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Dice Guillermo del Toro, mexicano compositor de mundos íntimos y extraños, que solo los monstruos tienen la respuesta a todos los misterios. Y añade campanudo: "Ellos son el misterio". No remata la frase con un "¡Cabrones!", pero como si sí. El Frankenstein de Del Toro quiere ser y es excesivo, desproporcionado, pantagruélico, subyugante y muy lejos de cualquier norma. Pero lo es, y esto es más importante, a su manera. No se trata de convencer por aplastamiento (aunque un poco sí, la verdad) como hacerlo desde la mayor de las crudas delicadezas; es decir, por elevación, por transcendencia espiritual incluso, que dirían los místicos. De hecho, como él mismo reconoce, la película no es nada más que él. De principio a fin, desde que era un niño hasta ahora mismo.
La cinta, en verdad, se puede leer como un drama familiar, un melodrama no necesariamente gótico en el que, como en la versión de Pinocho del propio Del Toro, no es el hijo el que aprende a ser un buen chaval, sino que es Gepetto el que se esfuerza y aprende a ser padre. Y ahí, en ese gesto sencillo alejado de las grandes metáforas que hablan del hombre rivalizando con el Todopoderoso por crear un mundo aún más desastroso, más injusto y con más sufrimiento; ahí, decíamos, en la tarea de cualquiera de nosotros, eminente doctor o humilde carpintero, es donde este Frankenstein crece hasta convertirse en una delicada y a la vez muy espectacular fábula del revés. Ya saben, solo los monstruos tienen la respuesta... ¡Cabrones!
La película, fotografiada de manera tan delicada y profunda como casi irreal por Dan Laustsen, aparece dividida en dos partes precedidas de un prólogo como en el mismo libro en el que hace pie. La historia es contada por el hombre que acaba convertido en la más monstruosa de las criaturas y, acto seguido, por la criatura que esconde en su interior la herida de una inmortalidad (¿es acaso un vampiro?) que le condena, que le separa de la consciencia de su finitud, de la muerte, de la humanidad simplemente. Todo el esfuerzo de la narración no es otro que el del reconocimiento. Por decirlo en formato de moraleja, como a veces le gusta expresarse al cineasta, todos somos monstruos.
Desde el primer segundo, la película hace suyos cada uno de los preceptos que han guiado una forma de entender el cine que busca colocar al espectador ante la imagen cruda y desnuda de su propia indefensión. Cada secuencia impacta, sorprende y, por momentos, invita a la sonrisa. La idea es volver a ver lo mil veces visto y escuchar lo otras tantas veces escuchado, pero como si fuera la primera vez. Los personajes canónicos cambian y, en algunos casos de forma sobresaliente, se agigantan. El personaje de Elizabeth encarnado por Mia Goth se antoja el más logrado de todos. Por su libertad, su claridad, su profundidad, su inteligencia y, ahora sí, su relevancia. Como también llama la atención que la proverbial y casi protocolaria fealdad del engendro esté encarnada por Jacob Elordi, no por casualidad el más bello de los actores. Y lo mismo vale para un Oscar Isaac colérico, pletórico y voraz. Bien es cierto que la obsesión (eso es) de componer un universo entero en cada fotograma hace que, por momentos, la narración o se detenga o resulte atropellada. Pero pasa pronto.
Sea como sea, lo que queda es la sensación de un viaje al fondo de, en efecto, el misterio, el misterio puro y triste de lo que vive. Nada tan monstruoso como vivir... ¡Cabrones!
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Dirección: Guillermo del Toro. Intérpretes: Oscar Isaac, Jacob Elordi, Mia Goth. Duración: 149 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.

