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Guía urgente para trabajar menos horas: aumente la productividad y verá cómo la jornada cae sola

El recorte por ley a 37,5 horas semanales amenaza el crecimiento si no se cierra antes la brecha de productividad con los países desarrollados

Guía urgente para trabajar menos horas: aumente la productividad y verá cómo la jornada cae sola
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El huevo o la gallina. ¿Qué fue antes? Si ante este dilema la teoría evolutiva ha acabado fallando a favor del primero, al demostrar que la primera gallina se formó dentro de un huevo de una especie animal anterior, en el debate sobre la productividad y la reducción de la jornada, los expertos que analizan el impacto económico de las iniciativas políticas en nuestro país, sin ser detractores de la segunda, se inclinan con contundencia por la primera. No solo porque consideran que para poder reducir las horas de trabajo en una economía resulta necesario que la fuerza laboral sea antes más productiva, sino -y, sobre todo- porque han constatado que en las economías que avanzan en productividad las jornadas laborales se van recortando por sí solas a través de la negociación colectiva en las empresas.

Los defensores de la reducción de la jornada impuesta por la vía legal sostienen que, al igual que el crecimiento económico no garantiza la distribución de la riqueza, sino que es el impulso de políticas públicas de redistribución equitativa de rentas lo que favorece un crecimiento fuerte e inclusivo, el incremento de la productividad por sí mismo no conlleva una reducción de las horas trabajadas. Así lo exponía en una intervención pública esta misma semana el secretario general de CCOO, Unai Sordo, aludiendo al dilema entre el crecimiento y la distribución de la riqueza teorizado por el presidente del Consejo Económico y Social, Antón Costas.

Asumamos en este texto que la productividad es el huevo. El concepto aparece en hasta 48 ocasiones en el documento de 68 páginas que recoge el Plan Fiscal comprometido por el Gobierno con Bruselas en el nuevo marco europeo de gobernanza económica. Toda una declaración de intenciones donde, sin embargo, se hace una única referencia -y de manera muy superficial- a la reducción de la jornada laboral, pese a que la vicepresidenta Yolanda Díaz ya ha estipulado que las 37,5 horas semanales estarán vigentes en España el 31 de diciembre de 2025.

En ese documento, el Ejecutivo comunica a la Comisión Europea que se va a llevar a cabo "una reducción de la jornada media" en España y que la mejora del crecimiento del empleo proyectada a medio plazo "no viene acompañada, como en otros periodos expansivos pasados, por una disminución de la productividad", sino que "los datos más recientes muestran una vuelta a la tendencia de crecimiento estructural de la productividad por hora". Esta afirmación no parece estar en consonancia con lo que vienen advirtiendo los organismos fiscalizadores nacionales e internacionales respecto a la evolución de la productividad en España.

Antes de tomar el pulso a la productividad española, cabe aclarar que la teoría económica arroja toda una amalgama de indicadores que permiten aproximar este concepto. En términos generales, la productividad se define como la capacidad que tienen las empresas de utilizar sus recursos para producir bienes o servicios que sean rentables. Cuando se trata de medir cuánto de productivo es un país, se divide lo producido entre los recursos utilizados para producirlo. Y si lo que se pretende es analizar el eventual impacto de una reducción de la jornada laboral, como es el caso, conviene fijarse, en particular, en el Producto Interior Bruto (PIB) por hora trabajada.

Y aquí las conclusiones a las que llega la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) sobre nuestro país van en la dirección contraria al optimismo del Gobierno. En un informe reciente, advierte sobre el hundimiento de la productividad laboral en España en los últimos 30 años, con un tímido avance medio anual del 0,5%, frente al crecimiento promedio del 1,2% en el resto de los países desarrollados. La oficina estadística europea Eurostat, por su parte, calcula que la productividad laboral en España ha caído el doble que en la Eurozona desde el nivel previo a la pandemia, hasta situarse en 97 puntos, lejos de los 103,8 puntos registrados de media y de referencias como los 108,6 puntos de Países Bajos o los 101,6 puntos de Alemania. La Comisión Europea lo cataloga como un "problema endémico" de nuestra economía.

Francia, dos décadas después

Atendamos ahora a la gallina. Al igual que con la jubilación, donde las estadísticas constatan que la edad a la que se retiran los españoles del mercado laboral es inferior a la establecida legalmente, con la jornada laboral sucede que las horas semanales efectivas están por debajo de las 40 máximas que fija la ley. Fruto de la negociación colectiva en las empresas, la jornada laboral media se ha ido recortando progresivamente hasta situarse ya en el entorno de las 38 horas. Y si se acude a Eurostat, los españoles en realidad trabajan de media 36,4 horas a la semana. Es, en cualquier caso, una tendencia que se observa en los países desarrollados, que desde finales del siglo XIX vienen reduciendo sus jornadas laborales a medida que van registrando aumentos en términos de productividad.

El propio Ministerio de Trabajo reconoce que la reducción de la jornada laboral en Francia, país que habitualmente se pone de ejemplo desde que en el año 2000 aprobase la jornada de 35 horas semanales, en la práctica, no se ha traducido de forma matemática, ya que los trabajadores franceses siguen trabajando, de media, más horas a la semana. "Las 35 horas semanales como tal no son una realidad mayoritaria" en Francia, señala en una publicación reciente, aunque forman parte de "los derechos y mejoras sociales francesas que son ejemplares para el resto de los países".

En cualquier caso, el modelo francés sigue siendo objeto de debate y análisis más de dos décadas después. A partir de varios papers del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del conocido como OFCE, un observatorio compuesto por un destacado grupo de expertos en política económica francesa y financiado por el gobierno galo, Arcano Research ha elaborado un estudio sobre el impacto de la reducción de la jornada laboral en Francia a 35 horas y ha concluido que el incremento de los costes laborales por hora se vio compensado por una moderación salarial general posterior, el aumento de la productividad por hora de trabajo, favorecido por la incorporación en la época de las nuevas tecnologías, así como la supresión del pago de horas extra y las ayudas estatales en forma de reducciones en las contribuciones sociales.

El cruce de bases de datos de Eurostat arroja una conclusión cristalina: los países en los que se trabajan menos horas son los más productivos. En 2023, los trabajadores de la UE hicieron de media 36,1 horas semanales, con notables diferencias por áreas geográficas. El mapa coloca a los trabajadores con jornadas más largas en Grecia (39,8 horas), Rumanía (39,5), Polonia (39,3) y Bulgaria (39). Mientras, encabezan la clasificación de los países en los que menos horas se trabaja a la semana Holanda (32,2), Austria (33,6), Noruega (33,9), Alemania (34), Dinamarca (34,3), Finlandia (34,8) y Bélgica (34,9), precisamente las economías más desarrolladas de Europa desde todos los puntos de vista y, en particular, en indicadores de productividad.

¿Significa esto que trabajar menos horas nos hace más productivos? "La realidad es que la cadencia causa-efecto es la contraria. No se elige un número de horas por sistema y ello conlleva una productividad. Se parte de cuál es la productividad por hora y, a partir de ahí, si es elevada, un país puede permitirse reducir las horas trabajadas", explica Leopoldo Torralba, director de Análisis de Arcano Research, que incide en que países como Francia o Alemania tienen productividades cercanas a 50 euros por hora trabajada, frente a los 40 de España. "De ahí que no nos podamos permitir reducir en exceso las horas trabajadas, en comparación a los mejores países europeos", insiste. Aunque admite que "una cierta reducción de horas, como vimos en Francia en el pasado, puede no deteriorar mucho el margen empresarial y la competitividad, al compensarse con mayor productividad potencial y menores salarios futuros", advierte de que "si en un país poco productivo caen demasiado las horas trabajadas, la competitividad del país y su PIB se verán lastrados".

Proyectos piloto internacionales

Tras la pandemia, el debate sobre la necesidad de rebajar las horas de trabajo tomó impulso en la esfera internacional, especialmente en el ámbito europeo, y aunque no favoreció reducciones de las jornadas laborales legales, como fue el caso de Francia 20 años atrás, sí propició un amplio número de propuestas y proyectos piloto en varios países. Los recoge la Unión General de Trabajadores en una guía que acaba de publicar en la que no solo defiende que en España hay margen para reducir la jornada laboral sin recortar los salarios, sino que asegura que el obstáculo no se encuentra en la productividad del factor trabajo, sino en la del capital, que mide la eficiencia en la utilización del capital y los activos de una empresa para generar producción.

UGT señala como "ejemplos de éxito" los proyectos piloto llevados a cabo en Reino Unido y Portugal. El primero involucró a 61 empresas. La reducción de jornada se basó en la fórmula 100/80/100, esto es, pagar el 100% del salario mientras se reduce un 20% el tiempo de trabajo y se mantienen los niveles de productividad. La mayoría adoptaron una semana laboral de cuatro días, fijando el viernes como día libre. "Los resultados fueron muy favorables tanto para las empresas como para los trabajadores", apunta el sindicato, ya que los ingresos de las compañías aumentaron de media un 1,4% anual, mientras las bajas laborales se redujeron un 65% y mejoró el nivel de bienestar, así como la capacidad de conciliación.

En el caso de Portugal, participaron 41 empresas. Se les planteó instaurar una jornada de 36, 34 o 32 horas semanales. La mayoría optó por la primera opción y los resultados, de nuevo, fueron "ampliamente favorables" en términos de satisfacción de los empleados y conciliación, así como respecto al balance empresarial, ya que el 72% de las entidades mejoraron sus beneficios en una media del 12%, mientras los ingresos crecieron en el 86% de las empresas, con un promedio global del 14%.

Más allá de estos experimentos, el debate ahora se centra en la reducción de la jornada máxima legal y su impacto sobre la productividad. Y en este sentido, los estudios de BBVA Research sobre los países desarrollados demuestran que, en la práctica, las horas trabajadas van cayendo a medida que mejora el PIB por ocupado. Los analistas del banco calculan que, en los últimos 60 años, por cada diez puntos de aumento de la productividad las horas trabajadas se han reducido por sí solas un 3%. Es decir, a medida que las empresas van incorporando mejoras en los procesos productivos que les permiten desarrollar más y mejores bienes y servicios, van dedicando menos horas a trabajar vía negociación colectiva.

En este sentido, advierten de que cuando el recorte de la jornada laboral viene causado por un cambio regulatorio, como se está planteando en España, sin una mejora previa de la productividad o una reducción proporcional de los salarios, se produce un incremento del coste laboral que provoca en última instancia subidas de precios e incluso salidas del mercado de las empresas menos productivas. En consecuencia, BBVA Research calcula que si España cerrase la brecha de productividad con las economías más avanzadas las horas trabajadas descenderían un 12%. De lo contrario, una reducción de la jornada por ley, sin medidas compensatorias, implicaría un incremento de los costes laborales equivalente al 1,5% del PIB (esto es, unos 22.500 millones de euros), restaría en torno a 7 décimas al crecimiento medio anual de la economía durante el próximo bienio y 8 puntos al empleo, sumando 8 décimas anuales a la tasa de paro. Un escenario de ralentización del crecimiento que podría amortiguarse si son las empresas las que pactan en sus convenios eventuales reducciones de las jornadas laborales en función de sus situaciones concretas.