En la era de la comunicación permanente, WhatsApp es el rey. La premisa no es sagrada: Norteamérica y Australia aún se encomiendan en buena medida al SMS, pero Europa, la mayoría de Asia, África y Sudamérica lo tienen claro. Despeja cualquier duda la clasificación que elabora Statista: con 2.000 millones de usuarios activos mensuales, la compañía adquirida por Meta (entonces Facebook) en 2014 domina el tablero mundial. Tras ella se sitúan la china WeChat, una navaja multiusos digital (1.380 millones de usuarios), el Telegram de Pavel Durov (950 millones), Facebook Messenger (947) y Snapchat (850).
Imitando a WeChat y Telegram, WhatsApp ha basado su estrategia en la ampliación del abanico de servicios. No se trata sólo de escribir un texto al amigo o familiar, al colega de trabajo o a la amante, se trata de transformar poco a poco la herramienta en una red social a imagen y semejanza de sus hermanas Facebook e Instagram. De hecho, recientemente se anunció que Whatsapp se sincronizaría con ambas para que los estados (esa imagen que uno cuelga y dura 24 horas) se compartan en las tres marcas.
Los intentos de crear alternativas se han sucedido sin un éxito apabullante. Telegram, utilizada en su día por los dirigentes de Podemos como una garantía absoluta de privacidad, inventó además los grupos de difusión. Hoy vive sometida a las tensiones que su fundador, el ruso de origen judío Durov, padece en Francia, donde se le acusa de permitir con su política de no intervención que la app funcione como una estupenda vía de escape para el crimen organizado.
Snapchat, más frecuente en Estados Unidos que en la UE, inventó los mensajes autodestruidos tras su lectura, pero tampoco eso importa: si algo caracteriza a las empresas de Mark Zuckerberg es su infinita capacidad para copiar y pegar cualquier solución ideada por la competencia, del mismo modo que Apple vende como novedades tecnológicas funcionalidades largo tiempo atrás incluidas por otros fabricantes.
Igual que Telegram, Signal, el último invitado en llegar a la fiesta, incide en la privacidad y seguridad del usuario en detrimento de la usabilidad. No invitan las cifras al optimismo en este caso: a cierre de 2024, la app contaba con 70 millones de usuarios activos mensuales, un 3,5% de la masa acumulada por WhatsApp. Otras propuestas en esta misma línea -más anecdóticas aún- son Threema (de pago; permite asignar al escribiente un ID generado aleatoriamente y no asociado a sus datos), Wire (gratis y de código abierto; deja crear una cuenta usando un correo electrónico y prescindiendo del número de teléfono) y Wickr Me (es la elección de ciertos cuerpos del Ejército de EEUU durante las campañas militares).
Para hacer frente a esta ola de nuevas aplicaciones encriptadas, WhatsApp rescató su recurso a la emulación. En su página web, la firma explica cómo funciona su cifrado de extremo a extremo, estrenado en otoño de 2021: "El cifrado de extremo a extremo mantiene tus mensajes personales y llamadas entre tú y la persona con la que te estás comunicando. Nadie fuera del chat, ni siquiera WhatsApp, puede leerlos, escucharlos ni compartirlos [...]. Todo esto ocurre de manera automática, sin necesidad de activar ninguna configuración especial para proteger tus mensajes".
Zuckerberg, claro, vive del dato. Instagram y Facebook se atiborran de información personal para vendérsela a múltiples anunciantes. Ese espionaje masivo debía culminar con un trasvase a las diferentes IAs de Meta para que sus modelos pudiesen entrenarse y mejorar. Una protesta irlandesa, sin embargo, paralizó un proyecto que, en teoría, no afecta a WhatsApp según lo descrito en el párrafo anterior. Se hace extraño, casi inverosímil, que uno de los magnates más detestados del planeta se haya limitado tanto a sí mismo. Quizás en el futuro se descubra dónde está el truco.
