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Catherine Corsini está convencida de que lo nos define como sociedad, como humanidad o como colectivo no es tanto lo que nos hace iguales, como justo lo contrario. Es más, su cine lleva años siendo esencialmente lo contrario. A casi todo. 'Regreso a Córcega', su último trabajo, se detiene en apariencia en la emigración, es decir, en la marca (y estigma) más evidente de lo disímil, de lo otro; es decir, en el fenómeno universal y perenne que el privilegio moderno de forma algo más que solo ruin o hipócrita ha identificado como su mayor amenaza. Sin embargo, y aquí la novedad, el punto de vista adoptado nada tiene que ver con la denuncia de lo evidente sino con el reconocimiento de lo común. La idea no es insistir en la fractura de la procedencia o del color de la piel como en el desgarro, mucho más profundo, común y universal, de asuntos tales como la familia o la clase social. Y eso nos afecta a todos, emigrantes o no. Y eso nos hace iguales. Emigrantes o no.
La directora de piezas tan eléctricas y ruidosas como 'La fractura' o tan alborotadas y tiernas como 'Un amor de verano' calma ahora el gesto (tampoco tanto) para contar un cuento de nostalgias, primeros amores, amores eternos y errores de siempre. Una mujer, contratada por una rica familia para cuidar de sus hijos, viaja a la isla de Córcega por aquello del veraneo. La acompañan sus dos hijas adolescentes. Como indica el título, lo que hace en verdad es volver al lugar en el que se casó y tuvo a sus hijas, y del que finalmente huyó dejando atrás al que fue su marido.
Con estos elementos, la directora compone un drama a modo de corte transversal de todo lo nuestro, de todo lo malo y de todo lo bueno que nos conforma a todos más allá del lugar de procedencia. Y ahí comparecen la desigualdad, el feminismo, la maternidad, también la emigración de antes, el doloroso descubrimiento del amor, la extrañeza ante lo nuevo y el agobio de viejo. Y la clase social, claro. Es decir, todas y cada una de las fracturas y discontinuidades que nos hacen ser lo que somos. A todos. Corsini se las arregla para que todo se vea. Y todo alarme. Especialmente alarmantes (por brillantes) son los trabajos de las actrices que completan el trío protagonista.
El problema, que lo hay, es precisamente la voluntad de contarlo todo, el empeño por la proclama a cada paso. Sea como sea, queda una película vibrante en cada una de sus imperfecciones. Queda eso y la certeza de un cine esencialmente contrario. Como decía el filósofo, ya está bien de definir lo otro, lo distinto, como la negación de lo igual. La diferencia y la fractura son precisamente las señales del reconocimiento, de lo común.
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Dirección: Catherine Corsini. Intérpretes: Aïssatou Diallo Sagna, Suzy Bemba, Esther Gohourou, Lomane De Dietrich, Virginie Ledoyen. Duración: 106 minutos. Nacionalidad: Francia.

