El escritor Nick Hornby dice que se enamoró del fútbol del mismo modo que se enamoró de las mujeres. Tenía que suceder. El niño se hizo hombre con todos los cambios que esa evolución implica, pero sin romper un cordón umbilical: la conexión con el Arsenal. Hornby hace un ejercicio de introspección en busca de explicaciones en el magnífico ensayo Fiebre en las gradas, sin encontrar más conclusión que el placer que le producía la «pertenencia a una comunidad de forma totalmente acrítica». La razón no puede ofrecer respuestas a una relación sentimental que tiene que ver con la identidad y con la tradición familiar, ya que se empieza a ir al campo con el abuelo y se continúa con el hijo, hasta formar parte del esqueleto emocional de muchas personas. Es algo muy serio. Esos momentos de conexión que recrea con habilidad Hornby son el espacio de las ilusiones sobre los que un señor de negro y otros de traje han volcado sus cubos de basura sin que nadie les pida perdón. En esta guerra en la que los barones del fútbol se vuelven a señalar unos a otros para escapar del caso Negreira y mantener intactos sus cupos de poder, casi nadie se acuerda de los socios del Barcelona, ofendidos, sea o no en silencio, tras ver lo que se ha hecho con su club, con su identidad. Es peor sentir vergüenza que contar penaltitos.
El maniqueísmo de Joan Laporta es propio del libreto populista que ha dado tan buenos resultados en la sociedad catalana, en general, y azulgrana, en particular. Ya lo utilizaba Jordi Pujol: si estás contra mí, estás contra Cataluña. La rotundidad de los hechos y las pruebas documentales del pecado original cometido por, al menos, cuatro presidentes, Laporta incluido, dificultan el sostenimiento del mantra de Madrid como encarnación del mal. Facturas y burofaxes prueban los pagos por valor de 6,6 millones de euros a José María Enríquez Negreira durante 17 años en los que fue vicepresidente del Comité Técnico de Árbirtos (CTA). Existe una corriente interna en el club, menos contaminada políticamente, que considera un error esta estrategia maniquea, y a la que podría estar próximo Mateu Alemany. Veremos si tiene alguna influencia en los siguientes pasos, en especial cuando Laporta ofrezca las explicaciones de la investigación encargada por su directiva.
EL CAINISMO LOS PRESIDENTES
En las horas posteriores al estallido de un escándalo que implica a Joan Gaspart, Sandro Rosell, Josep Maria Bartomeu y Laporta, ya que durante su primera etapa mantuvo la relación de asesoría con Negreira, hubo contactos que partieron del entorno de Bartomeu para poder organizar una comparecencia conjunta de presidentes, pero finalmente no fraguaron. El sentido común no es rival para el odio. «A lo mejor se habrían apuñalado por la espalda mientras hablaban», ironiza alguien que ha trabajado cerca de ellos. Gaspart y Bartomeu dieron explicaciones a quien se las pidió, Rosell no apareció, escamado por dos años en prisión preventiva sin razón, y Laporta recogió la lona del buen rollo de la Castellana y dio el grito de guerra: «¡¡Madrit!!»
A todo atiende un barcelonismo ofendido pero perplejo. Mucho más proclive al debate interno que el madridismo, el caso Negreira, en cambio, ha producido el colapso y la omertà, en un momento en que la era Xavi comienza a ofrecer brotes verdes, líder de la Liga después de la decadencia del que fue imperio azulgrana, con el Barçagate, la ruptura con Messi y la ruina. Sería saludable, pese a ello, que la afición exigiera explicaciones desde dentro, aunque a veces eso no resulta sencillo, puesto que las peñas acaban por sufrir los efectos del clientelismo del mismo modo que sucede a veces con los sindicatos: cerca del poder se está más calentito.
"UN SILENCIO VERGONZANTE"
Mientras todos los clubes profesionales menos el Real Madrid condenaban el caso y exigían que se depuraran responsabilidades, la Unión de Peñas del Atlético tachaba de «vergonzante el silencio mantenido por los representantes de los aficionados del Barcelona». «Son precisamente sus seguidores los que en primer lugar deberían pedir explicaciones a sus dirigentes y exigirles responsabilidades por manchar la imagen del club». Lo mismo hizo la Federación de Peñas Sevillistas. Pedían un posicionamiento a las grandes agrupaciones y federaciones de peñas azulgrana, pero el único que se ha producido es el de colectivos minoritarios como Seguiment FCB o Dignitat Blaugrana, entre otros, con exigencias claras a la directiva y la solicitud de medidas contra los supuestos implicados que sean socios del club.
La decadencia ha provocado, además, una desactivación de la oposición, siempre muy activa en lo que Johan Cruyff llamaba el «entorno». Apenas Víctor Font aparece como alternativa, perdedor de unas elecciones, timorato y que huye de la frontalidad. «Esperemos que el club lo investigue y explique con detalle qué ha pasado, con la transparencia y responsabilidad institucional que los socios y socias merecemos», es todo lo que ha transmitido ante el crisis de reputación más grave del Barcelona.
Era una oportunidad para reactivarse como oposición, y más en un momento en que el caso Negreira y las eliminaciones europeas afectan a la captación de patrocinadores y los problemas de financiación del Espai Barça tienen a Laporta contra las cuerdas, mientras planifica una emisión de bonos muy comprometedora para el futuro de la economía azulgrana, tanto como alguna palanca ante la que varios han cerrado los ojos. Los cenáculos y aquelarres se han sucedido entre personajes de la cremosa sociedad civil, pero después de ver a un ex presidente en prisión y a otro en una comisaría de los Mossos d'Esquadra, hay pánico a un puesto que parece una silla eléctrica. Sobre todo, si Negreira está detrás de la vidriera.
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