CRÓNICA
"Se quedó mucho en la lava"

Los derrotados de La Palma que no recuperarán sus vidas: "Nos engañaron los políticos, pero también la sociedad"

El volcán Tajogaite se apagó el 13 de diciembre de 2021, pero para muchos afectados la emergencia nunca terminó. La lava sepultó casas, fincas y proyectos de vida, pero lo que vino después erosionó la salud, la economía y la confianza de miles de vecinos. Cuatro años después, los damnificados denuncian que se ha hecho una reconstrucción "opaca" donde la empatía desapareció junto a la atención mediática

Gregorio cuida el jardín de su nueva casa, aún sin agua potable ni lavadora, en el linde entre El Paso y Los Llanos de Aridane.
Gregorio cuida el jardín de su nueva casa, aún sin agua potable ni lavadora, en el linde entre El Paso y Los Llanos de Aridane.LeirbagARABA PRESS
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«Nos engañaron. Los políticos, pero también la sociedad. Hemos sido más que olvidados». Gregorio García habla despacio. Por el recuerdo de la época en la que hizo sus pinitos como actor y porque se lo ha recomendado su cardiólogo tras un amago de angina de pecho. Gregorio vivía en Todoque, el pueblo de La Palma donde se instalaron sus pentabuelos maternos y paternos. Y ahí le habría gustado morir, pero el volcán de Cumbre Vieja lo cambió todo. «Perdí mis dos casas, en la que vivía y la que alquilaba. Y ahora, cada mañana, cuando abro la puerta lo primero que veo en el horizonte es el volcán que me las quitó», relata.

Gregorio es uno de los 7.000 vecinos de La Palma que fue evacuado y sus dos viviendas están entre las 1.345 que fueron sepultadas por la lava. La desazón que sufrió entonces la ha reavivado el saber que 1.600 vecinos de Grazalema fueron sacados de sus casas por el riesgo de deslizamientos de tierra que ha provocado el tren de borrascas que azotó la provincia de Cádiz. «Si de algo me he dado cuenta es que, desde que tengo recuerdos, hay algo que siempre se repite en este país. Cuando hay una catástrofe, ya sea un volcán, una dana o un accidente de tren, las víctimas siempre les gritan lo mismo a los reyes, a los políticos y a los medios: "¡Por favor, no nos olviden!". Pero siempre lo hacen. Porque la empatía se acaba. Y entonces sólo quedan las promesas incumplidas».

Jubilado de 69 años, cobra poco más de 800 euros de pensión. Donde se ha hecho su nueva casa, junto al canal de Tenisque y la Caldera de Taburiente, en la linde entre El Paso y los Llanos de Aridane, no llega la luz. Pero ha logrado electricidad gracias a unas placas solares. Le falta la lavadora y el agua potable. «Tengo agua de obra, que realmente es la misma que la potable, pero aún no me han dejado regularizarla. Cuando vienen a revisarla me dicen que esto no figura como mi casa de primera ocupación», protesta.

Para dormir, debe tomarse «un hipnótico» y cada vez que tiene que presentar papeles se tiene que tomar «un lexatín». Y no han sido pocas las veces desde que el volcán Tajogaite entró en erupción a las15:13 horas del 19 de septiembre de 2021 en la zona de Montaña Rajada. «Aquí lo más terrible es el protocolo. El papeleo nos está matando a todos», afirma.

La erupción duró 85 días y Gregorio no olvida dónde pasó cada una de ellas. «La primera noche estuve en la casa de una pareja amiga. Después pude estar tres noches en un apartamento. Después pasé dos noches en mi coche, un Fiat Panda, junto a mi perrita ratonera Bimba, que murió hace unos meses. Tenía dentro todas las cosas que pude sacar de casa, aunque dejé atrás mis trofeos de judo, de tiro con arco... Al final encontré un pequeño apartamento turístico en Tazacorte de una señora alemana que me lo dejó a 400 euros». Lo cogió porque tenía en mente la anterior erupción, la del Teneguía en 1971, que duró apenas 24 días. Allí estuvo tres años, deseando cada día haber podido tener una de las casas de maderas de El Paso o uno de los contenedores-casa de los Llanos de Aridane.

Las casas-contenedores de Los Llanos de Aridane, con el volcán Tajogaite al fondo.
Las casas-contenedores de Los Llanos de Aridane, con el volcán Tajogaite al fondo.LeirbagARABA PRESS

Gregorio aún tiene pesadillas con «la dichosa Oficina Única», donde se supone que con sólo presentar el DNI tenía acceso a todas sus reclamaciones. «Duró un año y nos mató las ilusiones», aclara. En ese tiempo vio pasar por la isla ministros, delegados de Gobierno, presidentes del Cabildo, alcaldes, concejales... «Tú los oías y en todas las conferencias decían "estamos unidos, estamos trabajando juntos". Pero se apagó el volcán y se comían unos a los otros. Pero los que lo pagábamos éramos nosotros».

Durante días, los afectados esperaban a que se hiciesen oficiales las ayudas presentadas por las administraciones, «pero al final te tenías que enterar en la calle. Y de golpe tenías que arreglar todos los papeles en 10 días. Tirabas de humor negro cuando te decían que las notificaciones te llegaban por carta a tu casa y la tenías bajo la lava», lamenta.

Para Gregorio, «los mayores problemas» no son exclusivos de los políticos. «También los provocaron parte de la sociedad. La propia gente de La Palma me engañó a mí, y a todos, con las venta de casas y terrenos. Te daban un precio y antes de pagar te lo doblaban», resume. La finca en la que ahora vive, por ejemplo, no se podía segregar. «Como mucho podías plantar aguacates y te daban por ella 10 ó 15 euros, como tope. Yo pagué a 60 euros /m2», señala. Era un terreno rústico que pertenecía a tres hermanos y que se acogió al cambio de ley que permitía construir en ellos a los damnificados por el volcán.

Cuatro días antes de la erupción del volcán, Gregorio fue a su oficina bancaria. Salía ya por la puerta cuando el chico que le atendió le dijo «con los terremotos que hay y demás, ¿tú no quieres hacer un seguro?"». «Le dije que no, que el volcán por Todoque no iba a reventar. Pero antes de irme rectifiqué y le dije "hazme uno, pero pequeño". Me hizo uno de 70.000 euros por las casas y 6.000 por el contenido», rememora. Eso es lo que ha cobrado y con eso sólo le ha dado para la modesta casa de dos habitaciones en la que vive. La levantó él mismo con la ayuda del conocido promotor y empresario palmero 'Chicho Dos Tumbos'. «Chicho es como quiera que sea, pero es un hombre serio».

Gregorio era el revoltoso de Todoque, el que ponía las pintadas de «libertad y democracia» en un pueblo «eminentemente agrícola y muy franquista» debido a las ayudas que dio en los 60 y 70 el dictador «a fondo perdido» para las plantaciones de plátano. Ahora, de eso no queda nada, apenas 10 vecinos que han vuelto a reconstruir sobre la lava. Por eso el pasado 3 de febrero, cuando por fin le concedieron el número de su nuevo hogar, dio el paso definitivo. «Me tuve que empadronar en el municipio de El Paso. Y a nivel sentimental fue muy duro», recuerda.

La franja de negocios y viviendas de Playa Chica, en Puerto Naos, continúan cerrados por la presencia de dióxido de carbono.
La franja de negocios y viviendas de Playa Chica, en Puerto Naos, continúan cerrados por la presencia de dióxido de carbono.LeirbagARABA PRESS

«Cuatro años después, se está pagando unas subvenciones a la gente que le está permitiendo tener una liquidez importante. Las administraciones han dado una solución liberal al afectado y la mayoría ha buscado la solución habitacional por su cuenta. A fecha de hoy todavía no se puede decir que se hayan dispuesto viviendas para afectados», afirma Francisco Pulido, presidente de la Asociación Tierra Bonita. Para Francisco, el escenario que ha quedado en la isla tras la erupción «podía haber sido más dramático en otros contextos, pero en La Palma la gente tiene esa versatilidad de hacer su propia vivienda».

Eso no quita que sientan aún «rencor» por creer que «se pudo evacuar antes». «A mucha gente le cuesta hablar. Su mente se ha puesto con otras cosas. Son cuatro años ya, y se quedó mucho en la lava. Todo el mundo salió corriendo y a los que no les echó la Guardia Civil de las casas. Esa es la realidad», sostiene. Pulido, por suerte, vivía en la zona norte de El Paso y no temió por su casa. Él puso el foco en el cementerio de Nuestra Señora de Los Ángeles, en Las Manchas, donde descansaban los restos de sus padres y abuelos. Desde el comienzo de la erupción, Pulido permaneció muy atento al camino de las coladas. Temía que la lava que arrasaba con Los Campitos, La Laguna o Alcalá alcanzara el camposanto. Lo hizo el 25 de noviembre. Hoy el cementerio mantiene una gran parte sepultada y otra dañada.

«Desde la Asociación tenemos una actitud muy crítica con la reconstrucción. No vemos un liderazgo ni un horizonte claro. Hay una enorme decepción. En las administraciones nunca ha habido autocrítica y se han construido un relato de éxito a partir de una verdad desviada. Falta mucha transparencia», afirma.

Francisco pone como ejemplo la decisión del Gobierno de Canarias de ocultar los nombres de los beneficiarios de 340 millones de euros en ayudas para los afectados. La Consejería de Presidencia, Administraciones Públicas, Justicia y Seguridad, dirigida por la palmera Nieves Lady Barreto (Coalición Canaria) ha censurado la información. La Comisionada de Transparencia, la también palmera Noelia García (Partido Popular), alcaldesa de Los Llanos de Aridane al estallar el volcán, ha defendido que sí deben hacerse públicos los nombres a partir de un recurso de la Asociación Tierra Bonita. Aduce que ser afectado por una catástrofe natural «no es un hecho negativo que menoscabe la consideración social». La repuesta del Gobierno ha sido enviar al contencioso-administrativo la resolución de García, algo inédito hasta ahora en Canarias.

«Hay beneficiarios que han recibido un millón y medio de euros. Y hay gente que no ha recibido nada, casos de segunda vivienda; de gente con dificultad para acreditar sus propiedades o con conflictos de herencias. Tenemos cinco procesos jurídicos abiertos, uno de ellos penal. Queremos, por ejemplo, que las actas de los debates que alertaban de la erupción del Pevolca se conozcan», explica Francisco. También critica que haya empresarios que presionan para adquirir «al mínimo precio» terrenos de la colada volcánica pertenecientes a afectados que no tienen capacidad económica para reconstruir en ellos.

Arsenio y su mujer Carmén viven en una pequeña casa de madera prefabricada en un aparcamiento junto al cementerio de El Paso.
Arsenio y su mujer Carmén viven en una pequeña casa de madera prefabricada en un aparcamiento junto al cementerio de El Paso.LeirbagARABA PRESS

«El volcán no causó muertes directas, salvo oficialmente una, pero el después del apagado ha dejado muchos muertos por el camino. Historias que están ahí, que se silencian, que apenas suenan, gente que se suicidó, vive con una presión psicológica inmensa o sufre ictus e infartos», dicen desde Tierra Bonita. En la actualidad, quedan alrededor unos 70 contenedores-casa habitados en los Llanos de Aridane y una treintena de casas de madera en El Paso. El ritmo de retirada de las casas va en paralelo a la búsqueda de soluciones habitacionales de sus vecinos.

Uno de ellos es Arsenio Pérez, que dedica las mañanas a leer bajo el sol. Acaba de empezar El barracón de las mujeres de Fermina Cañaveras. Se sienta enfrente de casa, desde donde vigila la jaula que custodia a sus dos agapornis, acosados habitualmente por una cotorra. Su piar le traslada a otra época, no tan lejana, donde tenía 200 ejemplares en su pajarera, punto central de sus 5.000 m2 de finca en El Paraíso. Cuando estalló el volcán, él y su mujer, Carmen María Navarro, pensaban que la dirección de la primera colada les salvaría. Y si no, lo haría el barranco colindante a sus terrenos. Pero se equivocaron. Su finca fue una de las 370 hectáreas de cultivos que sepultó el volcán. Tenían tres casas, la suya y las de sus dos hijos, pero sólo una de ellas regulada.

Cuando el magma emergió, él tenía 76 años y ella, 71. Ahora, después de tres años en su casa de madera, hacen frente a una vida «en continua reconstrucción». Por la noche, Arsenio se distrae haciendo dibujos surrealistas, composiciones simétricas que corona con su firma con forma de ratón.

«A ver si vende alguno. Cuando los acaba los enmarcamos y los colocamos en la pared, pero siempre rompe algo por el camino», detalla Carmen. Ella dibujaba a óleo, pero lo ha dejado. «Se me han quitado las ganas. Pienso en todas las obras que dejé atrás y me deprime», explica. Sólo conserva dos en su actual vivienda.

El dinero que le han concedido se lo han donado a sus hijos, de 49 y 44 años, para que rehagan su vida. El pequeño, que ya les ha dado nietos, se ha ido a Tazacorte. El mayor ocupa aún la casa de madera vecina a la suya. «Hemos pasado mucho. Y no vemos que esto se resuelva. Aquí no estamos mal, no nos quejamos. Pero no es lo mismo», sostiene Carmen «Lo que perdimos era mucho. Teníamos todo tipo de flores, árboles... Era el paraíso en El Paraíso. Si al menos esta casa estuviera en el campo y no en un aparcamiento, sería diferente», dice Arsenio mientras coloca el libro en una modesta estantería. «Antes mi librería ocupaba una habitación entera», suspira. «Ayudan antes a empresarios que a los desalojados. Y lo digo yo, que también tengo mi pequeña finquita con plátanos», sentencia ella.

Aaron, junto al "inoperativo" 'muelle de emergencia' construido junto al núcleo costero de La Bombilla.
Aaron, junto al "inoperativo" 'muelle de emergencia' construido junto al núcleo costero de La Bombilla.LeirbagARABA PRESS

Mientras, en la franja de locales de la Playa Chica de Puerto Naos, la denominada zona negra, muchos continúan cerrados. Los dueños de El bodegón Franconia, el Plus del Fumador o el Gula Café llevan cuatro años esperando que deje de emerger dióxido de carbono del suelo. También permanecen clausurados 12 garajes. La autorización de acceso a las viviendas corre a cargo del Plan Insular de Emergencias, quien determina si el nivel medio de gases concentrado entra en los parámetros de seguridad. Actualmente, se supervisan los datos de 1.218 dispositivos de medición instalados en el interior de los inmuebles y este mes se ha autorizado la entrada a tres viviendas, una en Puerto Naos y otras dos en el núcleo de La Bombilla, donde vive Aaron Rodríguez, surfista de olas grandes de prestigio mundial convertido, muy a su pesar , en «víctima y activista».

Aaron tenía su escuela, Barrel Surfhouse, en la Playa de los Guirres, su «patio de juegos y refugio». La playa fue arrasada por la lava. «Nunca más se podrá dar clase ahí. La tenía a cinco minutos, con unas condiciones maravillosa todo el año. Ahora tengo que irme a la otra punta de la isla», destaca. También tuvo que evacuar su casa. Cuando pasó la lava de largo, respiró. Pero ahí comenzó su calvario. «No me dejaban entrar. Me multaban. Pero lideré el regreso», resume.

Todo comenzó con el muelle de emergencia que se construyó en La Bombilla. «Costó dos millones y se hizo en un lugar erróneo. El oleaje ya lo ha destrozado y no puede atracar ningún barco. Pero lo peor era que mientras nosotros no podíamos entrar en nuestras casas por los supuestos gases, se quedaban en la zona los operarios que lo hacían y no les pasaba nada», recuerda.

Aaron compró «un aparato detector» y empezó «a comprobar que la mayor parte de las casas no tenían gases». Así que volvió a la suya. «La policía me esperaba a la entrada y a la salida y me multaba. Contraté un abogado, fui a juicio y me pidieron cárcel y hasta 600.000 euros de multa, pero la juez me dio la razón», afirma. Sí ha tenido que pagar 10.000 euros en sanciones, dinero que ahora le deben devolver pero «no lo han hecho».

«Era un machaque brutal. Multa tras multa, siendo autónomo y sin trabajo. Me negaron las ayudas y me vi en una situación complicada. Ahora espero a que me devuelvan el dinero, pero no saben cómo hacerlo. Pero al final tuvieron que abrir La Bombilla porque lo que decían era incompatible con la realidad», recalca. En la actualidad, su sueño es que le dejen aprovechar las olas de la fajana que hizo el volcán. «Son las olas más jóvenes de Europa y cada golpe de mar suyo generaría dinero. Con una pequeña inversión, sería un punto de atracción mundial, pura economía azul».

María Adela, por su parte, tiene el contenedor-casa 78 de Los Llanos. Aún conserva la decoración de Navidad. Pero tiene justificación: ya sólo piensa en el momento en el que pueda volver a su casa de Puerto Naos. «Después de Carnaval empiezo a limpiar, recojo y me voy», dice. A su lado su madre de 92 años asiente. Vivían en un tercero al que ya dejan usar el ascensor. «No tengo queja. Se han portado muy bien y me han dejado un aparatito para medir los gases. Lo que no me han explicado es cómo funciona», reflexiona.