ESPAÑA
Política

Por qué lo llamará amor cuando quiere decir odio

"Esa carta no es una expresión de amor desviado sino un recto llamamiento al odio entre españoles"

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.AFP
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Hay una verdad en la epístola de Pedro a los españoles: es un hombre profundamente enamorado. No de su mujer, naturalmente. En su dolorido corazón solo hay sitio para uno. Pedro se ha escrito la enésima carta de amor a sí mismo, entre el melodrama y el onanismo, entre Caracas y Estambul, entre la boda de Lolita Flores y el chalé plebiscitario de Galapagar. Pero si solo fuera eso nos reiríamos. El problema es que esa carta no es una expresión de amor desviado sino un recto llamamiento al odio entre españoles. La marca de la casa. La marca de Caín.

La reacción de sus ministros va destapando la patética maniobra de una psique incompatible con la responsabilidad. Jamás ha sido un presidente del Gobierno. Jamás se ha planteado dejar de serlo por propia voluntad. Así que viéndose rodeado por escándalos sucesivos y extorsionado por socios inestables ha tocado la puta corneta y ha salido en tromba el pelotón de los patxis a gritar: "¡No pasarán!".

Porque esta es la clave polarizadora de la jugada, la vuelta de tuerca al manual guerracivilista que está desgarrando la convivencia de esta nación. La única forma que tiene Pedro de que le quieran es encendiendo el odio de unos españoles contra otros. Por eso trufa su ortopédica prosa de lamentos a causa de la derecha-y-la-ultraderecha, señalando con claridad al enemigo contra el que azuzar sus perros de presa, en vez de explicar qué coño pintaba su mujer traficando con influencias entre empresas privadas que recibían fondos públicos mientras le financiaban la carrera profesional que nunca ha tenido. No hay una sola democracia occidental en que estos hechos no cursen con rendición de cuentas, como bien sugiere el titular del Financial Times. Otro periódico fascista, claro.

Para saber más

Nadie anuncia que se toma una semana para decidir si se va. Nadie en su sano juicio, quiero decir. Un político adulto se va o se queda, capeando la tormenta sin enrolar a un país entero en su psicodrama de enano moral. Todo esto apesta a cierre de filas antes de emprender otra huida hacia adelante, acompañada de una nueva arremetida contra el Estado de derecho, quizá de una moción de confianza para arrastrar a sus socios a la trinchera final contra los jueces, la prensa libre, la derecha: la alternancia en suma. Todo esto apesta a giro de guion electoral para colgarse de una victoria de Salvador Illa (que ha incurrido en varias contradicciones en la comisión que investiga sus contratos de material sanitario). Aunque luego tenga que entregar su cabeza al separatismo reunificado para seguir en el poder.

¿Podemos descartar una dimisión el lunes que viene? Es difícil seguir con el dedo los renglones torcidos de la mente de Pedro. Obviamente maneja información que nosotros aún no tenemos. No ignora el ultimátum de Puigdemont, la rebelión de jueces y fiscales, la falta de presupuestos, la mayoría conservadora en Europa, incluso el aleteo letal de Pegasus muy cerca de su oído. Quizá sepa que el caso Koldo va a escalar hasta instancias que no podrá controlar y no quiera protagonizar una salida tan humillante de la historia de España. En tal caso adelantaría las elecciones o bien dejaría a una Pilar Alegría de la huerta al frente de la nave de Frankenstein, remando al viento. Pero no es la tesis más probable: si Pedro escribe que nunca ha tenido apego al poder, en realidad nos está gritando que a él no lo mueve ni Dios.

Yo no sé cómo se levantará el lunes este hombre penitencial, enviado por los alienígenas del futuro para purgar nuestras faltas del pasado. Solo sé que no me extrañará si convoca a los medios al pie del balcón del Palacio de Oriente, como en los viejos buenos tiempos. "¿Te imaginas, Begoña? ¡Un solo canal de televisión y los poderes no estaban separados!"