El próximo 21 de marzo, en el Polo Sur, el sol desaparecerá y dará paso a una oscuridad que se instalará durante seis meses. Entonces, los winter-overs de la base estadounidense Amundsen-Scott revivirán La cosa, la mítica película de John Carpenter sobre un grupo de científicos aislados en la Antártida que se enfrentan a un extraterrestre capaz de imitar a un ser humano y que, siguiendo la tradición, cada año proyectan cuando el último avión despega de la nívea Antártida para dejarlos aislados. En la noche infinita no tendrán que combatir a ningún monstruo, pero sí superar un verdadero desafío: resistir en uno de los lugares más extremos del planeta.
Sólo tres científicos españoles han vivido la experiencia de pasar un año entero, la mitad a oscuras, en este lugar: el ya fallecido Luis Aldaz, Francisco Navarro y Carlos Pobes. Ellos fueron winter-overs, personas que permanecen aisladas en la estación durante todo el invierno austral, con drásticas temperaturas que alcanzan los -70 °C, sin posibilidad de escapar y con el objetivo de realizar avances científicos. Justo cuando empieza otra temporada de ciencia y resiliencia en Amundsen-Scott, Francisco y Carlos se reencuentran en estas líneas para recordar su paso por la base.
Casi 30 años separan las experiencias de los dos españoles en la Antártida, pero cuando se vuelven a ver para este reportaje, la distancia se desvanece. «Cuando te vi, no tenía nietos», dice el abuelo Francisco para poner al día a su compañero de entrevista. Nunca coincidieron en la base, pero ambos fueron winter-overs y eso ya les da tema de conversación para toda una vida.
Francisco Navarro (Valencia, 1960) tenía 23 años cuando dejó en pausa su tesis de la licenciatura en Ciencias Físicas para aventurarse al Polo Sur. Entre 1983 y 1984 su misión en la base fue encargarse de los gravímetros. Para que nos entendamos: controlar unos aparatos «superprecisos» y «supersensibles» que miden la gravedad. «El trabajo era de mantenimiento, de hacer calibraciones y preanálisis de datos», explica.
El físico Carlos Pobes (Zaragoza, 1976) llegó a Amundsen-Scott en 2011, con 35 años. Hasta que se fue, en 2012, su trabajo era encargarse de que el telescopio de neutrinos IceCube «estuviese tomando datos la mayor parte del tiempo posible». Si surgían incidencias, él debía estar allí «para darle a un botón y reiniciar el sistema, aunque parezca un poco de broma». Su tarea como vigilante del telescopio también incluía calibraciones rutinarias, almacenamiento de datos y operaciones de mantenimiento.
A 70 BAJO CERO Y SIN ESCAPATORIA
A Carlos y Francisco no se les desdibuja la sonrisa mientras hablan de la base Amundsen-Scott. Al escucharlos, cuesta imaginar que hayan soportado condiciones extremas a las que no cualquiera se acostumbra. Pero sí que lo hicieron. El Polo Sur concentra el día más largo del planeta: el sol sale una vez al año (en septiembre) y se pone una vez al año (en marzo). La temperatura media en el verano austral es de -25 °C a -30 °C; en el invierno, de -60 °C a -65 °C. Durante la mitad del año no hay avión capaz de sortear las heladas y la oscuridad, ni siquiera en caso de emergencia médica.
Más allá de los humanos que habitan la estación, no hay rastro de vida. Ni árboles, ni animales. En ese aire extremadamente frío y seco no huele a nada. El silencio pesa y apenas es interrumpido por el viento, el crujido del hielo (de 3km de grosor), el roce de las botas sobre la nieve o el zumbido constante de los generadores en el interior del edificio. Y ante los ojos sólo se extiende un blanco infinito opacado por la noche. El toque de luz y color lo ponen la vía láctea y las auroras australes bailando con sus vestidos verdes y morados en el cielo.
La estación recibe su nombre en honor a Roald Amundsen y Robert Falcon Scott, los exploradores que lideraron las primeras expediciones al Polo Sur en 1911 y 1912. Fue construida por Estados Unidos entre 1956 y 1957, en plena Guerra Fría, lo que le otorgó un componente geopolítico al adelantarse a la Unión Soviética en el establecimiento de una estación permanente con fines científicos. Gracias a su ubicación en el punto exacto del eje sur de la Tierra —que se desplaza levemente cada año, y se señaliza con un cetro diseñado por los propios trabajadores de la estación— y a sus condiciones atmosféricas únicas, la base permite potenciar la investigación en geofísica, astronomía, meteorología, glaciología y física de neutrinos.
«Nosotros hemos estado en la misma base, pero distinta», señala Francisco. La original se inauguró en 1957 para el Año Geofísico Internacional. Fue esa la que conoció el primer español winter-over, Luis Aldaz, entre 1957 y 1958. Era «casi subterránea» y poco a poco se hundió en el hielo, algo que se corrigió en las construcciones posteriores elevando la estructura para evitar el enterramiento bajo nieve. En 1965 se reconstruyó como una especie de «domo», diseño que se amplió y mejoró en 1975. Finalmente, entre 2003 y 2005 se levantó la más reciente y moderna versión: «Es como un hotel y cuenta con todas las comodidades», describe Carlos, último español hospedado allí.
La base actual cuenta con dormitorios, cocina, comedor, sala de cine, biblioteca, gimnasio, cancha polideportiva, laboratorios, sala multiusos y capilla. Todo está conectado por pasillos interiores. Algunos elementos, como el telescopio que cuidó Carlos, están fuera de la estación, pero el interior cuenta con todas las comodidades para no tener que abandonarla. Se puede ir al exterior, pero tomando todas las precauciones necesarias, siendo consciente de que respirar puede doler y de que se te pueden congelar hasta las pestañas.
Para ser contratado como winter-over es necesario superar varias pruebas que garanticen la capacidad de afrontar los retos del aislamiento, como trastorno del sueño, irritabilidad, fatiga mental y el síndrome del winter-over —bajones emocionales hacia mitad del invierno—. Además de la formación técnica requerida para el puesto, los candidatos deben pasar exámenes físicos y evaluaciones psicológicas que certifiquen su resistencia y estabilidad en condiciones extremas. Para los científicos, las evaluaciones médicas fueron «las más exigentes». «Antes del viaje, a mí me quitaron los cuatro cordales, para prevenir un dolor de muelas en el Polo Sur», recuerda Francisco.
Ellos aún recuerdan las primeras sensaciones al vislumbrar la inmensa Antártida desde el avión. «Es un recorrido muy bonito: la parte de la costa hasta que se atraviesan los glaciares y demás, hasta que llegas a la parte en la que ves todo liso y blanco. Aterrizas y es una sensación muy especial. Dices: '¡Wow! Ya estoy aquí, a 1.500 km de mis vecinos más cercanos'», expresa el valenciano. «El viaje de por sí es de fantasía», describe Carlos. «No te crees estar ahí, viendo esos sitios por los que pasó Scott con sus trineos... Tuve la sensación de haber estado preparándome toda la vida sin saberlo para algo así».
Ya en el lugar, les dan toda la vestimenta y el resto de indumentaria para protegerse del congelamiento. «Me llamó la atención la acogida», destaca el zaragozano, «tú llegas allí y ya eres uno más de la familia». Les enseñan cómo lidiar con los números en negativo del termómetro. En los primeros días en el Polo Sur, Francisco ayudó a construir unos iglús para dormir en ellos y acostumbrarse al frío. Carlos tuvo que enfrentarse a un reto similar: «En lugar de un iglú, hicimos una especie de trinchera, un agujero en la nieve para dormir. Con ese entrenamiento de supervivencia que nos dieron, esa fue la noche que más frío pasé. El resto del tiempo no pasé demasiado frío».
Los winter-overs también son entrenados para resolver las emergencias que puedan presentarse en la base cuando nadie más pueda ayudarlos. Por suerte, los dos gozaron de una salud envidiable durante su año en la Antártida. «No recuerdo ningún episodio de fiebre ni nada parecido», señala Francisco. Carlos sí tuvo un percance: «Estaba ayudando a mover un sofá, porque ya se había ido el último avión e íbamos a celebrarlo viendo La cosa, y me aplastaron el meñique contra la pared». Otro día, mientras jugaba en la cancha, se hizo daño en el tobillo, pero tuvo hielo de sobra para curarlo...
Durante el verano, la base cuenta con unos 150 trabajadores. En el invierno polar, las temperaturas llegan hasta -70 °C y, por culpa de la oscuridad y el frío extremo, la base científica Amundsen-Scott queda aislada durante unos ocho meses sin vuelos y, por tanto, sin evacuaciones posibles. En esta temporada permanecen entre 40 y 50 winter-overs —sólo 19 en la 'promoción' de Francisco—. Científicos, técnicos, ingenieros, cocineros, electricistas, especialistas en telecomunicaciones, un médico y su ayudante. Todos, de múltiples nacionalidades, deben contar con una capacitación mínima para reaccionar ante emergencias y también dedicarse a las labores de limpieza.
Por lo general, se intenta tener una rutina como en el mundo real. Trabajo de lunes a viernes y fines de semana para el ocio. Hay múltiples actividades sociales: días de películas, de jugar al fútbol o al baloncesto, partidas de póker, torneos de billar, clases de arte o de idiomas, noches temáticas y la fiesta 'Midwinter' para celebrar el ecuador del invierno. Tanto Carlos como Francisco se convirtieron en profesores de español de sus compañeros y recibieron lecciones de ruso y alemán. «Recuerdo que me descargué la final de Eurovisión y vimos más eso que los Juegos Olímpicos», admite Carlos.
CUANDO EL CUERPO SE VUELVE LOCO
Los dos comprobaron que, en un punto del invierno, los relojes corporales se desajustaban y algunos invertían sus horas de trabajo por las de descanso. Cambiar el día por la noche, por decir algo. Francisco dice que no pasó por eso, a diferencia de Carlos. «A mitad del invierno empecé a notar alteración del sueño. Había oído de gente que, cuando le pasaba, hacía turnos de 30 horas. Así que intenté saltarme una noche para que se me pasara, pero fue peor. Iba zombi total. Entonces caí en la cuenta de que llevaba dos semanas sin salir de la base, porque el telescopio [situado a un kilómetro] había estado muy tranquilo... Fue entonces cuando me obligué a salir. Eso me reajustó el ciclo del sueño», relata.
Carlos tuvo la suerte de aislarse en una época en la que la tecnología ya acortaba distancias. Francisco no corrió con esa suerte en los 80, pero tampoco le pesó mucho. Él sólo podía comunicarse brevemente por radio, siempre que la interferencia lo permitiera. «Llegamos a estar cinco semanas sin saber nada del mundo», asevera. Lo único garantizado era un mensaje semanal de 50 palabras, en inglés, transmitido en código Morse. Semanas antes de ir a la Antártida, Francisco había conocido, sin saberlo, al amor de su vida. Decidió mantener el contacto con quien hoy, 40 años después, sigue siendo su mujer. «Llamábamos a radioaficionados en EEUU y nos enviábamos mensajes unidireccionales. Ellos tenían nuestros teléfonos... y nuestra cuenta bancaria», relata entre carcajadas.
"FUE UNO DE LOS AÑOS MÁS CÓMODOS DE MI VIDA"
Ambos restan importancia a su hazaña antártica. «La gente piensa que somos una especie de héroes porque es algo que se idealiza, pero cuando estás ahí en el día a día y te relacionas con personas que están haciendo su trabajo dices, 'vale, el entorno es especial, pero yo sigo siendo el mismo', así que pierde un poco el romanticismo», justifica Francisco. «Todas esas experiencias a mí, desde luego, me hicieron madurar muchísimo», asegura el ex winter-over valenciano. «Yo lo recuerdo como uno de los años más felices y cómodos de mi vida», expresa Carlos. «De hecho, a mí se me hizo corto. Me dio una pena horrible haberme ido de allí».
De su regreso a la vida normal, Francisco resalta cómo le sorprendió redescubrir el olor de la hierba. «Fue abrirse la puerta, bajar del avión y decir: 'aquí huele a naturaleza'». Para el winter-over zaragozano fue casi traumático volver a su rutina en España. «Más que haber tenido la sensación de querer irme de la base, fue al revés: cuando volví, hubo momentos en los que dije: '¡por favor, me quiero volver a la base!'».
En un pasillo del edificio Amundsen-Scott están los retratos de todos los winter-over que por allí han pasado. Carlos puso los ojos en esa pared porque los familiares del primer español en estar allí, Luis Aldaz, le pidieron que averiguara algo sobre él, ya que al parecer le perdieron la pista desde que decidió irse al Polo Sur. El físico no pudo encontrar mucha información sobre él, pero encontró a Francisco y desde allí tuvo la iniciativa de contactarlo. Al volver a España, en 2012, se encontraron en persona.
«Aunque no nos conocíamos de nada, conectamos fácil y rápidamente, como si hablaras con alguien que conocieras durante muchos años. Estuvimos muy a gusto: fue un encuentro curioso y divertido». Por horas, en la estación de Atocha, conversaron sobre el lugar que los unía y ahondaban en cómo cambió desde 1983 hasta 2012. Carlos le mostró sus fotografías digitales del entonces Polo Sur actual y Francisco le reconoció que había perdido las suyas, que estaban en carrete analógico. «Eso me dolió en el alma», confiesa.
Al conocerse, descubrieron que compartían la misma pasión por la ciencia, esa que a ambos les viene de la infancia. «Desde bien pequeño, en el colegio, la clase del profesor de física era mi favorita y fue él quien despertó en mí la ilusión por el estudio, por conocer y por la justificación del mundo mediante leyes físicas o fisicomatemáticas», relata Francisco. «Influyó mucho mi padre, que falleció hace unas semanas», comparte Carlos, «él no era científico; era relojero, pero una persona muy curiosa. Tenía revistas de ciencia y veía programas sobre ciencia».
«Cuando conocí a Francisco, entendí en enseguida por qué había sido un winter-over también. Y aunque no nos hayamos vuelto a ver, de vez en cuando hemos cruzado algún correo y está ese cariño y esa empatía», expresa el aventurero antártico del 2011. Han prometido no dejar pasar tanto tiempo antes de la próxima conversación sobre ciencia y aislamiento. Entretanto, continuarán encontrándose en los pasillos de la base Amundsen-Scott, donde sus rostros jóvenes quedaron inmortalizados en la pared que les rinde homenaje.










