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Algunas frases sobre la Ciudad de México del escritor Daniel Saldaña París. Uno: «Extraño mucho el nombre de México Distrito Federal. Algo de la ciudad se perdió con el toponímo. De pronto, hay un branding nuevo, una forma de vender la ciudad hacia afuera. Ya ni siquiera somos la Ciudad de México, somos CDMX. Suena medio corporativo. Yo extraño hasta la suciedad que evocaba decir DF». Dos: «Creo que parte de mi neurosis en la vida se explica por la Ciudad de México. Existe, y yo también la tengo, obsesión por la ciudad. Hay ciudades como México y Nueva York, obsesionadas consigo mismas. Todos los habitantes hablamos constantemente de la ciudad. Siempre están esas preguntas... ¿En qué barrio vives, a qué colegio fuiste? A partir de ahí, la gente decide cómo nos ve». Tres: «Creo que es imposible no ser consciente de la miseria en Ciudad de México. Quiza haya barrios privados donde sea posible abstraerse. Pero cualquiera que camine por la Colonia Roma o por la Colonia Condesa, que son sitios de gente con dinero, verá pobreza».

México-París-Cortázar... vuelven los 'flâneurs'
La Ciudad de México es, en efecto, el escenario obsesivo de Los nombres de mi padre (Anagrama), la séptima novela de Saldaña París, que esta tarde charlará en el festival Eñe de Madrid con Éric Vuillard. Un resumen: una mujer moribunda le pide a su hijo que averigüe qué ocurrió con alguien llamado Miguel Carnero, un amigo de su juventud que quizá sea el padre de ese hijo. ¿Quién era Manuel Carnero? Un arquitecto criado en el 68 mexicano (más desesperado y violento que el de París) que habría preferido ser un no-arquitecto.O sea: habría querido destruir y crear ruinas, en vez de constuir. También habría querido atentar contra un ingeniero nazi clave en la construcción del DF brutalista y había dedicado su vida a pensar otra manera de habitar el mundo, más fraternal. La novela de Saldaña París se convierte así en un quest que viaja a los años de la contracultura, que a veces imita un trabajo académico alucinado y violento y que también habla de padres e hijos, de padres radicales e hijos melancólicos. ¿Suena un poco a Los detectives salvajes? Es más minimalista pero sí, un poquito sí. Es para bien.
Hay un dato relevante: la ciudad que Carnero, el personaje de Saldaña París, quiere destruir, es el México de la Plaza de las Tres Culturas y Tlatelolco, la del Museo de Antropología y la Ciudad Universitaria, es el de la arquitectura brutalista que expresó el milagro de la economía mexicana entre 1940 y 1970. «A mí me gusta esa arquitectura. Tengo una relación afectiva con el brutalismo. Aquí, en Madrid, viví en el edificio de la glorieta de San Bernardo». ¿El de Higueras? «El de Higueras, sí. Tres años, me encantó. Pero el vecino de abajo era Tejero. Encontrarse a Tejero en el elevador impresionaba... Bueno: cuando más me gusta el brutalismo es cuando se vuelve ruina, cuando se quiebra y empieza a crecer vegetación».
Los personajes de Saldaña París caminan obsesivamente por esos paisajes, ya sea para conspirar en su contra o para reconciliarse con ellos. Y la novela incluye los planos de sus paseos, al estilo situacionista. «Caminar así en Ciudad de México es una extravagancia. Se puede caminar dentro de los barrios, está bien pasear por la Roma. Pero cruzar barrios es como cruzar la M40 todo el tiempo. Es brutal caminar en la Ciudad de México. Todavía no hay respeto al peatón ni a los pasos de cebra. Si pregunta cómo llegar a un sitio, la gente responde: 'No, lo haga, tome un taxi'. Pero hay que insistir y caminar. Si no caminamos las ciudades, ¿cómo vamos a entenderlas?».
El otro tema de Los nombres de mi padre es el conflicto entre padres e hijos. «Me hago mayor y voy entendiendo cómo me criaron mis padres. Ya no me peleo o me peleo menos. Mi padre murió mientras escribía esta novela pero yo ya no estaba en confrontación directa con él. Y tampoco tengo una necesidad de identificación absoluta. Él escribía también pero más sobre política. Y hay algo en la forma de hacer política de su generación que a mí me queda muy lejos, que me cuesta entender porque ya no existe su horizonte utópico. Mi padre fue estalinista y en algún momento se fue a Moscú. Lo disculpo como una parte naíf de su vida. Cuando cayó el Muro de Berlín, se dio cuenta de la brutalidad que no había querido ver. Se fue a vivir a un pueblo cerca de Xalapa, medio aislado. Teníamos buenas conversaciones».


