Más de 15.000 personas se reunieron el domingo en Cibeles para celebrar la Liga del Real Madrid.
Esa misma noche, en los aledaños de Riazor, 80.000 aficionados festejaron el ascenso del Depor a Segunda División.
No pretende esta comparación hacer de menos al madridismo, que el 2 de junio (no perdamos tiempo en utilizar condicionales en los que no creemos) saldrá de nuevo a las calles en mayor número, sino poner en valor la alegría más pura del fútbol: volver. Conocer el infierno y salir para contarlo, haber sufrido tanto que lo que más te alegra no es el triunfo sino haber sobrevivido. Seguir allí, no haber abandonado, tatuarte en la piel que quieres que tu equipo gane pero no le quieres porque gane. Le quieres porque es parte de ti.
Ganar es el sueño, estar es la vida.
Lo saben los atléticos, que padecieron aquellos dos años de escarnio en Segunda y, contra todo pronóstico, subieron el doble de los que bajaron. Lo saben los del Sevilla, el Betis, el Valencia, la Real Sociedad... Incluso, pese a no haber descendido nunca, los del Athletic, a los que se les quedó pequeña la ría cuando al fin volvieron a levantar esa Copa que siempre fue suya.
Sólo Madrid y Barça no lo saben y nunca lo sabrán. Desde su atalaya de éxitos constantes dirán que tampoco tienen ganas. Normal, pero no son conscientes de lo que se pierden. Es imposible explicar el dolor a quien no lo ha padecido, pero quien ha estado ahí conoce lo que se siente. Tantas noches de insomnio pensando cómo diablos les había pasado eso a ellos, por qué tenían que sufrir por una pelotita y once millonarios, si acaso aquello merecía la pena. Y de golpe, un día, el balón te recuerda que lo merecía, que siempre lo merece.
Cuatro años de caos, desgracias y lágrimas han puesto al deportivismo a prueba y, para qué engañarnos, seguramente les haya venido bien la criba. Todas las aficiones deberían ventilar un poco tras una etapa de éxitos. Por la ventana habrán saltado los advenedizos de los años dorados, los que creían que antes de Bebeto todo eso era campo. Y los niños que pensaron que siempre iba a ser Europa y alegría habrán aprendido que la realidad no es así: que es mejor, más compleja, más exigente. El que siga ya va a estar siempre.
Volver, quizás con la frente marchita y la sien plateada, pero volver y sonreír. No hay nada más hermoso.

