CULTURA
La Penúltima

En las habitaciones de al lado

La habitación de al lado es una película maravillosa, pero también una metáfora de nuestros días. En un mundo cruel y polarizado, una amiga acompaña a otra en el momento más vulnerable de su vida

La habitación de al lado'
Tilda Swinton y Julianne Moore, en 'La habitación de al lado'.
Actualizado

De las pocas cosas de las que podemos estar seguros es de que todos acabaremos en una habitación de hospital, siendo acompañantes o acompañados. También de que al lado tendremos a un familiar, a un amigo o a un extraño.

Hace un año se estrenaba la película más sobria, pero también más poética de Almodóvar (y, me atrevería a decir, una de las más bellas estéticamente hablando), que ponía los cuidados en el centro, con la historia de Martha e Ingrid, esas dos amigas de juventud que se reencuentran, después de muchos años, para acompañarse en el final de la vida de Martha. La habitación de al lado, aparte de ser una película maravillosa, es también una metáfora de nuestros días. En medio de un mundo cruel y polarizado que se extingue, Almodóvar propone enfocar a un gesto concreto: la generosidad de una amiga que acompaña a otra en el momento más vulnerable de su vida.

La he vuelto a revisitar ahora, para ocupar ese tiempo sin tiempo que es la enfermedad de los otros. A la salida de ese microuniverso hospitalario en el que las paredes se diluyen, el afuera se apaga y todo lo que importa es la vida de dentro, he pensado en la cantidad de habitaciones que abrimos cada vez que cuidamos de alguien.

La habitación de al lado puede ser también la habitación de abajo (si tienes la suerte de ser una mujer millonaria como Martha) o la silla en la que te quedas a dormir. Da igual, en un hospital todo se transforma. Una habitación es una silla, una cortina es una pared, una extraña es una amiga. En un hospital te conviertes en la madre de tu madre o en la abuela de tu abuela, cogiendo la mano que una vez cogió la tuya cuando todavía no sabías agarrar un dedo, en esa otra habitación en la que entonces cuidaron de ti.

En su libro Tiempo de cuidados (Arpa, 2021), la filósofa española Victoria Camps nos recuerda que existe un deber de cuidar y un derecho a ser cuidados, del que tenemos que responsabilizarnos tanto individual como colectivamente. Solo pensamos en los cuidados cuando nos faltan, pero cómo cambiaría el mundo si los pusiéramos en el centro. Ya lo dijo la antropóloga estadounidense Margaret Mead, que el primer signo de civilización fue encontrar un fémur roto y soldado. En el inicio alguien cuidó de otro alguien. Ojalá no se nos olvidara nunca. Tampoco esto que dice la filósofa Carol Gilligan: «En un contexto patriarcal, el cuidado es una ética femenina; en un contexto democrático, el cuidado es una ética humana». Todo esto para decir que ojalá nos encontremos todos en las habitaciones de al lado.