Hoy es un día triste para unas pocas familias rusas. Es cierto que el país está enfrascado en una guerra salvaje para conquistar y ocupar Ucrania. Pero lo que van a pasar estas familias, apenas unos pocos centenares de ellas, es algo muy especial que la mayoría de sus compatriotas no son capaces de sentir, ni aunque lo intenten. Porque hoy, domingo 6 de marzo, la empresa francesa LVMH - la dueña de Christian Dior, Givenchy, Kenzo, Bulgari, y TAG Heuer, entre otras- cierra sus 124 tiendas en Rusia. Y eso afecta a un selecto grupo de rusos. No a los 3.000 empleados de LVMH en el país, a los que la multinacional les va a seguir pagando el sueldo, al menos por el momento, sino a sus clientes: los oligarcas.
Los oligarcas rusos son una clase en sí misma. Y ahora se han convertido en uno de los frentes de la guerra económica de las democracias contra el régimen e Vladimir Putin por la invasión de Ucrania. Estados Unidos, la Unión Europea, y Reino Unido han sacado sus propias normas para expropiarles sus bienes. El Gobierno de Joe Biden fue quien lanzó la ofensiva, al prohibir a cinco familias de cleptócratas, un día después de la invasión, acceder a sus activos en Estados Unidos. Después, llegaron los Gobiernos europeos, que descubrieron que confiscar yates de oligarcas es una medida muy popular. Más aun cuando se trata de yates tan grandes que no pueden entrar en los puertos, así que llevan dentro otros barquitos más pequeños para ir a la costa a por provisiones. En el mundo de los oligarcas rusos, si el yate no tiene helicóptero, se es un quiero y no puedo.
Así, esta semana Francia ha apresado el Amore Vero (86 metros de eslora, y 106 millones de euros, propiedad de Igor Sechin, de la petrolera Rosneft) e Italia el Lady M (65 metros y 25 millones, de Alexei Mordashov, de la siderúrgica Severstal) y el Lena (98 otros, del inversor Guennadi Timshenko, del fondo Volga). Alemania ha ido a por el mayor de todos: el Dilbar, que mide 156 metros de eslora - aproximadamente un campo de futbol y medio - y cuesta 550 millones de euros-.
Son días duros para los oligarcas. Al menos 12 de ellos ya han bajado de la barrera de los 1.000 millones de dólares, según Forbes. Y otros van por ese camino. Mordashov, golpeado por las sanciones económicas a Rusia y por el desplome en bolsa de Severstal, se fue a dormir el viernes sin Lady M y, encima, 1.023 millones de euros más pobre de cómo se había levantado. Sólo desde el 1 de enero, su patrimonio ha caído en 8.011 millones de euros. A día de hoy, apenas le quedan 18.360 millones, según la agencia de noticias Bloomberg, propiedad de otro millonario, el estadounidense Michael Bloomberg.
La guerra financiera a los oligarcas no tiene parangón. Por primera vez, Occidente ha decidido que la élite empresarial de un país comparte responsabilidad con el jefe del Estado y de Gobierno -Putin- en la iniciación de una guerra. Es una idea que se basa en el hecho de que estos millonarios rusos consiguieron sus fortunas por medio de las conexiones políticas; muchos, a través de la privatización que siguió a la caída del comunismo, cuando una oleada de corrupción entregó activos empresariales muy rentables, sobre todo en los sectores de la minería, la energía, y los fertilizantes, a precio de ganga a empresarios bien conectados que, encima, procedían en su mayor parte de la élite comunista.
Los enemigos, muertos, a Siberia o en el exilio
Cuando llegó al poder en 1999, Putin continuó esa política de cooptación política y la reforzó. Los oligarcas que se le opusieron acabaron en el exilio, como Vladimir Gusinski, en Cádiz; muertos en extrañas circunstancias, como Boris Berezovski, ahorcado en 2013; o, directamente, en Siberia, como Mijailk Jodorkovski, que ahora vive en el Reino Unido. Finalmente, el presidente llegó a una serie de acuerdos con los oligarcas en los que el Estado se comprometía a no actuar contra ellos siempre y cuando no entraran en política. De paso, Putin se llevaría una tajada de los negocios de los oligarcas lo que, según algunos de sus críticos, como el inversor estadounidense Bill Browder, ha permitido al presidente ruso alcanzar una fortuna de 180.000 millones de euros. Hoy, Putin es el oligarca de los oligarcas.
Ahora, ese delicado edificio de corrupción político-financiera está en peligro. Los afectados por las sanciones tienen poco margen de maniobra. Es cierto que Mikhail Fridman, el dueño de la cadena de supermercados Dia, ha dicho que va a recurrir las sanciones en su contra, pero los expertos no ven una vía legal clara. «Sancionar a personas físicas es muy común en la UE. Lo que pueden hacer los afectados es ir contra la decisión de imponer sanciones, lo que supone acudir al Tribunal de Justicia de Luxemburgo, o aceptar que se establezcan las sanciones, pero demandar que su nombre sea retirado de la lista de sancionados, lo cual implica ir al Consejo Europeo», explica José María Viñals, socio del bufete estadounidense Squire Patton Boggs y director del Master de Relaciones Internacionales del Instituto de Estudios Bursátiles. «Al día siguiente de su inclusión en la lista de sancionados, los afectados tienen que dejar de hacer negocios y, quienes tengan activos suyos, deben congelarlos inmediatamente», concluye este experto.
La paradoja ética de Occidente
Aun así, cada jurisdicción está actuando de manera diferente. Reino Unido, por ejemplo, ha actuado con mucha más moderación que otros países europeos, acaso porque los multimillonarios rusos han escogido a Londres como centro de operaciones. Si el primer ministro Boris Johnson echa a los rusos, las mansiones de Kensington, el barrio con más clase de la capital británica, se quedan sin dueño. Muchas de las empresas de estos millonarios cotizan en la Bolsa de Londres y, algunas, también en las de Zúrich y Frankfurt. Bastantes oligarcas tienen nacionalidad rusa e israelí. Todos los países se han beneficiado de su dinero.
No es sólo un problema legal sino, también, una paradoja ética. Una de las personas que mejor lo sabe es el periodista del Financial Times Tom Burgis, autor del libro Dinero sucio, que acaba de publicar en España Ariel. El miércoles, la Justicia británica desestimó un día antes una demanda en su contra de la empresa minera ERG, controlada por el oligarca kazajo-israelí Alexander Machkevich, a la que acusa en el libro de asesinar a tres personas.
El jueves, Burgis analizaba la nueva situación para EL MUNDO, con una visión menos optimista que la de los políticos: «Con las sanciones, los gobiernos occidentales están diciendo: 'Sabemos que en nuestras economías hay enormes cantidades de activos valiosos -yates, mansiones, dinero en metálico- en manos de gente que está tan involucrada en el régimen de Putin que, si les aplicamos mucha presión, tal vez ayuden a echarlo o a que cambie'. Esto es algo que sabíamos hace una semana y hace un año. Y es algo que también sabemos que los oligarcas de otros países -de Venezuela, China, Malasia - hacen lo mismo que los rusos. Y no hacemos nada».
Identificados, en el Kremlin
Vladimir Kirienko (de izquierda a derecha, en primer lugar). Presidente de VK, el mayor grupo de televisión e internet de Rusia.
Suleiman Kerimov (cuarto, en primera fila). Fundador del gigante de la minería del oro y la plata Polyus.
Vadim Moshkovich (sexto, en segunda fila). Ex parlamentario y fundador de la firma de agroindustria Rusagro.
Igor Shuvalov (séptimo, en tercera fila). Ex viceprimer ministro, se ha encargado de los presupuestos.
Vladimir Yevtushenkov (octavo, en primer fila). Dueño del conglomerado Sistema y conectado con las economías árabes.
Alexey Mordashov (noveno, en segunda fila). Accionista de referencia del conglomerado Severstal.
Alexander Shokin (puesto 10, en tercera fila). Vicepresidente primero de la Duma o Cámara Baja.
Alexander Dyukov (11, en primera fila). Presidente de la empresa de gas Gazprom, controlada por el Estado.
Tigran Khudaverdyan (en el puesto 13, en tercera fila). Viceconsejero delegado del gigante de internet ruso Yandex.
Sergey Kulikov (14, en tercera fila). CEO del centro de innovación en nanotecnología Rusnano.
Alexey Miller (15, en segunda fila). Vicepresidente y CEO de Gazprom, y ex viceministro de Energía.
Nikolay Tokarev (17, en tercera fila). Presidente de Transneft, la mayor empresa global de gasoductos.
Andrey Melnichenko (19, en segunda fila). Dueño de la minera de carbón Suek y accionista de EuroChem.
Igor Sechin (20, en última fila). CEO de la petrolera Rosneft y ex viceprimer ministro del país.
Dimitri Mazepin (21, en primera fila). Dueño de la empresa rusa de fertilizantes Uralchem.
Alexey Likhachev (23, en segunda fila). CEO de la empresa pública atómica Rosatom y ex ministro de Economía.
Herman Gref (24, en primera fila). Presidente y CEO de Sberbank, el mayor banco ruso, y ex ministro.
Vladimir Sahevsky (25, en tercera fila). Ha liderado el conglomerado energético siberiano SUEK.
Andrey Bokarev (27, en primera fila). Gran accionista de Transmashholding, empresa de material ferroviario.
Andrey Kostin (29, en segunda fila). Presidente y consejero delegado de la entidad financiera VTB.
Oleg Belozyorov (30, en primera fila). Presidente del monopolio ferroviario del Estado y ex viceministro.
Vladimir Potanin (31, en tercera fila). Principal accionista de Norilsk Nickel y Petrovax Pharm.
Dmitry Konov (32, en segunda fila). Consejero delegado del holding ruso petrolero Sibur.
Vagit Alekperov (33, en primera fila). Empresario azerí que preside la petrolera rusa Lukoil.
Mihail Poluboyarinov (34, en tercera fila). Presidente de la aerolínea rusa bandera en el país, Aeroflot.
Sergey Kogogin (35, en segunda fila). Consejero delegado de la empresa de automoción Kamaz.
Andrey Akimov (36, en primera fila). Presidente de Gazprombank, el tercer mayor banco del país.
Petr Aven (37 desde la izquierda y último, en primera fila). Presidente de Alfa-Bank, el mayor banco privado del país.
