CULTURA
Sujétame la columna XXVI

Javier Marías: "Al escribir soy inseguro, siempre pienso que lo que estoy escribiendo es una mamarrachada que no le va a interesar a nadie"

Javier Marías, en su casa de Madrid.
Javier Marías, en su casa de Madrid.ÁNGEL NAVARRETE
PREMIUM
Actualizado

En la segunda o tercera ocasión que Javier Marías declina la invitación a formar parte de esta serie de columnistas, responde que él ya no existe más que en lo que escribe, o que eso pretende; así que muevo los cubiletes para tratar de convencerlo: amenazo con publicar una entrevista cogiendo prestadas respuestas de cada uno de sus libros. ¡Periodismo trilero! La broma surte efecto.

Al día siguiente, desde un sillón de su casa Marías coge el teléfono y se explica: "Como se ha tomado usted con mucha deportividad mis reiteradas negativas dije: 'Pues venga, vamos a hacer algo'".

-Pero, don Javier, he leído que usted miente por educación y por lástima, espero que ya en faena no me mienta...

-No, no... Además, esto no es por lástima, es por simpatía. Ya le comenté que algunas preguntas lo mismo no se las respondo, pero vamos viendo, vamos viendo.

Hará cosa de un año, dice Javier Marías (Madrid, 1951) que decidió no conceder más entrevistas. Menos aún presenciales y, menos aún, con fotos: "Se han cumplido 50 años desde que publiqué mi primera novela, es decir: llevo 50 años haciendo esto y ya pensé: 'Basta, estoy aburrido de hablar de mis cosas y de mí mismo'. Lo que pasa es que siempre hay alguna excepción". Y esta semana van un par de ellas.

Empecemos. ¿Qué es eso de mentir por educación?
Mentir por educación es una cosa que hacemos la mayoría, continuamente, al menos los que somos educados. Si uno va diciendo la verdad lo que opina continuamente a todo el mundo, creo que estaríamos matándonos unos a otros. Se miente por educación, por lástima y también porque no hay por qué decir la verdad siempre, evidentemente. Si uno a veces no le diría la verdad ni a un juez ni a un policía, por qué va a tener que decírsela a alguien que apenas conoce.
Tengo aquí delante uno de sus recopilatorios de artículos, Juro no decir nunca la verdad (Alfaguara), en el que usted recuerda cómo su padre [el filósofo Julián Marías] contó en sus memorias que de niño hizo el firme propósito de no mentir jamás, porque le parecía algo sucio e indigno.
Sí, pero mi padre es mi padre y yo soy yo [y ríe, porque Javier Marías, ya se lo advierto, querido lector, ríe mucho]. Él sí tenía esa manía, pero bueno, estoy convencido de que también sabía mentir por piedad o por educación de vez en cuando. Se lo propuso y, en general, en lo que se refiere sobre todo a su vida pública, lo mantuvo. Pero, en fin, yo desde niño ya mentía, la verdad.

Revisando más artículos de aquel libro y, sobre todo, reflexiones y memorias de Aquella mitad de mi tiempo (Alfaguara) asoma un Marías nostálgico: "Diría que casi todo el mundo lo es un poco", confirma a medias. En uno de esos textos se lee una frase preciosa, demoledora, una frase de su madre: "Hay que ver, la última vez que veníamos a Lisboa tenía todo el tiempo por delante y ahora lo tengo por atrás". "Si no recuerdo mal", explica el hijo, "habían ido de viaje de novios a Lisboa, mi padre y ella, jóvenes, claro. Y en otra visita, muchísimos años después, tuvo esa sensación".

Javier Marías, en su casa de Madrid.
Javier Marías, en su casa de Madrid.ÁNGEL NAVARRETE

Usted acaba de cumplir 70, ¿reconoce esa sensación?
Hasta cierto punto es inevitable pensar que uno ha recorrido ya mucho del camino. Pero yo intento pensar que todavía me queda, lo que pasa es que el camino que a uno le queda empieza a reducirse. A mí que me quedan 20 años de vida, o 15, o los que sean. Pienso que en principio me queda mañana, y pasado y... [vuelve su risa]. En ese sentido hablo de reducir el tiempo. Reducir quiere decir que cada uno se va fijando más en el día a día y deja de tener proyectos a muy largo plazo porque comprende que los proyectos a largo plazo ya los ha cumplido. Sigo pensando que cada día es largo. Recuerdo que en una de mis novelas dije algo así como que el tiempo siempre es civilizado, el tiempo siempre da tiempo a que uno se acostumbre a todas las cosas. Eso es algo que todavía creo, que el tiempo es civilizado. A no ser que a uno le pille la muerte de sopetón, el tiempo transcurre con lentitud, en contra de lo que se dice. Mañana es civilizado y pasado también y al otro... pues ya se verá.
El tiempo es civilizado... lo que me invita a preguntar si usted cree que la persona es consciente de que llega la vejez.
Me imagino que sí, yo no lo hago de una manera muy consciente porque en algunos aspectos me siento más o menos como siempre. De cabeza, en concreto. Pero supongo que sí. Desde que uno trasnocha menos y se cansa antes y todas esas cosas pues claro que va notando diferencias. Uno se va amoldando, pero no de una manera consciente sino por la propia fuerza de los hechos o de las costumbres.
¿Antes trasnochaba mucho?
Mucho, sí, yo trasnoché mucho, hasta más de lo que me tocaba. E incluso cuando ya no trasnochaba, en el sentido de que ya no salía por ahí, pues hasta hace unos años todavía me acostaba siempre a las tres y media de la mañana, aunque estuviera en casa. He sido más bien de acostarme tarde, pero desde hace unos años he ido cambiando esos horarios y me acuesto antes y me levanto antes. Pero sí, he sido muy de salir prácticamente cada noche.
¿Por qué su madre lo llamaba calavera? ¿Por eso?
Volvía a las tantas, ella se inquietaba... Mi madre era muy maternal y, quizá, como había perdido a su hijo mayor siendo muy pequeño, creo que eso le hizo que con los demás, con los cuatro que venimos después, tuviera un especial cuidado y se preocupara un poquito en exceso. Creo que ya he contado que alguna vez me vio entrar con los zapatos en la mano, para no hacer ruido, y me dijo: "Hombre, con los zapatos en la mano como un calavera". Como un calavera de chiste.
¿Usted le daba razones para preocuparse?
Creo que sí, según ella me dijo alguna vez, desde niño yo era el que se saltaba los semáforos en rojo y estas cosas, siempre había sido el díscolo de la familia. A esas edades uno hace lo que le parece sin tener en cuenta el punto de vista de los padres, y lo último en lo que uno piensa es: "Ay, mi madre estará preocupada". En la juventud se es muy egoísta.
Esta reflexión que hace ahora sobre el maternalismo no la hizo entonces, obviamente.
No, no; yo sabía que había muerto este hermano con tres años y medio, que estaba su retrato en la casa, pero la dimensión de lo que puede ser para una madre perder un niño de esa edad pues no. Los jóvenes, insisto, son muy egoístas. Creo recordar que en otra novela dije que los jóvenes son muy desalmados porque el alma les llega con retraso.

No sabemos si a Marías el alma le llegó con retraso, pero contesta que él fue joven mucho tiempo. Quizá fue porque empezó a escribir a edad temprana. porque durante mucho tiempo fue llamado el joven Marías, por contraposición a su padre y porque siguió siendo el más chaval de los grupos de escritores. No sufrió la sensación de perder la juventud, simplemente llegó un momento en el que, con más de 40 años, que se hablara de él "como, como, como...".

-...Como una promesa.

-Como una promesa de las letras y cosas por estilo... Y yo dije: "Cuándo voy a dejar de ser promesa, tengo ya suficiente obra como para que me digan si soy malo o bueno [ríe], pero no promesa". Quizá ahí me dio por pensar que ya tocaba ser un adulto, que se me tratase como un adulto.

Javier Marías, en su casa de Madrid.
Javier Marías, en su casa de Madrid.ÁNGEL NAVARRETE

Don Javier: ¿quién ha influido más en usted, su padre o su madre?
Pues no lo sé. Tenga en cuenta que entre la muerte de mi madre y la de mi padre transcurrieron unos 28 años. Es decir, que evidentemente a mi padre lo tuve mucho más tiempo, a mi madre solo 26 años. En un sentido mi padre, por ese motivo, pero como los años de infancia son muy decisivos, y ahí evidentemente quien más se ocupaba era mi madre... Las primeras lecturas... ella nos leía en voz alta y nos indicaba qué leer... Pues quizá en los años de formación infantil y de adolescencia mi madre tuvo más influjo. Ella era una mujer muy inteligente, había escrito un libro, no era una ama de casa sin más, a secas. Tenía una carrera universitaria.

Uno de los recuerdos más fuertes que alberga desde su niñez es trasladarse con cuatro años a EEUU: "Todo eran tan distinto...". ¿Era consciente del exilio que vivían? "Bueno, lo de EEUU no lo llamaría exilio. De hecho mi padre en sus memorias tiene dicho que tuvo la oportunidad de exiliarse lo que pasa es que no lo hizo por varias razones. Ahora: de lo que sí era consciente era de que mi padre era contrario al régimen, de que estaba más o menos represaliado".

¿Por qué se enroló usted, aunque fuese durante poco tiempo, en las filas del comunismo?
Supongo que uno quería luchar contra la dictadura, de una manera un tanto infantil todavía, porque tenga usted en cuenta que yo empecé en la universidad con los 17 años recién cumplidos. Y había esa idea de que los comunistas estaban mejor organizados que los demás. Desde luego no recuerdo que existieran socialistas, no hicieron nada, no fueron nada antifranquistas; lo serían donde estuvieron exiliados, pero en la universidad brillaban por su ausencia. Entonces estuve metido en unos comités. Recuerdo que se deshicieron porque uno de los jefes era un policía de la brigada político social y, durante un tiempo, los que habíamos formado parte de eso temíamos que nos fueran a detener por la noche. Siempre mirábamos a ver si había algún coche de la policía; pero fueron pasando los días y no pasó nada. Seguí yendo a manifestaciones pero ya no milité en ningún sitio.

Hablamos ahora de las columnas, de que los artículos de prensa son una parte importante en su obra y ese ejercicio lo considera Marías literatura en la medida en que procura que estén bien escritos, que tengan una estructura aceptable dentro de su brevedad: "Tampoco los escribo de manera muy distinta de las novelas. Lo que siempre he detestado yo", se lanza, "ha sido a los articulistas que se adornan y que parece que cada frase están esperando un olé como si fuera una faena taurina. Y de eso en España ha habido mucho. La floritura me da cien patadas. Yo procuro que estén bien escritos pero voy a lo que voy: voy a decir algo. Y ahora hay muchos artículos en los que uno ni sabe lo que quieren decir, otros en los que empieza contando que iba con su niño... Bueno, si lo hace una vez, vale, pero todas las semanas...También se da ahora mucho la mezcla del articulista cursi y soez y a mí me pone un poco nervioso".

Javier, en algunos de sus últimos artículos da la impresión de que usted está de salida del periódico...
No exactamente. El periódico en el que escribo ha tenido ya a lo largo de bastantes años muchos periodos, unos periodos me gustan más, otros menos, pero digamos que hasta ahora no ha habido nada tan grave como para irme del periódico.
Pero no es una conclusión personal, estoy recordando un artículo reciente en el que usted venía a decir: bueno, no sé si seguiré escribiendo la próxima semana.
Pero eso lo vengo diciendo desde hace muchos años, no es un postureo, es una realidad, aunque en concreto lo de la próxima semana no creo haberlo escrito. Cuando hago mi descanso de agosto, que es el único mes en el que no escribo los artículos, y también cuando acaba el año me planteo siempre si seguir o no, por una razón muy sencilla: llevo muchísimos años, 19 años en El País Semanal y hay que añadir ocho más que estuve en El Semanal. Son 27 años de una columna todos los domingos y llega un momento en el que uno está cansado y piensa que los lectores pueden estar también cansados de leerle a uno.
Da la impresión de que a usted tampoco le preocupa mucho ese feedback del lector, sus reacciones, ¿no?
Hombre, sí, si yo tuviera la sensación de que ya no se me soporta de manera generalizada, de que la gente está harta de leerme una semana detrás de otra, creo que me percataría, y en ese caso también diría: que venga otro. De momento no la tengo. Recuerdo que hace unos pocos años una chica columnista, digo chica porque es joven, empezaba una de sus columnas diciendo: "Cosas que me fastidian -que también es una manera de hacer artículos un poco curiosa, ¿no?-, que todos los domingos nada más levantarme vea que el artículo de Javier Marías es trending topic". Me acuerdo que comenté eso, sin decir su nombre, y dije: "Yo también, coincido, a mí también me fastidia ser trending topic". Si todo el mundo fuera como esa chica me daría cuenta. Creo.
Por un caso de censura, abandonó El Semanal. ¿Alguna vez más le han censurado un texto?
No, la verdad es no. Alguna vez me han pedido si podía no nombrar a unos almacenes porque ponían mucha publicidad y nos la quitarían seis meses. Bueno, pues eso lo entiendo. Pero fuera de eso no. De vez en cuando me han comentado si podía cambiar algo de mis artículos y yo normalmente he dicho no y ya está. La primera vez que no me publicaron algo, que fue en El Semanal, me fui.
¿Por qué?
Hombre, porque no me parece admisible que no se me publique un artículo cuando de entrada no se me advirtió de qué podía o no hablar. Fue una cuestión de honradez intelectual, yo no podía continuar en un sitio donde me habían censurado un artículo. Por lo que recuerdo, dijeron que lo iban a publicar más adelante. Pasaron unos meses, no lo publicaban, me decían que no era buen momento y les dije adiós.

-Por cierto, tras tanto tiempo diciendo que no se iba a casar, al final...

-Yo no he dicho que no me fuera a casar, sino que no se habían dado las circunstancias y que no había necesidad. Lo que pasa es que, hace ya cuatro años, tres y medio, pues me pareció que por muchas cosas era mejor casarme con la persona con la que llevaba aproximadamente 20. No suponía un gran riesgo [explica con seriedad], llevábamos mucho tiempo, y lo hicimos. Fuimos ante notario y fue una cosa muy escueta. Todavía no nos acostumbramos a decir mi marido o mi mujer [sé que está sonriendo de nuevo]. A veces ni nos acordamos.

Su mujer es catalana. Y del Barça. Y él... el es madridista. Reconoce, tranquilo, que nunca ha sentido ese odio visceral que muchos seguidores del Real sufren frente al club culé. "Alguna vez", empieza a contar la anécdota, "hemos visto un Madrid-Barça juntos y la cosa se ponía un poquito tirante. Si marcaba el Madrid, me alegraba mucho y después me sentía un poco triste por ella. Aunque solo sea por eso y porque viví en otra época de mi vida en Barcelona, pues no le tengo un odio grande al Barça".

Rey de Redonda, ¿tenemos ya heredero?
Na, estoy dándole vueltas a eso. Se va acercando el momento, pero todavía no lo veo claro. Tiene que ser escritor, de cualquier país, y que sea notablemente más joven que yo.
Su coronación fue polémica.
Pues no lo sé, yo no me enteré, tengo la buena costumbre de no asomarme nunca a las redes sociales ni a nada que se le parezca. Y, además, como a mi antecesor se le hizo la vida imposible por parte de los aspirantes... La gente es rara, porque en vez de tomarse esto como una bonita leyenda, una bonita broma, hay gente muy seria que protestó enormemente. Y mi antecesor cometió el error de contestar. Y yo decidí que lo regio era no contestarle a nadie.
¿Y qué hacemos con la posteridad?
En muchas ocasiones he dicho que la posteridad es un concepto del pasado, aunque parezca contradictorio. Contar con la posteridad ahora sería anacrónico, las cosas van tan rápidas, la gente se olvida tan rápidamente que no tiene ningún sentido pensar en la posteridad hoy en día. Por otra parte ninguno la va a conocer, así que qué más le da, y al que no le traiga sin cuidado, con todos mis respetos, es un poco idiota porque no se va a enterar de si sus libros siguen siendo leídos. Yo desde luego no tengo ninguna ambición de eso y, es más, lo que detestaría es que a alguien se le ocurriera poner mi nombre a un instituto o a un premio. Imagínese, "voy a estudiar al Javier Marías" [se rompe en carcajadas]. Eso es horrible, espantoso. Son formas de posteridad, me imagino, que yo no las quisiera para mí en absoluto.
Pero es muy probable que pase.
Pues dejaré dicho en algún sitio que eso no pase. No quiero que nadie vaya al instituto Javier Marías. Ni que nadie haya ganado el Javier Marías. Lo veo muy penoso, convertirse en el nombre de un premio que probablemente a los ganadores les importa un pito quién fuera ese señor, simplemente les importa ganarlo y, si tiene dinero, cobrarlo.

Y vamos acabando, que hay que cerrar. Tras una penúltima pregunta, Marías responde que no es inseguro: "No", y yo no insisto, claro. "Lo que soy es bastante reservado, no tengo mucho afán en dejar rastros personales. El único, mis libros, que probablemente a los cinco años después de mi muerte nadie leerá, si es que no antes de cinco". Aunque al final... parece que sí es un poco inseguro: "Inseguro al escribir, no al hablar de mis libros, al escribirlos. Soy inseguro por muy veterano que sea y siempre pienso que lo que estoy escribiendo es una tontería, una mamarrachada, y que no le va a interesar a nadie. Eso, con un libro detrás de otro. Y si alguien me dice que han salido bien varios, yo les digo: 'Bueno, y eso qué tiene que ver'. Eso no me da ninguna garantía de que el próximo vaya a salir bien".

-Que un escritor cuyo nombre suena continuamente como candidato al Nobel diga que...

-Yo no soy candidato al Nobel. ¿La Academia Sueca dice algo de candidatos al Nobel? Lo siento pero yo no tengo la menor noticia de ello.

-Lo que quiero decir es que, con los cientos de miles de ejemplares que usted ha vendido, y que seguirá vendiendo, esa inseguridad, incluso esa modestia a la hora de hablar de su obra, puede extrañar.

-Son cosas distintas. La cantidad de ejemplares que se vendan tampoco quiere decir nada sobre la calidad. Hay gente muy, muy mala que ha vendido millones de ejemplares a lo largo de su vida. Y gente que ha tenido su tiempo y luego ha caído en el olvido aunque tenga calidad. Eso no significa nada. Está bien vender ejemplares, y es algo que uno agradece mucho, tener lectores. Pero eso no significa nada a la hora de hacer un libro, que es de lo que yo hablo. Cuando me pongo a escribirlos soy muy inseguro y luego cuando los termino pues también soy muy inseguro. Lo que pasa es que a estas alturas si un libro me sale mal tampoco me parecerá muy grave porque yo ya tengo mi carrera más o menos hecha y siempre pienso que los mejores escritores también han tenido libros malos.

Y apunté esta pregunta hace un buen rato.

Lo de ser reservado... ¿es por protegerse?
No, simplemente creo que todo el mundo debería guardar secretos. Los secretos son muy importantes en la vida de cualquiera y digamos que yo no participo en esta especie de narcisismo y exhibicionismo que se da en esta época. Me parece chusco, ridículo, feo. Toda la vida he tenido cierto pudor, ciertas reservas y he guardado mis secretos. Como conviene.

Y ahí seguirán. Eso sí, según convenga.

Conforme a los criterios deThe Trust Project

Saber más
Literatura15 años sin Francisco Umbral, el Picasso de las letras españolas
CineLa Mostra de Venecia se rinde a Ana de Armas y Penélope Cruz
LiteraturaLos diarios de Patricia Highsmith, la autora que "se zambulló en exceso en la vida y en escribir"