En matemáticas se definen los conjuntos disjuntos como aquellos que no tienen elementos en común. No existe entre ambos un espacio de intersección. En política las cosas no son muy distintas: la polarización se muestra cuando la sociedad que, en principio pertenece a un mismo conjunto, se divide radicalmente en posiciones opuestas sin terreno para el diálogo y la tolerancia. El fenómeno, según todos los expertos, es peligroso porque comienza abriendo grietas en la convivencia y, llevado al extremo, acaba en una ruptura muy difícil de restañar. Cuando anida en un país implica división y enfrentamiento. Se instala el o ellos o nosotros y se deja de ser conciudadanos para convertirse en enemigos. Se destierra el sinónimo y se enaltece el antónimo.
En España, el grado de polarización no ha dejado de aumentar en los últimos años. Desde el famoso «váyase señor González» de Aznar, al «nos conviene la tensión» de Zapatero o al «muro» de Sánchez en su discurso de investidura, la división social se ha ido profundizando alimentada por las formaciones políticas que han inoculado en la ciudadanía el veneno del enfrentamiento, de la pertenencia a conjuntos disjuntos. Es una polarización que empieza a pasar de «ideológica» a «afectiva», la que más dificulta los acuerdos porque implica la incapacidad para tolerar o empatizar con el que piensa diferente, como señala Jorge Rodríguez Virgili, experto en Comunicación Política y vicedecano de la Facultad de Comunicación de Navarra.
Ahora, el paradigma que marca la polarización en España viene definido por la dicotomía progresista-reaccionario. Sin término medio y sin detalles claros, más allá de la etiqueta. Son los políticos los que dibujan los perfiles a su conveniencia y en función de los mismos clasifican a los votantes como afines o enemigos. Y exigen alistamiento cuasi militar.
La polarización deviene en un problema grave porque cuanto más se alimenta, mayor obstáculo supone para alcanzar consensos y más impedimentos plantea para abordar las reformas que necesita un país para afrontar los desafíos.
La mayoría de consultores, analistas, expertos en comunicación política y líderes de diversas formaciones señalan el populismo y el deseo exacerbado de poder como claves del mal de la polarización.
Rodríguez Virgili advierte dos momentos polarizadores en España: 2015, con la aparición de Podemos y Ciudadanos y, posteriormente, Vox, que empujan a las dos grandes fuerzas políticas a extremarse y, 2018, con la moción de censura en la que se produce un realineamiento que configura el bibloquismo actual.
En su opinión, antes de estos acontecimientos hay otros dos «muy polarizadores»: el pacto del Tinell, cuando el PSOE, ERC e IU acuerdan no pactar nada con el PP y, después, cuando Artur Mas acude a un notario para firmar igualmente que nunca acordará con los populares.
Rodríguez Virgili coincide con Ignacio Varela, analista y consultor político, en señalar la responsabilidad de los líderes. Ambos apuntan el papel clave de Pablo Iglesias en la polarización. El primero recuerda el momento en el que Iglesias, siendo vicepresidente del Gobierno, espetó a los populares: «Ustedes mientras estén con Vox nunca volverán a sentarse en el Consejo de Ministros», estableciendo así un escenario con dos bloques en el que el centroderecha tiene muy difícil volver a gobernar frente a una izquierda aliada con los independentismos y los nacionalismos periféricos.
El segundo explica que la polarización que se vive ahora en España es del tipo de «laboratorio», porque «se genera en los propios partidos y se inyecta en la sociedad». Ha pasado, afirma, a ser un «principio estratégico» de las formaciones y el primero que lo planteó fue Iglesias, convenciendo a Sánchez de que «compactando a la izquierda con los nacionalistas e independentistas tendría un bloque de poder para 20 años».
"Instrumento de división"
Ahora, el líder socialista, añade, «ha cimentado ese bloque y practica una política cismática dibujando a la fuerza contraria como enemiga». De esta forma, explica Varela, «el enfrentamiento se convierte en una estrategia, una condición previa para hacerse con el poder y mantenerlo». En su opinión, la Ley de Amnistía es «un instrumento de división» y está «diseñada para fortalecer el bloque de poder». Más aún, sostiene que si el PP hiciera un pequeño ademán de apoyarla, previsiblemente «se acabaría el invento», porque tal y como ha sido pensada «necesita tener a medio país en contra para funcionar como instrumento divisorio».
Él, como Rodríguez Virgili, ve muy difícil restañar la fractura que ya hay en la sociedad. Varela opina que mientras esté Sánchez será «inviable» porque «polarizar es su principio estratégico» y señala como momento clave el 23-J cuando, tras conocerse los resultados electorales, el socialista se «autoproclamó líder de un bloque, afirmando: somos más».
La polarización actual, según Varela, tiene tres características: «Es fabricada, es inducida y es un presupuesto estratégico de mantenimiento del poder».
Rodríguez Virgili apostilla: «La polarización exige posicionamiento, no razonamiento ni pensamiento crítico, es el conmigo o contra mí». Y esto, afirma, es «muy cómodo» para los partidos porque consiguen hacer un «público cautivo». Él señala que esto se vio claramente en el debate de investidura, cuando Sánchez habló de «levantar muros frente a otras formaciones políticas». En su opinión, los dos grandes partidos son responsables pero la estrategia del PSOE, mantiene, es más polarizadora que la del PP. Sánchez, añade, «está en una estrategia, en una retórica y en un relato claro de enfrentamiento entre dos bloques».
De la crispación a la polarización
Gaspar Llamazares, ex coordinador general de Izquierda Unida, diputado en el Congreso desde 2000 a 2015 y buen conocedor de las luchas partidarias en el seno de la izquierda y entre esta y las formaciones de derechas, establece dos etapas: «Una primera de crispación y otra, la actual, de polarización». La primera, explica, tiene su origen en el Gobierno de José María Aznar, en aquello de «váyase señor González» y en la participación en la Guerra de Irak sin ningún tipo de pacto o acuerdo previo y, después, en la atribución de la pérdida electoral por parte del PP a una supuesta alianza entre la oposición y los terroristas que provocaron el atentado del 11-M.
La etapa de la polarización es, en su opinión, la que nace con el movimiento 15-M y la división dentro de cada uno de los bloques políticos, de manera que tanto en la derecha como en la izquierda aumenta la influencia del populismo. En su momento, el populismo de Podemos y, ahora, el de la ultraderecha de Vox. Los populismos, mantiene, «son los que se benefician de la deslegitimación de las instituciones democráticas».
Llamazares no vislumbra muchas posibilidades de salir de esta situación mientras se mantengan los caldos de cultivo del populismo. Unos terrenos propicios que él advierte por un lado en la cada vez más deteriorada situación de trabajadores y clases medias y, de otro, en la pérdida de prestigio de las instituciones y de las fuerzas políticas, que deberían ser los mediadores en una sociedad democrática.
Edmundo Bal, abogado del Estado y una de las principales figuras de Ciudadanos, la formación que aspiró a ocupar el centro liberal y sucumbió por guerras internas, considera que la sociedad empezó a dividirse en el momento en que eso convino a los partidos políticos y se llegó a la imposibilidad de llegar a pactos de Estado porque de lo que se trataba era únicamente de pactar con los propios. De esto, afirma, «tienen la culpa Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Pablo Casado, Santiago Abascal y también Albert Rivera, cuando empezó a hablar de 'la banda'». «Eso», dice, «fue lo que empezó a separarnos y lo que determinó que cada uno intentara obtener un rédito aun a expensas de la convivencia, del consenso y de la unidad».
Opina que la fractura se puede restaurar «si la ciudadanía obliga a las dos grandes fuerzas a través de un partido que demuestre ser capaz de llegar a pactos». Para ello, no obstante, es necesario que ese partido sea «aritméticamente imprescindible». «El poder lo tiene el votante», recalca, y mantiene que la «opción viable» sería emprender «una segunda transición democrática en la que una fuerza central sea capaz de moderar a los dos partidos que han gobernado España por turnos».
La 'imposible' gran coalición
Bal ve imposible que en España pueda acabar conformándose un Gobierno respaldado por más del 70% de los españoles como sucedería con una gran coalición PP-PSOE al estilo alemán. «Esto no lo veremos», recalca, y añade: «Por rédito electoral se polariza y se impide la posibilidad de llegar a acuerdos con el rival, que se convierte en enemigo. Cuando esto sucede se pacta con quienes no creen en España y se venden por dinero, por privilegios, por un referéndum o una amnistía. Si hay polarización hay chantaje pero no reformas».
Luis Miguel Peña, CEO Europa de Llorente y Cuenca, señala que la polarización ha crecido de manera sistemática en los últimos años: «Los posicionamientos extremos enganchan y la adicción a la conversación polarizada se ha acelerado tras la pandemia». La consultora, junto a la organización Más Democracia, ha analizado más de 600 millones de mensajes en redes sociales para detectar cuáles son los temas más polarizantes y qué influencia tienen en ellos las voces políticas. Concluye que, en España, la polarización ha crecido un 35% en los últimos cinco años y que las voces conservadoras han logrado equipararse con las progresistas en el debate de los asuntos de mayor conversación pública.
DOS DÉCADAS DE DETERIORO POLÍTICO
2003
PACTO DEL TINELL. El acuerdo de gobierno en Cataluña entre el PSC, ERC e ICV introdujo una cláusula que prohibía a los firmantes llegar a acuerdos con el PP a nivel regional o nacional.
2015
NUEVOS PARTIDOS. Los expertos señalan la irrupción de Podemos, Cs y Vox como hecho clave en el auge del populismo, tanto en estos partidos como en PSOE y PP.
2018
MOCIÓN DE CENSURA. La pérdida del poder del PP ante un bloque con múltiples partidos exacerbó las posturas políticas y dividió la política en los dos bandos actuales.
2023
EL "MURO". Las elecciones de este año han sido la culminación de la deriva polarizadora, al apostarlo Sánchez todo a esta estrategia para seguir en el poder.

