CULTURA
Literatura
Entrevista

Javier Marías: "Yo no olvido los atentados de ETA, la gente hoy se olvida muy fácilmente"

Entrevista con el escritor y académico Javier Marías, que acaba de publicar 'Tomás Nevinson', novela en que aborda dilemas como el 'no matarás' y el espionaje con el trasfondo del terrorismo

El escritor y académico Javier Marías.
El escritor y académico Javier Marías.CARLOS RODRÍGUEZ CASADO
PREMIUM
Actualizado

Dilemas morales, como si se ha de matar, la credibilidad, la prescripción de los delitos... Javier Marías recupera al espía Tomás Nevinson, al servicio de la Corona británica, ahora obligado a matar a una mujer que desconoce y que trabajó para el IRA y ETA y que se supone que vive en una pequeña ciudad del noroeste español. De todo ello, y de los políticos en tiempos de pandemia, de las redes sociales, de sus libros y del contenido de las novelas que hoy en día se publican, habla el escritor madrileño en una de las escasas entrevistas que ha concedido cuando cumple 50 años de trayectoria literaria.

¿Por qué aborda el terrorismo en su última novela?
Tomás Nevinson no es una novela sobre sobre el terrorismo, en todo caso sería el de ETA y el del IRA, y también de refilón de los unionistas irlandeses. La novela tiene ese trasfondo, que tiene su importancia, pero es una novela de personajes. Yo dije hace algún tiempo que después de terminar Berta Isla, mi anterior novela, me había quedado con la curiosidad de pensar qué le podría pasar a Tomás Nevinson, que al fin y al cabo es un hombre que aunque empezó muy joven sus actividades en el Servicio Secreto británico cuando vuelve a Madrid. Al final de Berta Isla es un hombre que tiene cuarenta y tantos años y que está muy acabado, en un estado semivegetativo, y de contemplación y de recuerdos. Me interesaba saber qué le pasaba a alguien que le había pasado ya todo, que había estado dado por muerto, que había estado desaparecido muchos años, que lo había pasado muy mal. Y cuando regresa a Madrid está en un estado un poco catatónico, pero tiene una edad que no se corresponde con eso. Ese es el motivo de Tomás Nevinson. En el arranque de la novela, se ve pronto, su antiguo jefe, Bertram Tupra, lo convence de hacer otra misión que tiene que ver con una colaboradora de ETA y del IRA. Tienes que tener en cuenta que las cosas que se dicen sobre el terrorismo lo dicen los personajes, Tomás Nevinson, que es el protagonista, y Tupra, se dedican a lo que se dedican.
Pero sí se desliza o se comenta que la sociedad española asistió asustada a una espiral de violencia que la dejaba atónito. Incluso que se ha olvidado. Se dice en el libro que, según una encuesta, muchos jóvenes de 30 años no sabían casi qué era ETA.
Sí, eso es cierto, eso es así. Eso nos tocó a todos. En la única entrevista que he dado sobre este libro ya dije que la juventud me la amargó el franquismo, yo tenía 24 años cuando murió Franco, y luego mi segunda juventud o mi madurez me la amargó ETA. En Madrid se produjeron, sólo en democracia, sólo en democracia, no contamos lo que hubo durante el franquismo, 101 asesinatos de ETA, con lo cual la ciudad estaba continuamente sobresaltada y de luto permanente, con un temor latente que estaba ahí siempre. Y es algo que yo no olvido, yo no sé la gente, que olvida hoy en día muy rápidamente, pero yo no olvido eso. Lo he visto en prensa, en reportajes, parece que hoy en día la mayoría de la gente joven, y por gente joven entiendo con 30 años incluso, saben poco de lo que pasó, de Miguel Ángel Blanco, que fue un caso particularmente atroz... Y luego, no es que yo tuviera esa intención, supongo que para mis lectores extranjeros, que los tengo, ver en una novela reflejada una información a la que la gente presta poca atención cuando sale en prensa, y luego olvida fácilmente, pues también será un poco una sorpresa, ver la dimensión de lo que fue el terrorismo en España. Eso me parece bien, pero no fue mi propósito. Insisto en que el libro no es sobre ETA ni sobre el terrorismo en general, hay consideraciones sobre ese fenómeno, pero lo principal es una historia de personajes, de pesquisas, etcétera.
Después de la caída del Muro de Berlín, parece que se difumina el poder o las funciones de los espías...
Eso lo expliqué en mi novela Tu rostro mañana, que se publicó entre 2002 y 2007 en tres volúmenes. Eso ocurrió también con los británicos, a los que yo conozco mejor. De pronto se encontraron que se habían quedado sin enemigo. El espionaje británico se dedicaba sobre todo a contrarrestar el espionaje soviético, lo cual produjo una especie de vacío y llevó a que muchos antiguos miembros del MI6 o del MI5 pasaran a trabajar para compañías. Y en esa novela, en Tu rostro mañana, se ve claramente que hay un momento en el cual un agente no sabe en realidad a quién está sirviendo porque ya no es lo que claramente solía ser, sirviendo a la Corona o al Estado, sino que todo es difuso, está difuminado. Explica también Tomás Nevinson que a los agentes no se les da toda la información de las cosas; al contrario, se les limita a lo que tienen que hacer, no se les da el panorama completo de una operación. Entonces hay momentos en los cuales, durante esos años en los que después de la caída del Muro de Berlín, se producía esa cosa nueva, extraña de no saber exactamente al servicio de quién se está. Además se concedió permiso para que muchos agentes pasaran a trabajar para multinacionales con intereses británicos. En principio se intentaba mantener que fuera al servicio de Inglaterra, pero no es lo mismo trabajar para el Estado que para Schwepps, claro.
Me refería también a que en Tomás Nevinson hay una caída de moral, o de cansancio, o que ya está harto. En cambio Bertram Tupra sigue incólume. Y hay una tercera generación, que la encarna Pat, más joven, de la que se dice que "no tiene dilemas morales".
Lo cual es propio de los jóvenes en general y de lo que pasa en el siglo XXI. Cada vez hay menos conciencia moral de los hechos. Los jóvenes tienden a ser intransigentes, fanáticos a menudo, y ella representa esa nueva generación que es más pragmática, que no se plantea mucho las cosas, que lo que hay que hacerse se hace y punto. En cambio Tomás Nevinson, que pertenece a otra generación, tiene muchos dilemas morales y en gran parte la novela trata de esos dilemas morales que se le van planteando a lo largo de la acción.
Sí, los dilemas morales, que también se suelen abordar en tu obra en general...
Sí.
...Cómo se comporta el ser humano, y en este caso Tomás Nevinson, ahora con bastantes menos certezas.
Claro, es un individuo que lleva retirado mucho tiempo del servicio activo, no sólo en sus años que ha pasado en Madrid sino los que estuvo apartado, cuando se fingió que había muerto para preservarlo de posibles venganzas de cosas que hubiera hecho en Irlanda del Norte... En realidad lleva en el dique seco mucho tiempo. Él mismo lo dice, 'me di cuenta que estaba oxidado, que mi capacidad de alerta no era la de los viejos tiempos', es alguien que ha tenido además numerosos desengaños y enfados. Vuelve también porque, como dice varias veces, 'es muy difícil estar fuera después de haber estado dentro'. También echa en falta la actividad, el sentirse útil, evitar desgracias, que es lo que hacen esos agentes, consideran que es un trabajo, justo y necesario... que no se les reconoce por otra parte.
Decíamos que los dilemas morales es la piedra angular del libro.
Bueno, una de ellas. Hay también la evolución del retrato de un personaje, hay un retrato de las relaciones tanto con su mujer, Berta Isla, como con las personas con las que conoce en la ciudad donde es destinado... Pero sí, uno de los dilemas morales es la que aparece en la primera línea del libro: "Yo fui educado a la antigua, y nunca creí que me fueran a ordenar un día que matara a una mujer". Debe matar porque no hay pruebas para llevar a juicio. Hay una serie de consideraciones sobre si hay que matar. En principio ninguno seríamos incapaces de hacerlo pero si observamos casos particulares ya no estaríamos seguros de hacerlo en ningún caso. Hay otra frase que se dice más de una vez en el libro, que es 'matar no es tan extremo, ni tan injusto, ni tan difícil si se sabe a quién'. Y se empieza con dos ejemplos, uno ficticio y otro real, que tuvieron la oportunidad de matar a Hitler antes de tiempo y que evidentemente no lo hicieron y que luego se arrepienten de no haberlo hecho.
Javier Marías, en su mesa de trabajo, en Madrid.
Javier Marías, en su mesa de trabajo, en Madrid.ÁNGEL NAVARRETE

Se refiere Javier Marías a dos casos. El primero es real, el del novelista Friedrich Reck-Malleczewen, que vio a Hitler en un restaurante de Múnich, la Osteria Bavaria, en 1932. Hitler estaba solo. Reck-Malleczewen, de quien en 1947 se publicaría Dario de un desesperado (Minúscula), "no era un hombre ni judío ni homosexual ni gitano ni izquierdista", dice Marías, los objetivos prioritarios de los nazis. Había estudiado Medicina, era crítico teatral y escribía novelas de aventuras. El otro caso, el ficticio, es el que se refleja en la película El hombre atrapado (1941) de Fritz Lang, que se puede ver en Filmin. El protagonista, un afamado cazador, tiene a tiro, pero sin balas, a Hitler. Pero el vuelo de una hoja de un árbol le despista y no dispara. No quedan claras sus intenciones. En ambos casos, Hitler aún no era quien luego fue, pero (se lee en el libro) "los dos ya sabían de sobra que eliminarían algo malvado e insano, una pestilencia". "Está claro", dice Marías, "que lo hubieran matado si hubieran sabido lo que luego ocurrió. Y ese es uno de los problemas, que uno nunca sabe. Claro, sabes a posteriori".

Otro de los dilemas del libro es el del perdón...
Bueno, no es el del perdón. Se habla de la prescripción de los delitos, de los crímenes. Hay una discusión de dos personajes; uno dice que qué es esto de las prescripciones, que simplemente no se puede juzgar, que por el transcurso del tiempo ya está fuera la posibilidad de juzgarlo y de condenarlo. Esto es así en casi todos los países, el cuerpo legislativo considera que los delitos prescriben, lo cual supongo que tiene sentido pero el personaje que lo pone en cuestión, viene a decir esto qué es en realidad; pongamos que la prescripción es a los 20 años por un crimen importante, qué pasa, a los 19 años y medio eso todavía es punible y seis meses después ya no, ¿esto qué es?, dice un personaje Y eso se pone en cuestión.
María Viana, una de las tres mujeres con la que trata el personaje central en una ciudad del noroeste español, dice: "La credibilidad ha sido el problema de mi vida". Quizá todos necesitamos ser crédulos.
Habría que matizar un poco. Yo creo, personalmente, que no se puede ir por la vida desconfiando de todo el mundo. Incluso si te has llevado muchos chascos y muchos desengaños no puedes decidir, como hay gente que lo hace, 'no vuelvo a confiar en nadie'. Quien más quien menos ha padecido alguna traición o algún engaño. María Viana lo que le dice es que 'siempre me planteo por qué alguien debía engañarme'. En ese sentido se considera un poco tonta. Una cosa es la confianza, que en principio se debe tener en general, a no ser que uno vea las intenciones y hay personas que a uno le inspira desconfianza de manera natural, por la manera en que habla, a veces incluso por el aspecto que tiene, pero si no es así, lo normal es confiar. Pero la credulidad quizá es otra cosa, es un paso más allá, es creer cualquier cosa, ser demasiado ingenuo, demasiado pardillo. Hombre, yo creo que la credulidad en el mundo actual es una plaga, es terrible, es que la gente cree cualquier cosa. Yo creo que, desde que existen las redes sociales y hay una cantidad de información falsa, no se sabe por qué, se abraza sin parpadear, la gente se cree cualquier locura y se cree a cualquier político por muy bribón que se lo vea venir. He escrito un artículo en el que digo que si viéramos en películas a muchos políticos del mundo actual veríamos perfectamente quiénes son, que Trump es un desalmado... No cabría duda, pero en la realidad somos incapaces de verlo. Pero cuando se vota, se vota y se vota a gente completamente absurda [se ríe]... Pongo ejemplos como Bolsonaro, como Putin, como Boris Johnson.
En la novela sólo, creo, aparece un político, y con un nombre un poco estrambótico, como también otros lo tienen: Liudwino, Folcuino, Florentín...
Se dice que en esta ciudad, que el narrador llama Ruán, la gente tiene nombres estrafalarios. Hay unas zonas de humor. La novela trata temas lo bastante serios como para que necesitara de vez en cuando unos remansos de humor, que por otra parte hay en casi todas mis novelas. Son personajes un poco dickensianos, si me apuras. No es muy frecuente pero lo han hecho otros a lo largo de la historia de la literatura o del cine. Más quisiera yo compararme con ellos.
Pero Liudwino es un concejal corrupto, el claro ejemplo de...
Es un personaje que hay en casi todas partes, les hemos visto mucho. Hace negocios... A la vez es un hombre simpático, el narrador dice que acabará en la cárcel pero que será una pena porque disfruta mucho la vida con sus tejemanejes. Hay una cierta comprensión hacia todos los personajes por parte del narrador.
¿Va a tenerTomás Nevinson una continuidad, ya que tiene un final abierto?
No tengo la menor idea, pero no creo, no sé. Algunos de los lectores que han leído el libro me dicen que por qué no vuelvo a Ruán, a esta ciudad de tamaño medio que da mucho juego, que estaba muy a gusto ahí. Nunca se sabe, ahora es demasiado pronto. La novela la terminé hace cinco meses y luego seguí trabajando con ella con las correcciones y las pruebas un mes y pico más. Yo desde que termino una y empiezo otra tardo bastante, no se me ocurren cosas tan rápidamente, no tengo ni idea. Cuando terminé Berta Isla era una cosa acabada y lo es. Porque esta novela no es una continuación de Berta Isla. Cronológicamente si debería ser, pero es una novela independiente que se puede leer sin conocer Berta Isla. Quizá se disfruta más si se ha leído Berta Isla' pero se puede leer sin haber leído Berta Isla.
¿Cómo le ha afectado la pandemia a la hora de escribir? Quizá cuando escribe está confinado.
Pues no ha afectado el confinamiento al texto, parece ser que no se nota nada, me dice la gente. Al revés, la novela afectó al confinamiento para bien. Me metía unas horas al día a escribir y lograba abstraerme de la situación, que era bastante preocupante y angustiosa para todo el mundo. Lograba abstraerme, meterme en el mundo que estaba creando y me ayudó tener una tarea durante unas horas al día. Yo no escribo muchas horas cada día, escribo tres, cuatro como mucho.
En un momento tan delicado, con una situación tan comprometida, que los políticos hayan dado una imagen...
No digas 'la hayan dado', la siguen dando. La pandemia sigue aquí, ahora parece que vuelven a repuntar los contagios, supongo que por el efecto de la Semana Santa, que es otro disparate más. Que la Semana Santa fuera semi libre, que se pudiera viajar, ir de acá para allá... Pero sí, en medio de una situación en la cual lo que le importa a la gente es que esto termine y no enfermar y no morirse, los políticos, unos más otros menos, han dado la impresión de que les trae sin cuidado. Se han dedicado a sus maquinaciones, y a sus tramas y a sus peleas... Y sí, es algo totalmente lamentable, en una situación y en un momento en el cual diría que lo que tocaba era aparcar todas las diferencias, todas las separaciones y dedicarse todos, en cuerpo y alma, a proteger a la población y a combatir la epidemia. Lejos de eso parece que les ha traído sin cuidado. Me llama la atención que algunos políticos jamás hablan de esto, ni siquiera se refieren a ello y se han dedicado a tirarse pedradas desde la otra orilla. Sí, es lamentable. En conjunto han dado la impresión de que la famosa gente que tanto les importa no les importa absolutamente nada.

Vidas escritas es una isla dentro de los libros de Javier Marías, 26 semblanzas de escritores, desde Faulkner ("Era taciturno, adoraba el silencio, y al fin y al cabo sólo había ido cinco veces en su vida al teatro: Hamlet, tres veces, El sueño de una noche de verano y Ben-Hur era cuanto había visto. Tampoco había leído a Freud, o al menos eso contestó en una ocasión: 'Nunca lo he leído. Tampoco Shakespeare lo leyó. Dudo de que lo leyera Melville, y estoy seguro de que Moby Dick no lo hizo'. El Quijote lo leía todos los años") a Rilke ("Como buen poeta, Rilke comulgaba mucho, no sólo con los animales sino con los astros, la tierra, los árboles, los dioses, los monumentos, los cuadros, los héroes, los minerales, los muertos (sobre todo con las muertas jóvenes y enamoradas)", de Stevenson ("Quizá porque murió prematuramente o porque pasó toda su vida enfermo, quizá por sus viajes exóticos que en la época resultaban heroicos, quizá porque se lo empieza a leer de niño, lo cierto es que la figura de Robert Louis Stevenson se aparece casi siempre teñida de caballerosidad y angelical pureza, hasta el punto de producir empalago en cuanto se cargan un poco las tintas") a Vernon Lee ("Llevaba trajes sastre, a veces corbata, a veces un sombrero flexible de fieltro, gafas que suavizaban sus encendidos ojos verdigrises -de tigresa- según otra amiga"). Es un libro que el propio Marías recomendaba en las ferias de libro a sus lectores. Le pregunto si no lo va a ampliar. "Es un libro del 92, figúrate, y si no lo he hecho antes no creo que lo vaya a hacer. Ten en cuenta que cada pieza la preparaba bien, leía bastantes cosas relativas a cada autor y francamente ahora no estoy en condiciones de hacer un esfuerzo de este tipo, de lecturas varias sobre cada personaje. Hombre, nunca sabes por dónde vas a salir, si no se me ocurre nada de novela pues a lo mejor".

¿Su origen? "Fue una idea mía. Propuse la idea a la Babelia de entonces, creo que lo llevaba Alejandro Gándara y me dijo 'bueno, mándame uno a ver'. Le mandé el primero, el de Faulkner, y nunca dijo nada, por lo visto lo metió en un cajón y no se supo más. Más adelante, hablando con Javier Pradera, me instó a colaborar en la revisa Claves, le dije que tenía esto que estaba parado y que El País me lo despreció, por así decir, y me dijo que se lo enviara. Y cuando lo leyó me dijo que cómo me lo habían despreciado, si era una idea muy buena, 'haznos uno al mes', y así seguí".

Aunque no tenga una idea prefijada, aunque sea un escritor de brújula más que de mapa, en cada novela ¿es el comportamiento humano, o su sombra, lo que se refleja en sus novelas?
Hablar del comportamiento humano es un poco pretencioso, no pretendo que eso en mis novelas. En ellas se refleja el comportamiento de alguien, o de varios alguien, lo cual eso no quiere decir que eso no sea extrapolable a la humanidad ni mucho menos. Lo que pasa es que en muchas de mis novelas aparecen temas que yo creo que son vitales en la vida de cada uno y que mucha gente no es consciente de lo vitales que son porque, bueno, porque llevan existencias aparentemente anodinas, tranquilas, calmadas... Todos en mayor o menor grado hemos cometido o padecido cosas como... El secreto es uno de los temas que aparece a menudo. Todos los hemos tenido, todos hemos sufrido traiciones o quizá las hemos cometido, todos hemos engañado. Recuerdo que en una de las novelas que abordé uno de esos temas, creo que en Corazón tan blanco, que también es del año 92, me acuerdo que se decía que convertir algo en secreto es tan fácil que a veces convertimos en secreto tonterías, basta con no contar. Si uno oculta, por cualquier motivo, porque le da vergüenza contar algo... Yo ponía el ejemplo de si durante los Mundiales de Fútbol me veo tres o cuatro partidos seguidos, entre ellos el Nigeria-Etiopía, por decir un partido en teoría no muy apasionante, pues a lo mejor a mi mujer se lo oculto porque me da vergüenza, porque me ha pasado la tarde mirando fútbol absurdo; es una cosa inocua, pero el hecho de haberlo ocultado convierte eso en un secreto. Y a partir de ahí tienes que recordar lo que hiciste ese día, te obliga a tener una memoria de lo no sucedido, de lo que has inventado... luego tienes que recordar. Es muy trabajoso el secreto. Pero todo el mundo lo lleva a cabo. O bien lo padece.
La novela no es nada maniquea, es una novela con dobleces, ambigua, trabajada, larga...
Justamente hace poco escribí un artículo en el que me metía... hablaba de los premios y de las críticas actuales y decía que ahora ya no se tiene en cuenta la calidad de las cosas, sino se tienen en cuenta los temas o, por ejemplo, el sexo de quien la ha hecho, cosas extraliterarias. Si se trata un tema importante entre comillas, si se trata un tema de actualidad, o periodístico en el fondo, si te cuentan una historia de unos niños en la frontera que quieren cruzar a Estados Unidos y no sé qué, eso ya tiene el aplauso de la crítica garantizado. Si se habla del transgénero, también; si se habla del maltrato, pues también. Yo no tengo nada en contra de esos temas, y puede haber obras maestras con esos temas, pero no todas, que son legión. 'Ah, como tratan de esto, que es muy importante, hay que ponerlo bien'. Hay muchas películas y novelas de ahora que llevan el manual de instrucciones incorporado, 'tiene usted que apiadarse de este personaje y ahora de este otro'. La vida no es así, para mí la vida es compleja, la vida es ambigua, la vida es contradictoria, y es lo que yo reflejo. Ya dije hace dos novelas más, que antes mis novelas la acción transcurría contemporáneamente a cuando yo escribía, incluida Tu rostro mañana, luego vino Los enamoramientos, que todavía también, y luego vino Así empieza lo malo y luego Berta Isla. En estas tres últimas novelas me fui a los años 80, la primera de ellas; Berta Isla transcurre entre los 60 y muchos y los 90, y esta ocurre en el 97 y 98. Y una de las razones por las que me he ido hacia atrás en el tiempo es porque el tipo de problemas que a mí me interesan, el tipo de complejidad en personajes, en 2020 o 2021 quizá no serían verosímiles, 'qué me está usted contando, qué me está usted planteando, si las cosas son de otra manera'. Serían un poco increíbles en clave estrictamente contemporánea. Quizá por eso se dice [en la novela] que el siglo XX tenía más complejidad que lo que llevamos del siglo XXI.
Entonces, cuando te llamaban por teléfono, no sabías quién era, que para un espía tiene que ver.
Tiene también sus ventajas. Yo me acuerdo que la gente le daba prioridad al teléfono por encima de todo. Tú estabas en un banco, delante de una ventanilla, habías hecho cola y la persona de la ventanilla cogía el teléfono. Pero vamos a ver, oiga, que aquí hay una persona en persona y usted está dando prioridad a otra que se le ha ocurrido llamar. Eso solía ser así, aunque a veces descolgabas el teléfono y te encontrabas con una persona que no te apetecía nada. Tenía sus ventajas, pero también su misterio. Yo creo que ciertas dosis de misterio en la vida son buenas.
He visto en un vídeo una entrevista que le hizo en Bilbao María Luisa Blanco hace años durante la cual el público se reía, por ese humor suyo que, a veces, por su fama de hosco...
Hombre, en mis artículos muchas veces estoy enfadado, efectivamente, a menudo, pero en muchos artículos hay humor. El de ayer mismo [la entrevista se realizó el pasado lunes día 12] te puede divertir. Mis novelas son completamente distintas a mis artículos. Los artículos los escribe el ciudadano, por decirlo así. Las novelas, no; las escribe el novelista, que está metido en la voz de alguien que no es él, sea en primera o tercera persona. Hay una serie de opiniones o reflexiones que son de los personajes. En los artículos firmo con mi nombre y suscribo lo que estoy diciendo. En las novelas creo que hay humor en casi todas, algunas tienen un tono grave, pero están salpicadas de bromas, incluso de escenas más bien cómicas.
El libro, pese a ser largo [680 páginas] y no facilón, está ya en la lista de los más vendidos. Es decir, tiene un público fiel, que prefiere un tipo de literatura no tan...
Ojalá, no lo sé muy bien. Es una novela larga y tienes que tener en cuenta que yo no estoy haciendo prácticamente promoción. Decidí que como había empezado a escribir novelas hace 50 años y que he dado cientos y cientos de entrevistas en todas las lenguas que hablo y en las que no hablo también, ya ha llegado un momento en que ya está, ya he dicho todo lo que tenía que decir y no tengo por qué decir nada más, no quiero seguir hablando de mis cosas ni de lo que he hecho, ni de mí, eso me aburre soberanamente. Hice una excepción y esta ahora contigo, una segunda excepción.
El entusiasmo los lectores, esos a quienes gusta la literatura 'de hueso'.
Creo que eso siempre existe y que la cuestión es que haya novelas que se correspondan con ese deseo, con esa necesidad o querencia. Hablo por hablar, porque leo muy pocas novedades en estos últimos años, pero me da la impresión de que hay demasiadas cosas de esas de 'voy a contar la vida de cuatro chicas antisistema que viven no sé dónde', bueno, esto para un reportaje periodístico vale, puede interesarme, pero para una novela, no sé. O voy a contar lo que ha sufrido una persona transgénero, pues vale, es muy loable y muy digno, y no digo que no se pueda hacer una gran novela con eso, pero no sé; esto me parece un poco periodístico, pero para una novela entera no sé qué decirle. Las novelas que contaban una historia y nada más [se ríe], y nada más, sin afán de enviar mensajes... Eso de lanzar denuncias... [Aquellas] siempre han existido. Ahora existen pocas y cuando hay una que es así y si no está mal hecha pues puede gustar, ¿no?
Su libro es distinto, aunque, como acaba de decir, también clásico, en el sentido de la reivindicación de la estructura, del ritmo, del estilo...
Y de las reflexiones, porque los libros están llenos de reflexiones. Hay peripecias, pero en mis libros pasan cosas todo el rato, mis libros son reflexivos. En este caso hay intriga, pero no es fundamental. Es como si me dijeras que hay intriga en las películas de Hitchcock, claro que hay intriga, pero no es lo más importante en realidad. También la hay en las obras de Shakespeare, pero no es lo fundamental. No me comparo con nadie, pero los grandes maestros eran conscientes de que si querían colarle al lector o al público cosas de cierta enjundia o cierto nivel intelectual o de reflexión había que facilitarle la entrada y la mejor manera era la intriga.
¿Shakespeare es para usted el autor?
Sí, sí. Es un autor que, a diferencia de otros, me inspira cuando lo releo. Mucha gente, escritores, no revisita los clásicos porque les deprime, 'qué hago escribiendo yo cuando...' Eso evidentemente nos pasa a todos. Cuando lees algo muy grande te dices qué estoy haciendo yo aquí, pero en el caso de Shakespeare me resulta fértil, su relectura me da ideas, me impulsa a escribir. Yo creo que en gran medida es porque es enigmático con frecuencia, es misterioso. A veces dice cosas que parece que las entiendes a la primera y luego las relees y te dices, 'un momento, qué es lo que está diciendo aquí, en realidad qué ha dicho aquí, a qué se referirá'. Te abre puertas, te abre caminos. A mí por lo menos me pasa.
¿Le ocurre también con Eliot, con sus Cuatro cuartetos, que aparece en esta novela?
La poesía es otra cosa distinta. Me gusta mucho pero es otra cosa. No me produce ese efecto. Hay muchas citas de poetas en la novela, no solamente de Eliot. Yo soy muy lector de poesía, también la traduje, pero no la he escrito.
¿Nunca?
Nunca, nunca. Ni siquiera de jovencillo.
¿Por qué?
No me inclinaba, me llamaba más la narración siempre, para intentar hacerla yo.
Si su amigo Juan Benet [que le animó a seguir escribiendo cuando leyó su primera novela, 'Los dominios del lobo'] hubiera sido poeta...
Benet tiene fragmentos poéticos y yo creo que en mis novelas también hay fragmentos que podrían ser poéticos, pero de ahí a escribir un poema media un trecho.

Conforme a los criterios deThe Trust Project

Saber más
SeriePalacio de Linares: Raimundita, el fantasma de un incesto
HistoriaLas cartas inéditas de Ana Frank: "La clase judía de momento la han cancelado"
Los LibrosLos mejores libros recomendados entre las novedades de 2022