y el tráfico de influencias, que le costó la dimisión al todopoderoso Alfonso Guerra. Sigue con el caso Filesa, que destapó las irregularidades en la financiación de los partidos políticos. Continúa con el caso GAL, que arrastró a los gobiernos del PSOE a una sima moral y mostró las mayores vergüenzas del ejercicio del poder. Y suma un sinfín de exclusivas, grandes entrevistas, avances científicos, reportajes de guerra y crónicas económicas.
Las anécdotas y los entresijos de aquellas historias son apasionantes y siguen viviendo entre nosotros. Los más veteranos recuerdan las sillas de tijera y los cables colgando de los primeros días en la redacción; los viajes en moto de Pedro J. y Alfonso Rojo por las caóticas calles de aquel Madrid; las visitas a potenciales inversores, con mención especial a Alicia Koplowitz; y los primeros ataques del poder, con la publicación de Papá Tango y Papa Golf, los planes secretos del Ejército para la Guerra del Golfo, que rememora con todo detalle Fernando Lázaro.
Hay muchas cosas que sólo han pasado en EL MUNDO, porque sólo en EL MUNDO se viene todos los días a remover los cimientos del poder para contar la verdad. El periodismo se entiende aquí como una forma de vivir y un compromiso ineludible de fidelidad con los lectores, a quienes nos debemos. En esta redacción, el conformismo, la difusión de argumentarios, el sectarismo y las ganas de no molestar no tienen cabida. Y esto sirve para las exclusivas políticas, las crónicas de un conflicto bélico o la explicación del último avance científico que desafíe los límites de lo correcto y lo aceptable.
Es por eso que el revuelo que inundó la redacción de EL MUNDO al saber que Cerdán y Rubio habían conseguido entrevistar a Luis Roldán en su escondite tras fugarse de España seguramente se parezca al jaleo organizado en torno a Gema Peñalosa hace unas semanas, cuando intentaba por todos los medios conseguir las imágenes de Pedro Sánchez declarando en La Moncloa por la investigación a su esposa. Es por eso que los nervios de Casimiro García-Abadillo cuando tuvo por primera vez en sus manos los papeles de Filesa se acercan con toda probabilidad a los que sintió Esteban Urreiztieta cuando leyó por primera vez los SMS que Luis Bárcenas había enviado a Mariano Rajoy. Y es por eso que la angustia que vivió Alfonso Rojo cuando enviaba sus crónicas desde el Bagdad bombardeado por la coalición internacional en la Guerra del Golfo esté al nivel de la que hoy mismo, cuando escribo estas líneas, tienen Javier Espinosa en El Líbano y Alberto Rojas en Ucrania, en medio de dos guerras sangrientas.
Frente al servilismo de quienes se congracian con el poder y proclaman la dificultad de ejercer el periodismo sin haberla tenido realmente nunca, aquí se ha hecho de la combatividad una forma de vivir. Sólo así se ha conseguido que EL MUNDO sea parte de la historia de España y que sea imposible imaginar el declive del felipismo sin nuestras exclusivas de los GAL o Filesa; las reformas económicas de los años 90 sin el impulso del único periódico liberal de España; el cambio en la Monarquía sin las revelaciones del caso Urdangarin, o la conciencia de que es necesaria una regeneración sin la publicación sistemática de los casos de corrupción, afectaran al partido que afectaran, del PSOE de los ERE al PP de Gürtel y Bárcenas, pasando por el 3% de Pujol o la Marbella de Jesús Gil.
EL MUNDO nació con esta voluntad de regeneración cuando ya se percibían los primeros síntomas de los problemas que hoy se manifiestan con toda crudeza, también en el periodismo. La polarización y el sectarismo se ciernen sobre nosotros, siendo los mismos quienes lo ejercen y quienes pretenden encasillarnos a los demás en sus interesados esquemas. Como lo hace también la desinformación, que procede de donde ha venido siempre, del poder. Alertaba Pedro J. ya en los años 90 ante el "intento de sedicentes progresistas de imponer clamorosas mentiras como verdades oficiales". Los de ahora son alumnos de los de entonces, y no menos perniciosos.
Lucía Méndez siempre me dice que muchas cosas no son peor ahora que antes y Luisfer López escribe en este mismo especial todo lo que hemos mejorado en 35 años, que es mucho. No es fácil ser periodista en 2024, pero ¿lo fue alguna vez? Esta no es profesión para cínicos, recuerden, pero tampoco para indolentes. No en EL MUNDO, que hoy dirige con el espíritu fundacional Joaquín Manso. Nuestra Victoria Prego nos lo decía siempre a los jóvenes cuando se sentaba a nuestro lado y nos enseñaba a ser precisos y a no desfallecer. Son muchos los problemas para los obreros del periodismo que pueblan esta redacción -la dificultad para conciliar, la incertidumbre económica, la competencia digital, el desprestigio de las tertulias llenas de activistas, los ataques públicos y privados, las molestas presiones de jefes de prensa pasados de genuflexión-, pero la ilusión por publicar una exclusiva sigue intacta. Yo confío en que la pasión que ponemos a diario en nuestras páginas sea muy parecida a la de hace 35 años, y que el paren rotativas de los viejos tiempos sea ahora el prepárame un esqueleto que mando de Ángela Martialay.
No puedo terminar sin recordar a quienes dieron su vida haciendo periodismo en EL MUNDO. José Luis López de Lacalle en el País Vasco, Julio Fuentes en Afganistán y Julio Anguita Parrado en Irak. Otros han pasado años de su vida mirando los bajos del coche o yendo acompañados de un escolta a todos sitios. Muchos más han sufrido insultos y vigilancias ilegales. Y hay quien no se recuperó tras ver la masacre del 11-M con sus propios ojos al llegar a la estación de Atocha. Nuestro mejor homenaje a todos ellos es seguir informando en libertad. Renovado queda nuestro compromiso con usted, lector. Lo que hoy celebramos sólo puede ser un prólogo de lo que está por venir.
En homenaje al equipo fundador de EL MUNDO, que posaba así en 1989, entre sonriente y desafiante, y en recuerdo de los que ya no están, de nuestro Umbral, de nuestra reciente pérdida de Víctor de la Serna, de nuestra Victoria Prego y de tantos compañeros que fueron y ya no son. De nuestros seis directores, de nuestros periodistas en activo o retirados, de tantos amigos y compañeros. Por otros 35 años de EL MUNDO.







