Carlos Cuerpo no será presidente del Eurogrupo. Ni siquiera se presentó a la votación que tuvo lugar ayer. "No teníamos garantizados los apoyos necesarios para llevar adelante la candidatura", reconoció el propio ministro de Economía antes de la reunión del órgano.
"En el contexto actual, de grandes retos para la zona euro, es necesario promover la unidad y evitar la fragmentación en el seno del Eurogrupo, órgano clave para la toma de decisiones económicas en la unión. Por lo tanto, en un ejercicio de responsabilidad, el ministro ha decidido dar un paso al lado para favorecer una elección basada en el consenso", incidían desde el departamento que dirige. Evitó así caer estrepitosamente en la votación, proceso del que también se retiró el lituano Rimantas Sadzius y que hizo que el irlandés Pascal Donohoe se mantenga al frente del organismo al menos dos años y medio más tras su llegada en 2020.
El fracaso del ministro español era previsible, dado que Donohoe contaba con el apoyo del Partido Popular Europeo y en Bruselas prácticamente nadie daba opciones al responsable de Economía. Los precedentes tampoco eran halagüeños dado que tanto Luis de Guindos como Nadia Calviño perdieron en el mismo proceso aunque en su caso, al menos, llegaron a la votación.
Pero el Gobierno insistió en presentar a Cuerpo, en afirmar que su candidatura había sido bien recibida y que había posibilidades. Y lo hizo en plena crisis en el ámbito nacional, con los casos de corrupción acechando al propio presidente del Ejecutivo, y también en el internacional después del "enfado" de aliados y socios ante la negativa de Sánchez a invertir más en Defensa.
La derrota de Cuerpo, por lo tanto, no hace más que ahondar en esa situación, en la pérdida de influencia de España ante el movimiento a la derecha que ha dado Europa y, también, por el cambio de prioridades. La transición verde ha quedado en un claro segundo plano ante la necesidad de preparar a Europa para un posible ataque de Rusia. No es que la descarbonización no importe, pero ya no es la prioridad que fue. Y esto conecta directamente con otra forma de pérdida de influencia española: la situación de soledad en la que se encuentra la vicepresidenta ejecutiva para una Transición Limpia, Justa y Competitiva, Teresa Ribera.
Cambio de prioridades y falta de sintonía
En el momento de su nombramiento se consideró que sería la número 2 de la presidenta de la Comisión Europea, y que lideraría uno de los ámbitos clave del Ejecutivo europeo. Que tendría un paso relevante en Bruselas, en definitiva. Pero la realidad en la capital comunitaria no es exactamente esa. Por varios motivos. Primero, porque la gestión presidencialista de Ursula von der Leyen deja muy poco espacio y libertad de acción a los miembros del Colegio de Comisarios.
Los mencionados cambios de prioridades y el giro político en la UE también son importantes. Los integrantes del Partido Popular Europeo son mayoría en la Comisión, y la relación con los pocos socialistas tampoco es la mejor. En Bruselas muchos señalan que ha tenido varios desencuentros con Dan Jorgensen, que no sólo es socialdemócrata sino que, además, ostenta la cartera de Energía. Aunque cierto es que la socialdemocracia danesa no es precisamente igual que la española.
En Dinamarca están convencidos de que gastar más en el ámbito militar es imprescindible. De hecho, la primera ministra del país, Mette Frederiksen, fue una de los líderes que tuvieron "desencuentros" con Sánchez en la cumbre de la OTAN tras la negativa española a llegar al 5% del Producto Interior Bruto (PIB) en inversión militar. Y también reivindican de manera muy activa la necesidad de cortar lo antes posible y de manera total la dependencia europea del gas ruso.
Esto, según publicó Politico hace unas semanas, desató un encontronazo entre Ribera y Jorgensen porque la vicepresidenta quería suavizar el proceso y el danés se negó. Desde el equipo de la ex vicepresidenta negaron totalmente este punto, así como que el movimiento hubiese sido resultado de la presión de Sánchez. Pero el caldo de cultivo no es positivo.
La pujanza de Wopke Hoekstra, comisario de Acción Climática, tampoco ayuda. En la capital comunitaria no ha pasado desapercibido que la rueda de prensa que, la semana pasada, ofrecieron ambos para dar a conocer los objetivos climáticos de 2024 estuvo totalmente liderada por el neerlandés. Mensajes más claros y directos en algo que debería servir a Ribera para lucirse.
Y una última muestra muy significativa de esa soledad en la que se encuentra Ribera. La semana pasada, tras la cena de gala que supuso el inicio oficial de la presidencia danesa del Consejo Europeo, todos los comisarios estaban o bien rodeados de periodistas o departiendo con otros miembros del Colegio. Todos menos la española, que apenas hablaba con el presidente del Consejo Europeo, el también socialista Antonio Costa. Pero cuando el portugués fue reclamado para atender una obligación, la ex vicepresidenta del Gobierno se quedó sola. Sin nadie a su alrededor.

