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Leica, la marca alemana con sede en Wetzlar, acaba de desvelar su movimiento más llamativo en décadas de trabajo a contracorriente, la Leica M EV1. En un tablero dominado con mano de hierro por los fabricantes nipones (Canon, Sony, Fujifilm, Nikon, Panasonic), a la centenaria compañía europea la caracterizan al menos tres elementos: su carácter artesanal, con producciones muy alejadas de la economía de masas; la excelencia óptica, cuyos dos últimos exponentes son los ingenieros Walter Mandler y Peter Karbe; y la apuesta por las cámaras telemétricas -tanto digitales como analógicas- en un mundo requetedominado por velocísimos algoritmos de autoenfoque. Esta vez, sin embargo, Leica rompe con su tradición y mezcla dos mundos: el cuerpo clásico de las cámaras M y un visor electrónico que sustituye al telémetro.
El dispositivo cuesta 7.950 euros sin objetivos. Precio Leica y gran barrera de entrada para esos amantes de la fotografía que sueñan con aproximarse a la marca. Esta vez, la firma germana juega una interesante baza narrativa: si su serie Q es la más vendida de la casa, con su lente fija de 28 o 43 milímetros y un visor moderno con enfoque automático y ayudas al enfoque manual como el focus peaking, ¿por qué no ensanchar la base de clientes con una propuesta similar que entronque simultáneamente con las raíces más puras? Esa es la idea, aunque la implementación plantee algunas dudas.
La M EV1 monta un sensor de 60 megapíxeles, el mismo que integra la generación de las M11 en sus diversas variantes, y da acceso a algunos de los mejores objetivos de la historia, desde el 28 milímetros Elmarit asférico hasta las tres últimas versiones del 50 milímetros Summilux.
El visor está basado en el de la Leica Q3 e incluye las ventajas de cualquier EVF actual, aunque sin enfoque automático (las M son manuales). Puede, por ejemplo, resaltarse en el color elegido la zona que se enfoca y también es posible recurrir a un zoom de dos pasos para agrandar la imagen y garantizar el resultado deseado. Hasta ahí, todo se adapta al previsible guión.
El problema surge de las comparaciones con la competencia. Leica ha optado por una primera aproximación conservadora, sin grandes disrupciones, pero el mercado cuenta con dos referencias, una fuerte y otra débil, del camino que toma hoy la fotografía manual. Las cámaras de montura Z de Nikon, por ejemplo, dan un salto adicional e incorporan un recuadro de confirmación del enfoque e incluso son capaces de preenfocar al ojo cuando se quiere plasmar un retrato. Tan eficaz es este método que a veces resulta casi más sencillo que el autoenfoque, sobre todo si se trata de capturar a un sujeto tan complicado como una mascota peluda y enmarañada. Los franceses de Pixii, un producto de nicho dentro del nicho, idearon hace unos años un visor híbrido donde, sin renunciar al telémetro, se aporta el beneficio de ciertas herramientas electrónicas.
Ninguna incursión de Leica queda sujeta al azar. Los germanos escuchan más que ninguna otra marca a sus usuarios y los usuarios querían una M EV1. Casos de uso hay varios: amantesde la montura M con la vista maltrecha; el apabullante cliente chino; conocedores de la familia Q que quieren subir un peldaño más de la escalera romántico-analógica; fotógrafos dispuestos a cargar una M en su flujo de trabajo (bodas, bautizos, comuniones, sesiones de estudio) pero con un extra de fiabilidad, etcétera. Con el tiempo, en futuras iteraciones, ese visor hoy austero se transformará en otra cosa. De momento, Leica ha preferido llegar a tiempo con una primera innovación aceptable que tirar la casa por la ventana sin saber qué acogida tendrá el invento en su cuenta de resultados.
