La inteligencia artificial bebe de la misma inspiración que muchas otras herramientas tecnológicas: estar al servicio de las personas y de las organizaciones de las que forman parte para incrementar su rendimiento. Esa es la narrativa vendida por las big tech y esos otros jugadores de un mercado que incorpora poco a poco nuevos nombres. El más reciente en Occidente es OpenAI, aunque en Rusia y China, por citar a dos potencias ajenas a este acervo, también se produzcan adhesiones.
Bajo el lema oficial se oculta un interés mucho más pedestre: obtener del usuario, sea particular o corporativo, cuanta más información mejor. Ese flujo es un cáliz valioso; sin él los modelos dejan de disponer de datos con los que entrenarse. En paralelo, como es lógico, cada entramado diseña sus esquemas de negocio y sus sistemas de suscripción.
En el horizonte definitivo, cuando la innovación roce el límite de lo científicamente factible, se perfila la inteligencia artificial general, todavía remota y capaz sobre el papel de emular y superar a la inteligencia humana en el terreno donde ésta brilla (razonamiento flexible, creatividad, adaptabilidad, resolución de problemas sin necesidad de un entrenamiento previo). Semejante potencial denota ya la verdadera naturaleza de una misión que avanza entre el entusiasmo de las tecnológicas y la fascinación de los early adopters: se trata, en última instancia, de suplantar al humano no sólo en las tareas físicas (robótica) o repetitivas (atención al cliente, recopilación de datos, consultas básicas en ámbitos como la salud o el retail) donde, según el marketing, "su presencia no es necesaria", sino también en el plano mental.
Siguiendo con el bodegón oficialista, la desaparición de ciertas profesiones deparará otras, aunque parezca que las expectativas refuerzan únicamente la esfera de la ingeniería y las ciencias en detrimento de las renqueantes humanidades. Asimismo, la sustitución del hombre por la máquina superavanzada deparará una suerte de sociedad ociosa y renacentista donde las rentas se generan por los propietarios de la tecnología y se reparten después alegremente entre ciudadanos de toda condición, habilitando así una renta básica universal premium y ese tiempo libre propicio para cultivar las artes, la lectura y el pensamiento crítico.
Bajo una mirada más realista, caben dos objeciones. La primera es que no existen evidencias en la historia del capitalismo que sostengan que los propietarios de los medios productivos estén dispuestos a compartir la riqueza acumulada adaptándola a un esquema pseudo-comunista. La segunda es que las artes, la lectura y el pensamiento crítico han sido siempre la vocación de una escasísima minoría social. Quien jamás ha acunado un libro, tampoco lo hará por tener más horas libres.
Tirando del hilo, podrían plantearse al menos dos problemas más. Uno, vigente hoy, es el sesgo del algoritmo, capaz de condenar a empresas y medios otrora prósperos a la marginalidad, susceptible de adoctrinamiento en función de las apetencias y simpatías de los dueños del software y víctima jugosa del cibercrimen, que halla ahí grietas de seguridad ideales para la mixtificación, el robo de datos y la suplantación de identidades. Otro, quizás más filosófico y desde luego opuesto al übermensch de Nietzsche, previsualiza la decadencia de inteligencias como la lingüística, la lógico-matemática, la musical e incluso la inter e intrapersonal.
Paradójicamente, la humanidad sería fagocitada por su más rutilante invento, creándose así generaciones de individuos completamente dependientes de sus asistentes virtuales, balbucientes, incapaces de tomar decisiones o adentrarse en la vastedad de su esfera interior. Todo alegato en favor de la IA exige a la vez una cuidadosa valoración del riesgo asumido. Un debate que parece definitivamente apartado de la primera plana.
