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El gran libro del caos venezolano que el mundo ha esperado durante años, no ha sido un ensayo político sino una crónica íntima del exilio y el desarraigo escrita en Chile, en la distancia. Atrás queda la tierra, de Arianna de Sousa-García (Seix Barral) llega a España después de convertirse en un shock para sus lectores en América.
- Usted fue niña en los años del ascenso de Chávez. ¿Una niña venezolana se daba cuenta de que algo pasaba en su país en 1999?
- No sé si tuve nunca una vida prepolítica, ahora que lo pienso. Mi padre era militante y siempre estaba la política en las conversaciones. No tengo reproches, en casa hicieron lo posible para protegerme, pero la política estaba. El adulto piensa que no, pero los niños saben. En mi casa estaba todo bien, pero yo sabía que pasaban cosas. El rostro de mi padre cambiaba según las noticias del día. Chávez estaba en la televisión todo el tiempo y a él también se le adivinaban los cambios de humor. Y piense que la experiencia escolar estaba muy enfocada al culto a Bolívar, llena de símbolos: la cinta roja, la boina...
- Al principio, ¿era fácil saber que había gente que no estaba en el entusiasmo revolucionario?
- Hubo un momento de comunión nacional, muy al inicio, en el que, supongo que por afecto, la gente intentaba no discutir. Después eso se rompió y empezamos a hablar entre nosotros de las peores maneras posibles. Si mi tío pasa hambre y a aquel amigo lo echaron porque no estaba de acuerdo con el Gobierno... ¿Cómo ignorarlo? Yo creo que esa incomodidad se empezó a notar tras un año y medio o dos como mucho y que fue el principio de la ruptura de la familia venezolana que hemos vivido. Hay algo importante: en todas las familias, insisto que en todas, había personas en la oposición que la pasaron mal desde muy temprano. Mi abuela materna y mi abuelo paterno eran esas personas en mi familia. Se notaba en la manera que tenían de tratar con nosotros, cómo nos hablaban sin decir nada, cómo nos sugerían cosas que nosotros quizás ni siquiera estábamos preguntando pero que sí que teníamos en la cabeza. Tengo una imagen muy clara de aquella abuela dejando caer que ya en ese entonces había movilizaciones, había marchas, que había despidos masivos en las petroleras... De modo que algo que era parte de lo público entraba en lo familiar. Eso de "no me di cuenta de lo que empezaba a ir mal en Venezuela" que se oye a veces me parece bastante imposible.
- ¿Me habla de su padre? En su libro es el personaje del conflicto, el creyente en la Revolución que pierde la fe después de entregarle todo.
- Dudé mucho si escribir sobre mi padre pero sé que representa algo muy importante, muy vital y muy necesario en el conjunto del libro. Supongo que quería cuidarlo. Habíamos estado distanciados. Le escribí y me encontré con alguien dispuesto a hablar con absoluta sinceridad. No esperaba eso. Hubo algo duro para mí: entender que puede haber en la vida de alguien algo más grande que su familia y sus hijos. Un proyecto mayor. Oara mi padre fue la revolución a la que tenía que atender antes que a nadie. Para él, cuidar de la revolución era cuidar de nosotras, eso lo entendí luego. Pero para una niña, fue tremendo.
- ¿Cómo le va a él?
- Está bien, está contento, está feliz, vive allá en España. Tiene una hija pequeña, una hermana mía a la que no he visto y que estoy muerta por conocer. Es preciosa y es muy viva y es absolutamente española y dice unas cosas... Yo me emociono mucho. Nos mandamos cartas. Mi padre es un tipo muy trabajador y muy dado a la gente, así que yo nunca tuve duda de que, allá donde fuese, iba a estar bien. Y así ha sido. Yo lo veo bien. Y está muy contento con la existencia del libro, muy orgulloso. Yo tenía mucho temor, obviamente.
- Ha hablado antes de la quiebra de la familia venezolana. En el libro también hay páginas sobre las amistades que se murieron por el exilio.
- Eso es algo bien doloroso. Quizás sea algo de lo que una nunca se recupere. Yo no me he recuperado todavía. Nos vamos quedando muy solos todos. Todos vamos buscando cariño como huérfanos, todos hemos tenido que salir adelante en ciudades que no conocíamos, en las que nos sentíamos frágiles al afrontar las tareas diarias: cómo llegar al trabajo, cómo comprar la comida... Mis abuelos paternos se fueron a Argentina. Estaban aquí al lado de Chile pero yo no podía ir a verlos porque no podía salir de Chile. Chile se demora un montón en emitir las cédulas. Un día me contaron que iban a volver a Venezuela. Mi abuelo, que nació en Portugal, decía que no quería morir siendo extranjero otra vez. Así que yo, absolutamente desesperada, demandé al Estado chileno para que me dieran los papeles. Me los dieron y pude volar a Argentina. Todo esto se lo digo porque fue un gesto desesperado contra la distancia y la disolución del cariño en la que vivimos. Estuve con ellos y fue lo mismo de siempre. Mi abuela me peinaba y mi abuelo me tomaba las manos. Era como si ni el tiempo ni la distancia hubiesen pasado nunca. Pero no es así, la vida que hemos llevado es, lamentablemente, la contraria.
- El otro día leí una entrevista con un experto en Relaciones Internacionales. Venía a decir que Maduro no va a caer porque los venezolanos educados que podían confrontar a la dictadura están fuera del país, desactivados.
- Eso yo lo he pensado. Cada día que se acerca el 10 de enero me pregunto ¿qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué no me organicé, por qué no conseguí un crédito y tomé un vuelo, por qué no me fui caminando hasta Venezuela si soy necesaria allá? Creo que mi única respuesta tiene que ver con las responsabilidades y las deudas que tenemos todos. Mi responsabilidad como madre es mayor que mi responsabilidad como ciudadana. Lo llevo con una culpa absoluta pero es así. Siempre he pensado que apenas mi hijo sea independiente, entonces yo voy a Venezuela a hacer el trabajo que quiero hacer allá, pero no sé si es algo que me digo para consolarme. Todos hacemos lo que podemos desde los lugares en los que estamos. Trato de ser lo más humilde y respetuosa posible, no pedirle a nadie en el interior ni que salga ni que no salga. Ellos son los que están allá sufriendo las consecuencias de la dictadura. Mucho hacen con mantenerse vivos. También pienso que yo no hubiese podido publicar este libro si me hubiese quedado.
"La mayoría de nosotros no tiene pasaporte, para empezar, por no tener cómo pagarlo. Es uno de los más caros del mundo, es una extorsión"
Un día después de la entrevista, De Sousa-García envió un correo para ampliar su respuesta: "La mayor razón por la que la diáspora no está hoy en Venezuela, como nos gustaría, obedece a que aún afuera el régimen nos tiene tomados del cuello. La mayoría de nosotros no tiene pasaporte, para empezar, por no tener cómo pagarlo. Es uno de los más caros del mundo, es una extorsión. La mayoría ni siquiera tenemos embajadas venezolanas en nuestros países de residencia, y quienes sí, tienen que superar lo engorroso que es encontrar una cita para poder gestionarlo. Hay que entrar al sitio web de madrugada, con cientos de personas haciendo lo mismo, y cruzar los dedos porque la página no se caiga. Casi siempre se cae. Sin el pasaporte no sólo no podemos pasar otras fronteras. Tampoco podemos ingresar a nuestro país. Siempre han querido quitarnos la identidad de todas las maneras posibles. Esta es una más".
- ¿Cuánto tardó en estar razonablemente bien en el exilio? ¿En despertar de buen humor?
- Eso no me pasa todavía. No me pasa. Tengo días buenos, tengo días en los que soy consciente de lo bueno que tengo en mi vida, de la gente que me rodea, de los parques que tiene Santiago que son muy bonitos, los pajaritos y qué sé yo. Pero son pocos días, pocos momentos. En general, el cuerpo está acá pero la mente y el corazón están allá. Estos días lo vivo como algo muy tremendo. Esta semana estoy absolutamente tomada por esa angustia, por el deseo de que caiga el régimen y, sobre todo, por la preocupación por las personas. Para mí no ha llegado ese momento de calma, de estar más o menos bien.
- ¿Qué hizo cuando las protestas en Santiago de Chile de 2019? ¿Tomó distancia, participó en ellas?
- Ninguna distancia. En ese momento yo vivía en Santiago Centro, en medio de los disturbios. Recuerdo el sonidode la protesta. Se escuchaba así como un rugido. Eran mis amigos chilenos y yo estaba absolutamente con ellos, los entendía en sus deseos y expectativas de país, los validaba aunque era difícil para mí, porque era un momento de vulnerabilidad absoluta. Dormir a mi hijo en esa casa se volvió algo muy difícil. Además yo me veo como me veo, parezco venezolana. Bajaba a las protestas y me decían venezofacha. Me pasó más de una vez.
- Conozco a dos venezolanas. Son dos hijas de españoles que se fueron temprano, o sea que les es fácil verse como españolas. Siempre eluden las noticias de Venezuela y las preguntas, hacen como si no fueran venezolanas. ¿Cómo le suena?
- Esa negación es bastante común. A veces una tiene que hacer estas cosas para poder tener una vida. Yo no puedo hacerlo pero entiendo a quien viva así porque es muy difícil y es muy doloroso lo que nos pasa. He visto esa negación en varias personas y entiendo que todos merecemos y necesitamos estar tranquilos. Otra cosa es que dudo de si de verdad se consigue estar bien. Sospecho que en el interior debe de quedar algo de angustia, de tristeza.



