- Nacho Vigalondo. Teoría y práctica del cachopo cinematográfico
- Irene Cuevas. Todas las flores para Antonio
- Alberto Rey. El nazi atractivo
Estoy disfrutando de Stranger Things pese a que los niños han crecido tanto que Millie Bobby Brown ya es madre en la vida real. No importa. Ese terror naíf y ochentero en el que los monstruos son feos (o rusos), los abusones de la escuela llevan beisboleras para que puedas distinguirlos y los adolescentes arrastran traumas causados por sucesos extraordinarios y no cotidianos, funciona y ofrece confort. Dicen que es nostalgia, yo creo que es refugio.
Ser padre es vivir con miedo cada día del resto de tu vida. Eso no lo cuentan los apologetas de la natalidad, pero es así. Quien lo es lo sabe. Quien no, créame. El amor es tan puro y la responsabilidad tan grande que no hay dios que duerma tranquilo. Durante los primeros años pesa más el histerismo que la realidad. Te preocupan las caídas, la salud, el aprendizaje... Más allá de las noches en urgencias, un par de brechas y alguna tutoría, lo normal es que sean sustitos. Después, crecen.
Stranger Things es el placebo, otro fenómeno teen de Netflix, Adolescencia, fue la hostia de realidad. No soy un padre agonías, controlador ni sensacionalista, pero la dejación de funciones que oculta el cliché de "son cosas de adolescentes, es una fase, se les pasará" es esconder la cabeza en la tierra cual avestruz. El bullying y el suicidio son problemas reales a una edad en que todo eso que el adulto minimiza para ti es la vida. Literalmente: la vida. Sólo hay que leer el periódico para entenderlo. Cada poco, una tragedia. E investiguen en su colegio. Sí, también en ese de padres enrollados y educación moderna. No hay que alarmar, pero los porcentajes no mienten. ¿Cómo convives con eso?
Llega una edad en que pierdes el control y todo son suposiciones. Creemos que nuestros hijos son buenas personas y que son felices. Creemos. Sólo eso. Certezas, ninguna. Como padre de una preadolescente dulcísima, pero que ya pone los ojos en blanco ante la mitad de cosas que le digo, sé de lo que hablo. Ahora soy copiloto. Tengo que estar atento, educar sin que se dé cuenta, escuchar, aguantar esos cada vez más frecuentes desprecios que me queman por dentro e intentar que entienda que si me necesita, sea lo que sea, puede contar conmigo, pero ahora decide ella. Sólo puedo entrar si me invita. El enemigo es lo que no sabemos y son muchas cosas. Cada curso, más.
Por eso nos aferramos al ingenuo sufrimiento de Stranger Things. No vemos la serie por el niño que fuimos sino por el padre que somos. Uno que sólo puede desear que los monstruos que persiguen a nuestros hijos sean seres feísimos sin ojos que habitan en un mundo alternativo y no en sus cabezas.



