«Por el cráter de Echeyde Guayota arrojaba humos, peñascos encendidos, lajas y rocotes, cuajarones de quemaduras. Y lanzaba también lenguas de lava y arroyos de escoria, y azufre, cenizas, rescoldos calcinantes». En la mitología guanche, el Teide era Echeyde y Guayota el maligno, al que sólo Achamán, el ser supremo, pudo vencer. Aunque no de forma definitiva. Según la tradición recogida por Sabas Martín en Ritos y leyendas guanches, Guayota, cautivo desde entonces, «acecha y amenaza» en los volcanes de Tenerife. Esta semana, la isla sufrió su séptimo enjambre sísmico de febrero, una cifra que supera a los registrados en los últimos nueve años. Son miles de terremotos de pequeña magnitud localizados al oeste de Las Cañadas del Teide, a una profundidad de entre 7 y 9 km.
Hoy no se cuenta con Achamán, pero las autoridades piden «calma y serenidad» aduciendo que el Teide es «el volcán más vigilado del mundo». Desde el Instituto Geográfico Nacional (IGN) se habla de una posible «nueva normalidad» que a José Manuel Marrero le causa inquietud. «Desde el punto de vista social, no es correcto hablar de normalidad. Estamos en una situación complicada en la que hay que prepararse. Cuando estás preparado, entonces sí puedes relajarte. Pero si tienes cosas por hacer, no puedes hablar de normalidad», explica este doctor en Geografía por la Universidad de La Laguna con una trayectoria investigadora desplegada en México, Ecuador y la isla caribeña de Montserrat, centrada en la gestión de crisis volcánicas y la planificación de evacuaciones.
De hecho, su tesis doctoral desarrolló un modelo de evaluación a escala variable para ser utilizado como herramienta ante una erupción. Lo aplica en los volcanes mexicanos Popocatépetl y Chichón... Y en el Teide de su isla natal. «Su sistema lleva desde 2004 diciendo "me he despertado". Está haciendo cosas normales dentro de un proceso de activación, lo que significa que la probabilidad de una erupción es significativa. Por eso el gran dilema sería cuándo evacuar. Y Tenerife es especialmente complicada porque tiene un sistema volcánico más complejo y está muy habitada, lo que incrementa el riesgo».
A entender de Marrero, la población de la isla tiene una memoria histórica tergiversada en relación con la actividad volcánica. La última erupción se produjo en 1909, con el volcán Chinyero, y afectó principalmente al municipio de Santiago del Teide, cuyo censo era entonces de 1585 habitantes. Hoy alberga más de 12.000 vecinos. De ahí también el elevado impacto que tuvo la erupción del volcán Tajogaite en La Palma (2021). «El elevado riesgo volcánico de las islas Canarias y, en especial de Tenerife, no deriva de cambios en la actividad esperada, sino del incremento de la ocupación del territorio desde el siglo XX», asevera el investigador, que considera la percepción del peligro es mayor entre los habitantes de los municipios potencialmente más expuestos, pero siguen existiendo muchos errores de interpretación.
«En Tenerife puedes tener una erupción monogenética como la de La Palma, que no sabes dónde va a salir: tienes la incertidumbre del lugar, pero sabes con mayor certeza cómo puede ser. Depende del lugar y la duración. Pero luego tienes el sistema central del complejo Teide-Pico Viejo, con características distintas y cámaras que alteran la química del magma, lo llenan de gases. Allí el tipo de actividad amplía el rango de escenarios: desde una erupción pequeña a una muy grande. Y a diferencia de otros estratovolcanes, la erupción no tiene por qué salir por el cono central. Puede salir por muchos puntos alrededor».
En el complejo volcánico formado por el Teide y la Dorsal Noroeste se han localizado casi todas las erupciones de la isla en los últimos 20.000 años. En la Dorsal Noreste, las erupciones más recientes tienen más de 30.000 años y en la Dorsal Sur, 90.000. «Vivimos en una isla volcánica al 100%. Toda la isla es un volcán. No hay zonas de peligro cero. Y no es culpa de la gente por construir aquí o allá. Es como decir que la culpa es por vivir en Canarias», incide Marrero
Desde el punto de vista científico, los 31 municipios tinerfeños juegan a la lotería de una hipotética erupción en sus dominios, pero unos con muchos décimos y otros con bastantes menos. Garachico, El Tanque, Santiago del Teide y Guía de Isora tienen un peligro volcánico muy alto. Icod de los Vinos, San Juan de la Rambla y La Guancha, alto. Y amplias zonas del Puerto de la Cruz y La Orotava, moderado. Pero el experto sostiene que no es bueno distinguir «si eso hace que la población y autoridades bajen la guardia, porque la probabilidad entre unos y otros no es tan diferente».
«Si tienes una salida, un cráter, que sale dentro de Las Cañadas, tendría que ser una erupción muy grande para afectar a zonas habitadas. Pero si sale en la vertiente norte, hacia Icod, ya lo tienes fuera», señala el investigador. La mención a Icod no es casual. El municipio se asienta sobre un territorio donde una erupción de intensidad moderada podría generar impactos severos sin necesidad de alcanzar grandes magnitudes. Marrero la toma como ejemplo en su tesis y expone que la evacuación sería la única medida eficaz, ya que fenómenos como coladas rápidas, caída masiva de ceniza, gases o flujos piroclásticos podrían afectarle en un corto espacio de tiempo, anulando cualquier respuesta reactiva.
Su investigación desmonta la idea de que evacuar consiste simplemente en «sacar gente por carreteras». Su modelo demuestra que la evacuación de Icod es un problema sistémico: alta densidad de población (más de 24.000 habitantes en 95,91 km2), red viaria limitada, núcleos dispersos, dependencia de vías que pueden quedar inutilizadas y un comportamiento social imprevisible bajo estrés.
La tesis introduce una evacuación a escala variable, integrada en un sistema de información geográfica, que simula distintos escenarios eruptivos y evalua tiempos reales de salida, cuellos de botella y colapsos de infraestructuras. Fue hecha en 2009 y lo que refleja ha ido a peor desde entonces.
De poco letal a catástrofe
«A pesar de que el municipio de Icod posee varios kilómetros de costa, sólo cuenta con una pequeña playa, San Marcos, donde podrían operar lanchas de desembarco si las condiciones del mar lo permitieran. En el norte el estado del mar durante gran parte del año dificulta la llegada y salida de la costa, que es acantilada, rocosa y de difícil acceso», detalla. Además, los aeropuertos deben cerrarse por la ceniza, por lo que se descartan en la fase crítica. Su conclusión es contundente: sin planificación previa y sin decisiones tempranas, una evacuación tardía en Icod convertiría una erupción volcánica estadísticamente poco letal en una catástrofe humana causada no por el volcán, sino por una mala gestión de la emergencia. El tiempo total de la evacuación variaría entre las dos y las 20 horas.
Marrero ha colaborado con el CSIC en el despliegue y mantenimiento de redes de vigilancia volcánica y participó en el seguimiento de la crisis volcánicas de 2004 en Tenerife y 2011 en El Hierro. Por eso recalca que «quedarte a ver o esperar cómo va a ser la erupción para tomar decisiones es jugártela demasiado». «Si la erupción es grande puede tener flujos piroclásticos, nubes ardientes que descienden en minutos y arrasan una zona. Ya no es una lava que la ves venir y sacas a la gente», destaca. «La logística para afrontarlo es más compleja y la toma de decisiones muy delicada. Son escenarios que hay que preparar con antelación, en colaboración con la población. Y si después no hay que ponerlo en práctica, genial».
El investigador tinerfeño considera que no se necesitan señales nuevas más allá de los enjambres. «El sistema ya está activo, ya es suficiente justificación». En La Palma se pensó que el proceso sería como en El Hierro, donde pasaron dos meses hasta la erupción. Pero su estructura interna era más débil y en tres semanas el magma llegó a superficie. Centenares de palmeros perdieron sus casas y la asociación de afectados Tierra Bonita ha exigido «transparencia» a las administraciones para evitar «repetir» en Tenerife los «graves errores» de gestión del Tajogaite. Señalan que hubo «falta de información», con el mantenimiento de un nivel de alerta «incoherente»: el proceso eruptivo empezó «sin evacuar antes a la población».
Por el momento, existe consenso entre los científicos en que la actividad volcánica en Tenerife ha pasado a una nueva fase con los enjambres, aunque las ocho instituciones (Gobierno de España y Canarias, Involcan, CSIC... ) que conforman el PEVOLCA concluyen que no hay probabilidad de erupción a corto-medio plazo. Aunque el director del IGN en Canarias, Itahiza Domínguez, matiza que «la probabilidad cero no existe». Marrero señala que «no se puede decir "cuando pongamos el semáforo en amarillo lo preparamos todo», porque a lo mejor resulta un tiempo demasiado corto, dado que el magma, tras 22 años de reactivación, podría necesitar sólo tres o cuatro semanas para llegar arriba. Señala que los planes actuales tienen varios problemas. «Los de escala administrativa superior se centran en la organización: niveles de alerta y quién manda. Ninguno diseña evacuaciones. Ese problema se pasa a los ayuntamientos. Pero son fenómenos que exceden la municipalidad: la erupción puede afectar a varios pueblos. En islas con límites físicos hay que tener una visión insular para planificar, no tener 31 planes chocando unos contra otros».
Establecer un protocolo de evacuación con mensajes claros es prioritario. «La gente no es tonta. Entiende que la ciencia no lo sabe todo. Pero si les dices que puede haber una erupción se preguntan: "¿Qué hago yo ahora?". Y no se les está respondiendo. En La Palma la queja principal fue esa. Las autoridades están preparando los planes y no tienen aún una respuesta clara que dar, así que ponen delante a los científicos. Y su discurso es siempre el mismo, relacionado con lo suyo, pero eso no solventa el tipo de información que demanda la población».
Aparte del kit de evacuación -DNI, tarjetas sanitarias, libro de familia, permisos de conducir, copias de escrituras y seguros, dinero en efectivo...- Marrero considera que los afectados deben tener claro si les tocará dejar su hogar o quedarse; y en el primer caso, cómo sería el proceso. Incluso, si fuera necesario, inscribirse en un portal público para indicar dónde se evacuan.
Semáforo volcánico en entredicho
En ese aspecto, Marrero es muy crítico con la gestión el semáforo volcánico del PEVOLCA. «Se diseñó para explicar a la población, de forma sencilla, la situación de alerta». Pero ese objetivo se desvirtuó al implementarlo en el plan de emergencia. «Se escribió el semáforo en una tabla conjunta que ligaba cada color a fases de alerta y actuaciones. Y ahí empieza el problema». Si el científico sube el nivel de actividad volcánica, el sistema obliga a cambiar de color. Y al hacerlo se activan una cadena de decisiones que, a lo mejor, aún no es el momento de tomar.
«Es un mecanismo rígido que genera efectos perversos en la dinámica de la gestión de la emergencia. Ejerce presión sobre el estamento científico, porque saben que si dicen una cosa u otra desencadenan consecuencias inmediatas, sin margen político. Es como si ellos tomaran las decisiones. Anulas la capacidad de decisión del político, que es quien debería asumir ese papel».
Pero no todo es negativo. Desde la reactivación del Teide en 2004 ha habido numerosos avances tecnológicos. «La vigilancia científica entonces era mínima y ahora está súper avanzada, con un personal de investigación con más experiencia. Cualquier cambio en el sistema se detecta. La parte deficitaria es la gestión. El esquema de Protección Civil que tenemos en España sigue atrasado en muchos aspectos». Considera que hay algunos tipos de peligros naturales que, por su magnitud, requieren ser abordados desde arriba. «Necesitan una coordinación entre todas las administraciones desde el inicio, no esa especie de "me desentiendo y cuando te veas con una soga al cuello cambias el nivel y me llamas". Se debe evitar la fragmentación. Todo el mundo lo sabe, pero nadie ha tomado la decisión valiente de cambiarlo».
El experto participa en el proyecto La Laguna, Naturalmente Segura de la Asociación Volcanes de Canarias, de la cual es cofundador. En él explica cómo, aunque la ciudad Patrimonio de la Humanidad tiene un riesgo bajo de erupción, podría sufrir múltiples problemas: ceniza, cierre del aeropuerto, cese de la actividad económica... «Tienes que estar preparado aunque tu municipio tenga una menor probabilidad de que ocurra una erupción, porque las islas no son tan grandes como para que no te toque nada», reitera.
Aunque la sociedad exige información, considera que «el ritmo de vida actual provoca que una gran mayoría no quiera escuchar cosas negativas». «Te dicen que quieren saber, pero cuando lo que le dices no es lo que quieren oír, que es el "aquí no pasa nada", ya no les gusta tanto. Trabajar siendo honrado y diciendo las cosas como se tienen que decir a un público adulto, sin medias tintas, es súper complicado, agotador y poco agradecido en ocasiones», concluye.

