En la insospechada Limasol, en un pabellón del que quizá jamás había oído hablar, Sergio Scariolo iba a poner fin a su leyenda con una derrota en la que, al menos, su equipo no se traicionó: murió contra la Grecia de Antetokounmpo con un alarde de amor propio que honraba al pasado. Aún reciente el escozor de la agónica batalla, de la cruel eliminación de un torneo que ha reinado como nadie en el pasado (ahí sus cuatro oros para la historia), el seleccionador templaba los ánimos con las palabras, intentando encontrar las más adecuadas para un momento único en su carrera. "Me voy en paz, porque lo he dado todo", pronunció, con emoción. Poco después, la sala de prensa (en la que aguardaba todo su staff, también Rudy Fernández), rompió en un aplauso unánime que era el reconocimiento a una era.
En la pista hubo esbozos de lágrimas. Especialmente en los dos chicos de 19 años que habían sido su último conejo en la chistera, el paradigma de su legado y la confirmación de su profecía: "Tendremos un equipazo". Para ellos, Sergio de Larrea y Mario Saint-Supèry, fueron los elogios. "He jugado con los jóvenes porque me sentía cómodo con ellos, porque merecían estar en cancha. No para que hicieran experiencia. Me gusta que esa imagen sea cerrar una puerta pero a la vez abrir otra que vea la luz por delante de nosotros", explicó el ya ex seleccionador.
Scariolo se despide con una hoja de servicios que nunca será igualada. Pese a la aspereza del ocaso -"el deporte te pone en tu sitio. Hemos tenido poco premio por el esfuerzo de estos dos partidos contra rivales que sobre el papel eran superiores, pero que han tenido que sudar para ganar"-, la península de desvelos que fueron sus últimos días, ahí queda eso. Sus ocho medallas (cinco de oro, entre ellas la del Mundial 2019), de las 20 que presume en toda su historia la selección. 101 victorias en 136 partidos oficiales, 13 grandes campeonatos. Y, sobre todo, el sello de una época, la personalidad y el estilo de quien se miró a los mitos sin rubor, quien pareció la URSS o Yugoslavia en la modernidad. La batuta del técnico que fue capaz de domar a las estrellas primero, de mejorar a los Gasol, Navarro y compañía, y también de obrar milagros cuando ya iban dejando paso a las nuevas generaciones. Quizá ninguna obra como el Eurobasket de hace tres años, la más inesperada de todas sus hazañas. La selección, en fin, ante la que todos se quitaban el sombrero a su paso, ahí van los españoles, cuidado.
Nadie nunca podrá olvidar la España de Scariolo. Que hasta por su sonoro y despiadado final fue única. Desde Alemania en el 95 ningún campeón caía a la primera. En ningún torneo que haya participado España quedó peor clasificada, siempre al menos entre los 16 primeros (fue 15ª en el Europeo del 59). Desde 1979 (se ausentó en el 77), siempre estuvo entre las ocho mejores de Europa y desde 1999, al menos en semifinales. Se queda el italiano con 42 victorias en los Eurobasket, igualado con Vincent Collet, a una de Aza Nikolic, sólo Aleksandr Gomelski (75) y Antonio Diaz-Miguel (52) por delante.
"Toda historia de amor tiene un final. He disfrutado de verlos crecer desde que eran muy jóvenes. Creo que es hora de dejar el lugar a alguien diferente. Nadie es insustituible", fue su carta de despedida, 17 años después del debut contra Cuba, un 14 de agosto de 2009, ante del dorado Eurobasket. No se irá lejos, su próximo reto es el Real Madrid. En la intimidad del hotel Parklane de Limasol, el último refugio, recibió de nuevo el aplauso, esta vez de sus jugadores, orgullosos hasta en la derrota.



