La Liga, antes del parón, se ha puesto al día en la cuarta jornada. Pero con la tercera en pleno desarrollo, los equipos andaban aún ajustando las plantillas. En unas faltaban jugadores. En otras sobraban, tratando todos de encajar en un puzle con el tablero en movimiento. Sujetos a las distintas circunstancias de transacciones o de inscripciones, había nombres llamativos: Dani Olmo, Dani Ceballos, Julián Álvarez, Conor Gallagher, Vitor Roque, Eric García... En la búsqueda del equilibrio entre necesidades y posibilidades, se gestionaban frenéticamente in extremis las postreras compras, ventas y cesiones; los definitivos alquileres, arriendos y préstamos.
Agobiados, circunscritos a los límites salariales, los clubes ofrecían y pedían gangas. Sus teléfonos y los de los agentes ardían. Quemaban. Aquí y allá, entre financieros y usureros, en pactos de caballeros (algunos quedan) y truhanes (algunos hay), se negociaba, se regateaba, se chalaneaba por millones y por calderilla en despachos y zocos. Un trasiego de Bolsa y Banca, y otro de Casa de Empeños y Monte de Piedad. Una economía de mercado y otra de trueque, en distintas manifestaciones de lo que el versátil mediocentro internacional Peter Falcon y la fogosa delantera local Marichús Montero denominarían «financiación singular».
Temporada tras temporada, la historia se repite y la Liga ya lanzada se convierte en una competición con un excesivo e inaceptable grado de provisionalidad. Sólo se salvan los banquillos. Nadie, sobre la campana, anda buscando entrenadores. Sólo faltaba a esas alturas. Pero todos los demás actores, activos y pasivos, incluidos los propios técnicos, no sabemos a qué atenernos hasta bastantes días después del pistoletazo de salida.
El caso de Luis Rioja
Carece de sentido que, incompleta, arranque la competición con, incluso, teóricamente, jugadores que, intercambiables, habiendo ya participado con un equipo, puedan hacerlo una o dos semanas después con otro. Ocurrió. Un ejemplo: Luis Rioja jugó la primera jornada en las filas del Alavés contra el Celta; la segunda, también contra el Celta, con la camiseta del Valencia. El centrocampista Falcon lo llamaría «migración circular».
Imaginemos que, en la Vuelta a España, los equipos fueran corregibles sobre la marcha; que un corredor comenzase la carrera con, pongamos, el Movistar y la terminara en el Visma a cambio de otro del Decathlon proveniente del Arkea. Te cambio un contrarrelojista por un sprinter, un escalador de clase media por dos gregarios de clase baja...
Temerosos o ilusionados, inquietos, los últimos futbolistas pendientes de destino no tienen la cabeza donde deben. El plazo concluyó este año el viernes, a las 23:59 horas. Una menos en Canarias. Entonces... ¿podría un club insular haber concretado un acuerdo con un peninsular, y viceversa, a, pongamos, las 23:55 del día 30 allá cuando aquí ya eran las 0:55 del 31? ¿Sucedió en algún caso? Si así fue, ¿constituiría motivo de invalidez o impugnación?
La Liga es una sola. Pero con este descalzaperros se ha dividido en dos. Una empezó antes de lo que debía. La otra, después. Ambas a destiempo.

