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"José Antonio, ¡Presente!": El largo y teatral entierro de Primo de Rivera en beneficio de Franco

El escritor y referente de la no ficción Paco Cerdà rescata en 'Presentes' un coro de voces olvidadas a partir de la comitiva que trasladó los restos de José Antonio Primo de Rivera desde Alicante hasta Madrid en 1939 y con el que franquismo convirtió al fundador de Falange en "un mártir y un icono mesiánico"

Traslado de los restos mortales de José Antonio Primo de Rivera desde Alicante a la basílica de El Escorial.
Traslado de los restos mortales de José Antonio Primo de Rivera desde Alicante a la basílica de El Escorial.
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El 20 de noviembre de 1939, al alba, azotado por un frío metálico y sobre las cenizas de la Guerra Civil, partió desde Alicante a Madrid el cortejo fúnebre de José Antonio Primo de Rivera. El fundador de la Falange, la versión española del fascismo europeo, había sido asesinado en la madrugada del 20 de noviembre de tres años antes en la prisión alicantina ante un pelotón de fusilamiento de soldados comunistas y otro de milicianos anarquistas. El franquismo decidió sacralizar su figura con una procesión que le consagró como el mártir mayor del nuevo Estado totalitario. La crónica de aquel peregrinaje permea el relato de Presentes(Alfaguara), el nuevo libro con el que el periodista y escritor Paco Cerdà (Genovés, Valencia, 1985) se consagra como un maestro de la no ficción.

"No sabría explicar -confiesa Cerdà a EL MUNDO- por qué un hecho histórico tan importante y tan extravagante de la historia de España no había sido abordado en un libro que detallara las circunstancias que rodearon a un viaje que duró 11 días y que fue determinante. En buena parte, cimenta la dictadura y su principal mito". El autor cubre ahora ese hueco y, además, lo hace con el vigor narrativo que ya acreditó en Los últimos. Voces de la Laponia española y en El peón, ambos editados por Pepitas de calabaza, y en el premiado 14 de abril (Libros del Asteroide).

Cerdà narra ahora el desfile mortuorio, tétrico y fastuoso de Primo de Rivera -uno de los hechos seminales del franquismo- desde la sepultura común a la que fue arrojado hasta El Escorial. Y lo hace salpicando estas páginas de historias personales que levantan acta de aquel tiempo de odio y venganza. El autor firma en Presentes una gran crónica en la que mezcla reflexión y emoción. Sin maniqueísmo ni equidistancia. Y con una poderosa prosa escoltada por un exhaustivo trabajo de documentación, al modo de Antonio Scurati, el autor italiano que ha hecho de su trabajo sobre Mussolini un superventas mundial, o de Éric Vuillard.

"El gran contraste entre aquel tiempo de ideales y este tiempo de descreimiento es que entonces había fe en las ideas y en el futuro"

Especialmente valioso es su doble hallazgo historiográfico. Por un lado, la documentación secreta del Vaticano que confirma que no había permiso para enterrar en suelo religioso el cadáver de José Antonio hasta casi llegar a El Escorial. "El Papa se lava las manos y no quiere interceder por aquellos que iban a erigir una dictadura nacionalcatólica", apostilla. Por otro, los informes de EEUU que acreditan que, mientras Franco orientaba el foco hacia Primo de Rivera, Washington negociaba con el régimen "recuperar la posición en Telefónica y que el dólar imperara".

Para saber más

El traslado de Primo de Rivera se desarrolló con el féretro a hombros y arropado por la Iglesia. A la intemperie. En un otoño "con muerte y hambre enmascarados de Victoria". La comitiva recorrió 467 kilómetros; cada diez se producía un relevo por parte de falangistas con la camisa azul remangada. De noche, el ceremonial se convertía en un mar de antorchas y de hogueras para que José Antonio, tal como anotó el escritor y entonces propagandista falangista Dionisio Ridruejo, "no sea el lucero lejano propicio a la contemplación en las noches tristes".

Marchaban a paso de entierro en busca de lo que los jerarcas falangistas resumían en un espíritu de "grandeza, austeridad, disciplina". El artefacto teatral escenificado dio lugar a eso que el autor tipifica como "plástica fascista". El régimen no escatimó. Organizó un baño de masas, movilizó a Radio Nacional y fabricó 50 monolitos de mármol negro. Azorín, Cunqueiro, Sánchez Mazas, Foxá, Giménez Caballero. Todo ellos glosaron una procesión que puede considerarse el mayor culto a un político fallecido en la Europa occidental. Solo comparable al de Felipe el Hermoso en 1506 o al de Abraham Lincoln en 1865. Un peregrinaje que en abril de 2023 tuvo su última parada tras la exhumación de Primo de Rivera en el Valle de Cuelgamuros, en virtud de la Ley de Memoria Democrática.

Más allá de la parafernalia en la procesión que orquestó la dictadura hace nueve décadas, lo que le ha interesado a Cerdà es cómo un dirigente que perdió la vida a los 33 años, que no gobernó nunca y que apenas cosechó el 0,4% de los votos en las elecciones del 36 pudo alcanzar la categoría de mito después de morir. José Antonio, hijo de dictador, había sido un dirigente seductor, de exuberante oratoria y de ideas violentas y totalitarias. "El cortejo obedece a un interés del franquismo no solo por exaltar la figura de Primo, sino de apropiársela para que el llamado Movimiento sea un cajón de sastre en el que no haya disidencias".

Traslado de los restos mortales de José Antonio Primo de Rivera desde Alicante a la basílica de El Escorial.
Traslado de los restos mortales de José Antonio Primo de Rivera desde Alicante a la basílica de El Escorial.Cortés /EFE

Esa voluntad de instrumentalizaciónresulta indisociable de una paz que entonces no era más que miedo. El cortejo enviaba un mensaje de autoridad, entre marcial y ritual, por parte del entonces incipienterégimen. "La idea es: la guerra ha terminado, pero la guerra no ha terminado. La posguerra es la continuación de la guerra por otros medios", matiza Cerdà.

"José Antonio Primo de Rivera: ¡Presente!". Ese era el grito coral en el momento del traspaso del féretro. Pero había otros muchos presentes, testimonios de aquellos días de sangre y furia, que el autor no ha querido olvidar. "Quería mostrar un caleidoscopio no solo de la represión franquista, sino de la resistencia. El gran esfuerzo era intentar contar ya no el viaje en sí, sino todo lo que estaba pasando por debajo de la alfombra".

La comitiva a mayor gloria de la memoria joseantoniana es el pilar del relato de Cerdà. Pero, en el fondo, subyace su interés por recuperar "un coro de voces olvidadas por la Historia". Son personajes de carne y hueso. Nombres anónimos. "El límite del cronista es la fabulación", recuerda el escritor valenciano. Y por eso, sin ser historiador ni biógrafo, recrea de forma prolija testimonios que explican aquel país que fue España. El preso rojo Mariano Rawicz Majerowicz. Pepe Martín, condenado a un Batallón de Trabajadores. El requeté Francisco Pérez Barrachina. Andrés, soldado y Caballero Mutilado de Guerra por la Patria. Eulalio 'Lalio', recluido en las cárceles a cielo abierto en las playas de Argelès, Bacarès y Saint-Cyprien en las que se hacinaban los exiliados. Felipe Guerricabeitia Orero, maestro nacional republicano, asesinado en el paredón del cementerio de Paterna, "patio trasero de España", por el 'delito' de haber sido concejal y miembro de comités revolucionarios en Villar del Arzobispo. Marcelino Sanz Mateo, campesino de Alcorisa, que aceptó ser esclavizado por el Gobierno francés como mano de obra barata a cambio de huir de los piojos en los campos de concentración en Francia. Manuel Navarro Ballesteros, periodista y encarcelado por pedir la República antes de hora.

"Hay que mirar esas historias minúsculas, variopintas, que dan idea de aquellos años tan difíciles", explica Cerdà antes de confesar la emoción de su abuelo Pepe cuando, a sus 99 libros, ha leído el capítulo del libro que evoca la historia de su padre, es decir, el bisabuelo del autor, al que perdió cuando contaba apenas 17 años. Lo fusilaron en 1943 en Paterna. Había sido concejal republicano en Burjassot por un partido moderado. Era electricista. "Mi abuelo nunca habló de esto a la familia. Un día, anegado de silencio, lo hizo conmigo. Le pregunté si quería leerle ese pasaje en mi libro. Me dijo que sí y le gustó. Fue emocionante".

"Reivindico la no ficción porque es un campo muy grande que permite la narración, la opinión, insertar un verso poético o una digresión y dislocarte de tu lugar", admite. "El gran contraste entre aquel tiempo de ideales y este tiempo de descreimiento es que entonces había fe en las ideas y en el futuro. Lo digo sin nostalgia. La nostalgia es enemiga de la memoria. Lo digo porque, como defendía Lorca, hay que recordar hacia mañana".