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El susto, como el optimismo o la ocurrencia, tienen mala prensa. Una película de terror, por ejemplo, que abusa de los golpes de efecto se parece bastante a un hijo que vive horas interminables encerrado en la habitación o que se dirige a sus semejantes con el término 'bro'. Todo ello genera una especie de malestar que no va a ningún lado. No es que haya malestares con sentido, pero, desde mucho antes del teatro de la crueldad asumimos que pasarlo mal en una sala de cine o de teatro (o incluso en casa con el hijo-bro de antes) puede tener, como poco, efectos catárticos. Es más, la desazón escenificada puede que sirva como aviso, metáfora o cura incluso de males mayores. Y, sin embargo, en el susto, como en casi todo, hay grados y categorías. Es decir, realizado con la suficiente pericia y elegancia, eso que despreciamos por ser simplemente un sobresalto, además de cómico, podría convertirse en el mejor observatorio para describir la íntima y perversa ridiculez de una realidad demasiado siniestra para que la demos por normal.
Osgood Perkins lo sabe y Keeper, su última película, da un giro con respecto a sus dos muy recientes y deslumbrantes trabajos anteriores (Longlegs y The Monkey). Ahora, la meticulosa y muy noble puesta en escena marca de la casa está al servicio de, en efecto, algo tan tradicionalmente denostado como el susto. La decisión tiene sus riesgos. Todo lo que en su cine anterior corría de la mano de una pautada escenificación de lo inquietante, lo misterioso, lo apenas dicho (todo ello aderezado con unos buenos chorros de Grand Guiñol libre de prejuicios), ahora se ordena para que sufran los muelles de las butacas. Son muchos los saltos, aspavientos y gritos ahogados los que nos esperan.
Keeper cuenta la sobre el papel inocente historia de una pareja, Tatiana Maslany y Rossif Sutherland, que se van a pasar un fin de semana juntos en una apartada cabaña perteneciente desde hace demasiado a la familia de él. De repente, una urgencia del hospital (él es médico), deja sola en el caserón a la buena mujer. Y empiezan a pasar cosas. Las cosas que pasan suceden, pero, en realidad, como si no lo hicieran. Desenfocadas en la parte de atrás de la conciencia misma, en un lugar demasiado próximo al sueño o apenas apuntadas en la esquina del último rincón del rabillo del ojo aparecen seres extraños y apenas irreconocibles que nos avisan sobre un enigma milenario a la vez que, en efecto, nos dan un susto de muerte. Y, claro, ¿quién se resiste a este maravilloso tren de la bruja?
En verdad, si uno no quiere pasar por demasiado básico, siempre le queda la excusa de justificar el mal trago como expresión y metáfora que es del patriarcado. Sí, han leído bien. Keeper no es más que la historia de una abusador que primero aísla a su víctima-mujer y luego la somete a todo tipo de tormentos porque está convencido de que eso es lo mejor para todos, que eso es lo normal, lo tradicional, y que eso es lo que se ha hecho siempre. ¿No han escuchado a los líderes y aficionados de la más rancia estupidez defender que ellos están con el sentido común y que el feminismo es un ismo más entre otros muchos? Pues eso. Perkins no se ha vuelto de golpe un director banal que quiere darnos un susto (¡bu!), no. Simplemente quiere, con su amplia sabiduría cinematográfica, hacernos ver que hasta en algo tan menospreciado como el susto existe la posibilidad de una brillante reflexión. No es su mejor película. Los riesgos que asume son demasiados y no siempre los tiene bajo control, pero sí es, sin duda, una cinta para disfrutar con el corazón en la mano. Y esto último no es metáfora. La madre que la parió, bro.
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Dirección: Osgood Perkins. Intérpretes: Tatiana Maslany, Rossif Sutherland, Kett Turto. Duración: 99 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.

