CULTURA
La Penúltima

La desolación del pop

Hace años nos fascinaba la idea de que un cantante de ópera tuviera la agenda llena durante los siguientes dos o tres años; hoy somos los asistentes a conciertos de estadio los que tenemos citas en la agenda para el año que viene. Y rotos en la tarjeta

Bad Bunny
Bad Bunny, en un concierto el pasado marzo en Los Ángeles.CHRIS PIZZELLOAP
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«Desolao». Eso entendió Raphael cuando le contaron que un concierto suyo estaba «sold out». Lo contaban en Raphaelismo, el documental sobre el divo. Por esa regla de tres, Benito Antonio Martínez Ocasio estará ahora desoladísimo: en menos de un día ha vendido 600.000 entradas para sus conciertos en España. Bad Bunny actuará diez veces en Madrid y dos en Barcelona. Será dentro de un año, pero las entradas ya están despachadas y cobradas.

Ahora mismo, desoladas solo están las cuentas corrientes de algunos de los fans del puertorriqueño. Otros están cabreados por el sistema de venta de los tiques, algo que ya parece parte del ritual de los conciertos: esperar, ahorrar, desesperarse en la web, flipar con las comisiones, si hay suerte, conseguir la entrada y, finalmente, seguir esperando muchos meses más.

Hace años nos fascinaba la idea de que un cantante de ópera tuviera la agenda llena durante los siguientes dos o tres años; hoy somos los asistentes a conciertos de estadio los que tenemos citas en la agenda para el año que viene. Y rotos en la tarjeta de crédito.

La Penúltima

Tras la dramática caída de la venta de discos que comenzó hace ya 25 años, la música en directo es ahora el gran negocio. Estrellas como Bad Bunny (31 años), Taylor Swift (35) o Chappell Roan (27) realmente no han conocido un mundo en el que se vendieran discos. O en el que artistas como ellos pudieran hacerse multimillonarios sólo vendiendo discos. En las giras siempre hubo mucha pasta, pero lo de ahora es de otro planeta. Más de 2000 millones de dólares recaudó Taylor Swift con su último tour. La artista más desolada de la historia.

Hoy lo que nos ahorramos en discos nos lo dejamos en códigos QR que cuidamos como si fueran tesoros. Escuchar cualquier canción en cualquier momento y cualquier dispositivo ya no nos parece magia: es el mundo en el que vivimos. En el mundo anterior uno podía acumular auténticas fortunas en CDs y ni siquiera considerarse coleccionista: la manera de escuchar música era esa. Y su precio.

Una entrada para ver a Madonna valía lo mismo que cinco copias de The Immaculate Collection. Hoy, una entrada para ver a Lady Gaga cuesta mucho más, pero escuchar su música es, a efectos, gratis. La desolación real fue la de las compañías discográficas.

Cuando utilicé uno de mis CDs más preciados, el Homogenic de Björk, para espantar a las palomas del balcón sentí que cometía un sacrilegio. Desolao. Al tiempo, dejarme el sueldo para ver a Chappell cantar My Kink Is Karma me parece una idea estupenda.