Cada movimiento, cada sanción, cada palabra en una rueda de prensa se responde con un eco calculado, revestido de orgullo nacional y sazonado con un toque de venganza burocrática. Se podría decir que las dos grandes superpotencias han refinado la vieja táctica del ojo por ojo. Si una cierra el paso de los chips para reprimir el desarrollo tecnológico de su rival, la otra responde bloqueando los minerales imprescindibles para fabricar estos chips. Si una lanza una cuchillada milimétrica en forma de aranceles, la otra contrataca de la misma manera. Es un intercambio de bofetadas bajo la coreografía del proteccionismo; una guerra fría de golpes en caliente. Ninguna parece dispuesta a rendirse.
"Las relaciones económicas y comerciales entre China y Estados Unidos se encuentran nuevamente en una encrucijada", resumía el tabloide chino Global Times, uno de los ruidosos altavoces en inglés del gobernante Partido Comunista, que recogía en su último editorial el malestar en Pekín por la reactivación de una guerra comercial con Washington, a quien echa la culpa de la misma, que llevaba meses apagada.
En China advierten de que responderán con firmeza si el presidente estadounidense Donald Trump cumple con su amenaza de imponer aranceles adicionales del 100% a los productos chinos. A los canales de propaganda del gigante asiático se les olvida mencionar que la última rabieta de Trump llegó después de que las autoridades chinas lanzaran la semana pasada nuevas restricciones a las exportaciones de las demandadas tierras raras. Aunque los funcionarios chinos defienden que esta medida se tomó después de que EEUU colocara a más empresas tecnológicas chinas en su lista negra.
Y así es como Washington y Pekín vuelven a llevar la justicia del ojo por ojo hacia una lógica de reciprocidad punitiva, de erosión mutua. Más que infligir un daño inmediato al adversario, parece que buscan preservar una dignidad estratégica. "Ningún golpe quedará sin respuesta", mantienen tanto en privado como en público los funcionarios chinos.
Las negociaciones de los últimos meses parecían haber calmado un poco las tensiones. Durante la última reunión en septiembre que se celebró en Madrid entre los representantes comerciales de ambos países, se prolongó otros 90 días la tregua comercial alcanzada el pasado mayo. En el horizonte estaba la anunciada primera reunión cara a cara de Trump con su homólogo chino, Xi Jinping. Ambos habían quedado en reunirse al margen de una cumbre regional que se celebra a finales de este mes en Corea del Sur.
El pasado viernes, cuando Trump anunció que el 1 de noviembre impondrá un arancel del 100% a China (que se se sumaría al 30% que existe actualmente, pero por debajo del 145% con el que despertó en abril la guerra comercial contra su gran rival), dejó caer que la reunión con Xi corría peligro tras la "siniestra y hostil" decisión de Pekín de endurecer el control sobre las tierras raras, fundamentales en la fabricación de los imanes que son imprescindibles para el desarrollo de bienes tecnológicos tanto de uso civil como militar.
En cambio, Trump, como acostumbra en sus imprevisibles giros, ha vuelto a tender a su manera la mano a Xi. "Tengo una excelente relación con China. Xi tuvo un mal momento, pero es un gran líder, un hombre muy firme, muy inteligente", dijo el lunes de madrugada a bordo del Air Force One rumbo a Oriente Próximo.
Unas horas antes de ese comentario, el Ministerio de Comercio chino había prometido duras represalias contra la última amenaza arancelaria de Trump, acusando a Washington de hacer descarrilar el diálogo comercial entre ambas potencias. "No se preocupen por China, ¡todo estará bien! El respetado presidente Xi acaba de pasar por un mal momento. No quiere una depresión (comercial) para su país, y yo tampoco. ¡Estados Unidos quiere ayudar a China, no perjudicarla!", escribió posteriormente el republicano en Truth Social.
Pekín, que domina el suministro mundial de muchos minerales críticos y tiene casi el monopolio en el procesamiento de tierras raras, ha estado jugando con esta carta ganadora, manteniendo el pulso con EEUU durante toda la guerra comercial. Los analistas sostienen que en Washington no vieron venir las últimas restricciones a las exportaciones de los elementos cruciales, que entrarán en vigor el 8 de noviembre, y que cubren además ciertas clases de baterías de litio y los equipos utilizados para su fabricación.
A esto hay que sumar el anuncio del viernes de una investigación antimonopolio contra el fabricante de chips estadounidense Qualcomm, que llegó después de que EEUU añadiera a otras 15 empresas chinas a su lista negra de comercio restringido por supuestamente ayudar a adquirir componentes electrónicos estadounidenses al régimen de Irán.
Trump también había amenazado a las aerolíneas chinas con prohibir que utilicen el espacio aéreo ruso en rutas hacia EEUU, mientras que las autoridades chinas están en plena campaña de restricciones contra otro gigante estadounidense de los semiconductores, Nvidia, y ha anunciado una "tarifa portuaria especial" para buques estadounidenses, una medida similar a la que ya había tomado EEUU contra los barcos chinos.
El martes, en esta disputa naviera, Pekín atacó con más sanciones contra cinco filiales estadounidenses de Hanwha Ocean, un gran constructor naval de Corea del Sur acusado de cooperar con Washington en sus restricciones contra el sector marítimo chino.

