Los gustos del venture capital europeo durante la última década evidencian un paladar monolítico. Apostar a lo grande significaba colocar casi automáticamente unos buenos millones en fintech, tal y como demuestra un dato: el 37% de los unicornios del Viejo Continente (y las islas británicas) se adscribe a este sector, entre ellos la inglesa Revolut, valorada en 33.000 millones, la germana N26 (9.230 millones) y la sueca Klarna (6.700 millones).
Sobrevuela, sin embargo, un cambio de tendencia, al menos, si se atiende a la radiografía del primer trimestre del año. Por primera vez, deeptech (3.000 millones) y climate tech (2.600 millones) levantan más recursos que el vertical hegemónico. Tiene sentido. Si en el primer caso se intuye el extraordinario tirón de la inteligencia artificial generativa, que no es la única derivada deeptech pero sí la más ubicua, en el segundo se movilizan las fuerzas del cambio climático, la sostenibilidad y la economía circular.
La plataforma de análisis HolonIQ contabilizaba a finales de enero de este curso 83 unicornios conectados al climate tech cuyo valor combinado asciende a más de 180.000 millones. En la lista predominan las compañías de origen estadounidense o chino; la presencia española es nula. Condicionadas por un tamaño menor en un mercado más limitado, El Referente identifica casi 800 startups nacionales volcadas esencialmente en tres ejes: energía (unas 200 empresas), agrotech (150) y movilidad (90).
Esta naturaleza menos unicornio o más temprana implica tres cosas: el margen de progresión es mayor, el acceso al venture capital más sencillo (los grandes fondos revisan su estrategia para dar entrada a startups más junior y no ofuscarse con las fases hoy durísimas de expansión o growth) y la narrativa más romántica. Y aquí emerge la historia de Gravity Wave.
Fundada por los hermanos Amaia y Julen Rodríguez, originarios de Pamplona, Gravity Wave "es una startup social que quiere limpiar la mayor cantidad de plástico de los océanos, transformando de paso el material recuperado en mobiliario". Con 17 empleados repartidos entre Calpe (Alicante) y Madrid, esta pequeña compañía ha levantado 240.000 euros hasta la fecha y ultima otra ronda de medio millón.
Cada año, apunta Amaia Rodríguez (CEO), se vierten a los mares 12.000 millones de toneladas de plástico. El 75% de los residuos que integran las tristemente famosas islas plastificadas del Pacífico proceden de las redes y artes de pesca. Gravity Wave tiene acuerdos con más de 5.000 pescadores de España, Italia y Grecia para que entreguen sus redes maltrechas y rescaten cuanto puedan del mar. En Italia y Grecia, este pacto implica una retribución al pescador. En España, se le retira gratis el material inservible, ahorrándose el barco o la cofradía la contratación de un servicio de recogida.
La caza del plástico se articula siguiendo uno de los siguientes métodos: recurriendo a la pesca de arrastre (redes que se hunden en el fondo marino y se lo llevan todo por delante); a la pesca más tradicional (con redes que crean barreras); o a los buzos (hay experiencias piloto en marcha en Calpe y las granadinas Motril y La Herradura). El 70% del plástico marino descansa en el lecho marino, aunque
Rodríguez admite que el sistema de arrastre "es muy criticado aunque las zonas donde se usa estén delimitadas" y que a largo plazo "habrá que buscar alternativas".
Tras unos meses intensos de I+D, Gravity Wave descubrió que el plástico de las redes abandonadas permitía fabricar planchas con infinidad de usos. Sirven de tableros para mesas, de paneles como los que usa Paradores para dar la bienvenida, de macetas, de letras al estilo de las colinas de Hollywood e incluso de trofeos, siempre con un característico color aguamarina que transmite cierto efecto Cousteau.
Desmenuzando el proceso. Los residuos se tratan en una planta de Valencia propiedad de Reciclamás, separando, cortando, lavando y triturando hasta dar lugar a planchas de distinto grosor y con diversos diseños. Ese mismo plástico de redes puede transformarse en materia prima para que la industria sustituya el plástico virgen (el que se extrae del petróleo) por otro reciclado. Así se instalaron en mayo en el campo del Real Betis Balompié 30 asientos a modo de test. Combinar fútbol, océanos y economía circular propicia una narrativa maravillosa. Este es el gran altavoz de Gravity Wave y una de sus palancas de crecimiento.
Además de fabricar, la startup alicantina ofrece a todo tipo de empresas un par de opciones interesantes. Si por ejemplo una marca desea abrazar un proyecto de impacto positivo, ahora existe un ramillete de opciones que va más allá de plantar árboles. La automovilística Mini encarga a Gravity Wave que recoja un kilo de plástico del mar por cada coche vendido. Gracias a un sistema de trazabilidad basado en blockchain e implantado en 2022, la compañía obtiene toda la información sobre las campañas que contrata con la startup.
Si no puedes solucionar un problema, compénsalo. Los laboratorios ISDIN cuentan con un producto estrella, Fusion Water, que por normativa no puede usar plástico reciclado en su envasado. Lo que ISDIN pide en este caso a Gravity es que rescate del Mediterráneo el equivalente a lo que vende en plástico con esa crema protectora.
No cabe aquí el riesgo del greenwashing. "Diversas empresas nos han tanteado para un lavado de imagen de grandes dimensiones, pero somos transparentes al 100%, se miden los kilos de plástico recogidos y se dispone de una tecnología implacable para que ningún paso quede en la sombra", despeja la CEO. "El modelo de Gravity Wave es un híbrido entre una ONG y una empresa al uso. El altruismo y la rentabilidad van unidos. Cuanto más facturamos, más plástico limpiamos".
El pasado 8 de junio se celebró el Día Mundial de los Océanos, iniciativa ideada en 2008 por Canadá que cuenta con el espaldarazo de Naciones Unidas y, por una vez, poco tiene que ver con ambiciones crematísticas. Esa efeméride fue la excusa perfecta del equipo de Gravity Wave para desplazarse a la isla griega de Andros, muy cercana a la famosísima Santorini. Allí se desmoronó un vertedero sobre una cala antes paradisíaca. El objetivo era capturar 100.000 kilos de plástico en apenas cinco días, casi el doble de lo que la startup española ha reunido en sus dos años de existencia. Al cierre de esta edición, el resultado de la misión aún era desconocido.
"El origen del problema -admite Rodríguez- también debe atacarse. Imagine una bañera desbordada donde el grifo no se cierra por más que achiquemos agua. La prevención es tan relevante como la recogida. Vamos puerto por puerto explicando a los pescadores que nos haremos cargo de las redes que ya no les sirven, que no la abandonen".
Dado que abarcarlo todo es imposible, esta emprendedora navarra piensa en una suerte de hub internacional del mar donde las tareas se reparten. Plastic Bank intercepta basura cerca del litoral para evitar que acabe en las aguas; The Ocean Cleanup dispone de un sistema de barreras para retirar los detritos flotantes; Sea Shepherd defiende la fauna marina; Ocean Born incide en la concienciación ciudadana... "Hay semanas donde me dejo llevar y lo abandono todo y sólo existe Gravity Wave. Pero las dos almas de las que hablábamos (idealismo y rentabilidad) facilitan mucho las cosas". Larga vida a ambas.
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