- Entrevista Lobo Antunes: "Portugal es lo que el mar no ha querido"
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Quedaba él como único naipe de la baraja de grandes escritores portugueses del último medio siglo: António Lobo Antunes ha fallecido a los 83 años y era el único testigo de aquella generación de la que también eran titulares José Saramago, José Cardoso Pires, Sophia de Mello Breyner, Urbano Tavares Rodrigues y un poco antes Miguel Torga.
Lobo Antunes, lisboeta de 1942, ejerció la psiquiatría, combatió en Angola entre 1971 y 1973 y de aquellos traumas de la profesión, el colonialismo y la guerra extrajo mercancía turbadora para novelas como En el culo del mundo (1979), Conocimiento del infierno (1980), Manual de inquisidores (1996) o La última puerta antes de la noche (2018). Da igual el género literario que tocase: mantenía una caníbal relación con las letras. Todo lo devoraba y lo convertía en Lobo Antunes.
Su búsqueda literaria de un territorio propio y su experiencia clínica a veces desgarradora le dieron identidad y después sitio entre los candidatos portugueses al Premio Nobel, hasta que Saramago se hizo con el galardón. Eso lo descartó definitivamente, de ahí que en la última entrevista que concedió a EL MUNDO, en 2019, dijese: "Me cago en el Nobel. Los premios no mejoran los libros".
De carácter difícil y escritura vibrante, António Lobo Antunes llevaba años atrincherado en su casa de la capital portuguesa. Había dejado el tabaco. Le abandonaban los recuerdos. La historia se le iba sin que él pudiera contar su misma extinción, como habría querido. Ya en 2012 anunció que daba su obra por cumplida, pero aún insistió un poco más. En un texto titulado Adios, confesó: "Mi trabajo está prácticamente terminado. Escribí los libros que quería, de la manera en que quería y diciendo lo que quería: no tocaré una línea de lo que hice y si me diesen cien años más de vida, tampoco lo haría. Era exactamente esto lo que ambicionaba hacer".
En muchos de los textos de Lobo Antunes, la potencia de los recuerdos, los peajes de la memoria y la idea del suicidio eran asuntos recurrentes. Pero unos le auxiliaban de lo otro: "La literatura me salva de la idea del suicidio que tanto me ronda". En 2014 superó un cáncer y poco después publicó un libro de alta intensidad evocando los espacios y recodos de su infancia: Sobre los ríos que van, título sacado de un verso de Luis de Camoes. De aquel espacio primero de la niñez decía: "Fue el tiempo más feliz de mi vida. Vivíamos en un pueblito. Y vivíamos bien. Provengo de una familia que tuvo privilegios en la dictadura, pero para un niño la dictadura no existe. Además, en mi casa había un permanente pacto de silencio. Un miedo a hablar. Había demasiados delatores. Mi padre no fue un hombre de derechas, como sí lo eran mis tíos. En cualquier caso, insisto: fue el tiempo más feliz de mi vida".
Lobo Antunes era un animal solitario y rumiante. Un escritor complejo. Un ciudadano extrañado y mundano. Hablaba de poetas, mucho. Y de poemas. Amó a Quevedo sobre todas las cosas. Y al Siglo de Oro español. Y a Lorca. Y a Cernuda. A los 15 años escribió a Louis-Ferdinande Céline para expresarle admiración.
El último titán en pie de las letras portuguesas ha fallecido en su casa de Lisboa, apoyada sobre una de las siete colinas de la ciudad. Un barrio humilde y con la melodía cadenciosa de las rúas en jornada de lluvia. Una lluvia terca que también muere hoy de pie contra el suelo y todo lo ahonda. Los homenajes se sucederán.



