El sábado 11 de abril de 1987, Primo Levi se precipitaba por el hueco de la escalera de su casa de Turín. ¿Fue una víctima en diferido del Holocausto al que la angustia del superviviente le dio caza al fin, como Paul Celan o Jean Améry? Así lo creía el español Jorge Semprún, otro resucitado del Lager: "La angustia se había impuesto al fin. Nada era verdad fuera del campo". Aquel extraño suicidio, que aún hoy despierta dudas, ocurría 42 años después de que el químico y escritor italiano sobreviviera a Auschwitz, algo que solo logró uno de cada cinco seres humanos que entró allí. ¿Cómo lo hizo?
Porque si de verdad el preso 174.517 vivió de prestado todos esos años, nadie dio jamás mayor sentido a su tiempo de descuento. Si Levi no hubiera sobrevivido a la maquinaria de la muerte nazi, no podríamos leer hoy un libro como no existe ningún otro, Si esto es un hombre, la crónica extraordinaria y desnuda de los diez meses que pasó en Auschwitz III-Monowitz. Y sobrevivió gracias a una persona que vivía precisamente frente a la valla del gigantesco campo de exterminio, un obrero civil italiano, pendenciero y bebedor que hoy ocupa un sitio, junto a Oskar Schindler, entre los llamados Justos entre las Naciones. Se llamaba Lorenzo Perrone y un libro acaba de salvarlo del olvido: El hombre que salvó a Primo Levi (Crítica, 2023), del historiador italiano Carlo Greppi.
Hablamos con Greppi y la primera pregunta es tan sencilla como urgente: ¿por qué aquel hombre hizo lo que hizo? "La respuesta es sencilla también, tal vez demasiado: se trataba de una persona buena. Pero hay algo más. Lorenzo era alguien muy radical en todos los aspectos de su vida. Levi lo describe de forma muy hermosa como alguien que se pelea con el mundo. En todo se implicaba al cien por cien, hasta al final. Lo hizo para ayudar a aquellas personas, con el fin de alzarse contra el monstruo que era Auschwitz. Y lo hizo también para autodestruirse".
Bueno y simple
Se conocieron a ambos lados de la verja electrificada en el verano de 1944 y representaban en ese momento dos papeles que la comedia negra del destino había intercambiado. El veinteañero intelectual burgués convertido en esclavo andrajoso y hambriento y el albañil cuarentón semianalfabeto, pero libre y nutrido. Desde entonces, todos los días durante seis meses, Perrone se jugó la vida para llevarle a Levi un pedazo de pan y los restos de la sopa aguada de su rancho, le dio una camisa remendada y escribió por él una carta a Italia haciéndole llegar la respuesta. Nunca pidió nada por ello, "porque era bueno y simple y no pensaba que se debiese hacer el bien por una recompensa". Solo una vez accedió a que sus salvados le arreglaran los zapatos. Para ello, los intercambiaron durante unos días. Greppi ve ahí una alegoría. Y un punto de inflexión.
"Es una escena increíble que nos sumerge en la concreción de la metáfora", explica y añade además que es su favorita del libro. "También en la vida civil, intercambiar los zapatos, ponerse en los pies del otro, es un gesto muy íntimo. Si ya nos situamos en la circunstancia de la pura supervivencia, aquellos cuatro días en los que cada uno caminó con el calzado del otro, nos muestran cuán fuerte y sólido era el vínculo entre los dos. Creo que fue en ese momento cuando Primo Levi supo que tal vez pudiera sobrevivir".
Perrone le salvó la vida a Levi y este le correspondería más tarde citándole en numerosos pasajes de su Trilogía de Auschwitz, poniendo a sus hijos variaciones de su nombre -Lorenza y Renzo- y visitándole tras el fin de la Segunda Guerra Mundial en su pueblo natal de Fossano, en el Piamonte. Los protagonistas del Holocausto no fueron hombres, escribió. Los SS malvados y estúpidos, los Kapos, los criminales, los propios Häftlinge, esos presos indiferenciados y esclavos, todos ellos exhibían una inhumanidad similar en la demente jerarquía de los alemanes. "Pero Lorenzo era un hombre".
Suicidas espejos
Primo Levi llegó a Turín el 19 de octubre de 1945, 35 días después de que una oportuna escarlatina le dejara en la enfermería, salvándole de las marchas de la muerte en las que perecieron decenas de miles de prisioneros de Auschwitz justo antes de su liberación por los soviéticos. Aquel interminable y rocambolesco viaje de regreso por las tierras de sangre de una Europa destruida sería el motivo de La tregua, un libro delicioso, terrible y absurdamente divertido que publicaría en 1963 tras el éxito de Los hundidos y los salvados. Hinchado, barbudo y lacerado, su familia al principio no lo reconocía. Un sueño le persiguió desde entonces, un sueño dentro de otro sueño en el que, cuando se dispone a comer felizmente en su casa con los suyos, las paredes se derrumban como un decorado. Se encuentra otra vez en el lager y una voz en polaco ladra "Wstawac!" ("¡A levantarse!").
Lorenzo Perrone regresó a Fossano en un periplo no menos tormentoso algunos meses antes, caminado desde Suíss, como él llamaba a Auschwitz, 1.412 kilómetros. Quien había sido un hombre fornido, pesaba entonces apenas 40 kilos y parecía un anciano. No hubo comité de bienvenida para aquellos que, a diferencia de los presos supervivientes, habían trabajado libremente para el totalitarismo derrotado, pese a ser, como parece que fue Perrone, "instintivamente antifascistas". La reintegración no fue fácil. Siete años después, en 1952, Perrone murió tísico y alcoholizado. "Fue un verdadero suicidio", exclamaría Levi poco antes de arrojarse él mismo por el hueco de la escalera.
¿Dos suicidas espejos? A Carlo Greppi la posibilidad le deslumbra. "La diferencia entre ambos es que Lorenzo, cuando regresa a Italia, no logra recuperarse. Sin embargo, Primo vive otros cuarenta años, es verdad que entre episodios cíclicos de depresión. Pero es cierto que resulta impresionante el hecho de que Levi proponga su teoría sobre el suicidio de su amigo poco antes de suicidarse él mismo. ¿Es posible que se refiriera a ello precisamente en ese momento porque la idea de suicidarse ya comenzara a rondar sus pensamientos?"
El hombre que salvó a Primo Levi ha sobresaltado al país de su autor, con una primera ministra que es una declarada admiradora del mismo fascismo que mandó al escritor, sin éxito, a morir a Auschwitz. "La extrema derecha en el gobierno de Italia, heredera del fascismo histórico, ha hecho de la ferocidad y del desprecio de los débiles su bandera. Por ello, una historia como esta, de un hombre que se opuso precisamente a todo eso, con su solidaridad, con su bondad, a cambio de nada, es fundamental hoy".



