CRÓNICA
Navidad cristiana en los infiernos yihadistas (3)

Tur Abdin, la cuna turca del cristianismo: de 200.000 fieles a sólo 3.000, acorralados entre tierras robadas y la amenaza del ISIS

La Policía turca desarticuló el día de Navidad una célula que planeaba ataques contra "personas no musulmanas". Mientras 115 sospechosos eran detenidos, los 3.000 cristianos siríacos que habitan Tur Abdin, donde se habla arameo desde el siglo I, enfrentan una tormenta convergente: amenaza yihadista y hostigamiento estatal

Una mujer pasea por el imponente monasterio de Mor Gabriel, una joya cultural de la tradición cristiana en esta zona del sur de Turquía.
Una mujer pasea por el imponente monasterio de Mor Gabriel, una joya cultural de la tradición cristiana en esta zona del sur de Turquía.GETTY
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La operación tuvo lugar entre la Nochebuena y el día de Navidad. Aún no había amanecido cuando un enjambre de policías enviado por la Fiscalía de Estambul y la Dirección de Lucha contra el Terrorismo comenzó a tumbar con arietes y mazas las puertas de 124 domicilios repartidos por las barriadas de la Ciudad del Cuerno de Oro.

Los distritos de Esenler, Sultangazi o Baclar no aparecen nunca en las guías de turismo pero sostienen el peso de la metrópolis. Agrietados bloques de ocho o diez plantas del mismo gris cansado, balcones minúsculos con ropa tendida y acartonada por el frío, antenas de televisión como erizos metálicos en las azoteas. Y en las calles, farolas amarillas, carteles de kebab, barberías iluminadas con neones azules y tiendecitas abiertas hasta la madrugada donde se vende pan, cigarrillos sueltos y tarjetas SIM.

Son distritos construidos a toda prisa en las décadas de migración interna: familias llegadas del este de Anatolia, kurdos, turcos del Mar Negro, refugiados sirios, trabajadores de Asia Central compartiendo pisos pequeños y trabajos peores. Hay pocas plazas arboladas y muchos descampados convertidos en aparcamientos; pocas cafeterías «de Instagram» y muchas teterías masculinas con humo denso y partidos de la Süper Lig.

En las horas punta, las avenidas se llenan de minibuses blancos que escupen gente hacia las fábricas, los talleres y los centros logísticos del otro lado de la autopista. Por la noche, cuando el centro de Estambul se ilumina para la Navidad o el Año Nuevo — decoración desprovista de un sentido religioso y dispuesta para complacer a la clase media urbana musulmana— , aquí la única luz es la de los colmados miserables y la de las mezquitas: un resplandor macilento y titilante sobre un mar de ventanas.

Las instrucciones de la Fiscalía de Estambul eran precisas: barrer todo ese ecosistema de la periferia y detener preventivamente a quienes, según los servicios de inteligencia de Erdogan, trabajaban a instancias de la franquicia turca del ISIS en la preparación de atentados «especialmente dirigidos contra personas no musulmanas» durante las celebraciones de Navidad y Nochevieja. En los informes previos se hablaba de mensajes interceptados, contactos con «zonas de conflicto» y referencias a objetivos blandos: iglesias, espacios públicos atestados y fiestas de fin de año.

Lo que preocupa ahora no es tanto la vieja estructura central del ISIS en Siria e Irak como las células conectadas con la «Wilaya Turquía» y, sobre todo, con la rama de Jorasán (ISIS-K), que ha convertido Estambul y otras ciudades turcas en uno de sus grandes nodos de paso, logística y captación de combatientes hacia Europa y Asia Central.

Al cierre de la operación, fueron detenidos 115 sospechosos. El Ministerio del Interior resumió la operación en una frase diseñada para tranquilizar a la opinión pública: «Se han frustrado acciones terroristas planeadas por la organización DAESH contra las celebraciones de Navidad y Año Nuevo».

En Turquía, los cristianos caben en una nota a pie de página: entre 200.000 y 370.000 personas, según los rangos más citados, algo así como el 0,2-0,4 por ciento de una población de más de 85 millones. De ellos, apenas 25.000 son étnicamente asirios de confesión siriaco-ortodoxa, una Iglesia autocéfala de raíces apostólicas y completamente independiente del Vaticano que se separó de las corrientes grecorromanas tras el Concilio de Calcedonia y conserva hasta hoy liturgia propia en arameo, jerarquía independiente y patriarca en Damasco.

En Tur Abdin —la Montaña de los Siervos de Dios—, viven hoy entre 2.000 y 3.000 de esos fieles, dispersos en unas 30 aldeas y caseríos entre Mardin y Midyat. Son una fracción de una minoría dentro de un país abrumadoramente musulmán. Antes del genocidio, eran 200.000.

Y, sin embargo, el fascinante, antiquísimo y minúsculo enclave de Tur Abdin tiene un peso simbólico que desborda cualquier estadística. Para la Iglesia siríaca ortodoxa, esa región es el corazón de su tradición, la cuna de la cultura siro-aramea, el lugar donde el cristianismo se predicó ya en los siglos I y II.

En el monasterio de Mor Gabriel, fundado en el año 397, se sigue celebrando hoy la liturgia en un arameo casi idéntico al que hablaba Cristo: no como reliquia de museo, sino como idioma vivo de oración y catequesis. El turoyo (una variante hablada del siríaco) es también la lengua coloquial allí.

Para cualquier militante yihadista que sueñe con borrar el «cristianismo de Oriente», esa especie de reliquia antropológica es un mapa de objetivos ideales. Tur Abdin es un símbolo condensado de todo lo que el salafismo armado considera una afrenta histórica.

A principios de septiembre, en Merde, un individuo penetró en la iglesia caldea de Mar Hirmiz —un templo del siglo V encajado en el laberinto de piedra del casco histórico— y se grabó a sí mismo mientras insultaba en árabe a los cristianos, escupía odio contra la cruz y manoseaba los objetos sagrados del altar.

El vídeo, difundido por el periódico asirio Gazete Sabro, mostraba al tipo caminando por la nave profiriendo discursos de odio y burlándose de la fe de los «nasara». Había guardias de seguridad en el exterior, pero nadie intervino.

El ataque se produjo, además, «pocos días después» de la visita pastoral del patriarca siríaco Mor Ignatius Afrim II a la ciudad, una coincidencia que A Demand For Action subraya como parte de un clima ambiguo. «El mismo Estado que presume de devolver edificios eclesiásticos confiscados permite que un desconocido humille impunemente una de las iglesias más antiguas del país».

Un papá Noel regala presentes en una escuela del sur de Turquía.
Un papá Noel regala presentes en una escuela del sur de Turquía.CRÓNICA

En los últimos veinte años, un hilo muy fino ha empezado a tensarse en dirección contraria al éxodo en dirección a Europa que vació la comarca. Familias siríacas que huyeron en los años 80 y 90 —primero por la guerra sucia contra el PKK, luego por pura asfixia económica y administrativa— han comenzado a regresar desde Alemania, Suecia, Suiza o el Líbano a sus aldeas colgadas en torno al Bagok y al Tur Izlo.

LAS FALSAS POSTALES DEL REGRESO

En pueblos que habían quedado reducidos a menos de diez habitantes, como Yemili o Gülgöze, se levantan otra vez casas de piedra nuevas sobre cimientos viejos, se restauran iglesias, se bautiza de nuevo en las pilas de basalto y los veranos traen a centenares de visitantes de la diáspora que llenan durante unas semanas los cementerios y los patios de las casas. Ankara vende esa imagen como prueba de éxito de su «región libre de terrorismo». Pero detrás de las fotos de villas nuevas y carreteras asfaltadas, cada retorno es un expediente, una pelea con el catastro, una petición de ciudadanía perdida y una negociación silenciosa con un Estado que sigue sin reconocer a los asirios como minoría oficial.

Ese mismo gobierno islamista que presume de desarticular redes yihadistas para proteger a los cristianos lleva años construyendo otra clase de cerco alrededor de quienes sostienen la vida en Tur Abdin. No los señala en ruedas de prensa, pero los marca con códigos administrativos: N-82, G-87, números fríos que significan «amenaza para la seguridad nacional» y que sirven para expulsar o vetar la entrada a los indeseables sin formular cargos.

Desde 2020, más de 200 cristianos y sus familias han sido objeto de ese limbo burocrático: turcos convertidos, misioneros protestantes, sacerdotes católicos o siríacos que un día descubren en el aeropuerto que su residencia ha sido anulada y su nombre ha sido colocado en la misma lista opaca donde figuran los cuadros del ISIS.

Y a veces la presión adopta formas aún más perversas. En enero de 2020, el monje siríaco Sefer (Aho) Bileçen, del monasterio de Mor Yakup en Nísibis, fue detenido y acusado de «ayudar a organización terrorista» por haber dado pan y agua a unos combatientes del PKK que se presentaron en la puerta del monasterio. Fue condenado a dos años y un mes de prisión.

A los retornados que invierten sus ahorros en reconstruir casas en pueblos fantasma se les responde con inspecciones, pleitos de tierras, negativas a registrar fundaciones eclesiásticas, mientras los informes internacionales hablan de cristianos que «están perdiendo todo lo que poseen» por una combinación de confiscaciones, decisiones administrativas y hostigamiento judicial. Turquía, en suma, exhibe a los siríacos retornados como prueba de reconciliación al tiempo que los trata como sujetos potencialmente peligrosos.

Hace apenas siete años, la atmósfera de la región era la propia de una guerra. Los asirios quedaron atrapados entre el ejército turco y la insurgencia kurda: pasaron meses bajo toques de queda totales, con tanques en las calles y barrios arrasados. Hoy las restricciones se han levantado, pero el gobernador sigue declarando periódicamente el monte Bagok y la franja rural de Omeryan como «zonas de seguridad especial» por periodos de quince días, con despliegue militar reforzado, controles y restricciones de movimiento que mantienen a la región en una especie de estado de excepción latente.

Y los asirios siriaco-ortodoxos de Tur Abdin enfrentan un problema incluso peor que compromete más que nunca su presencia milenaria: disputas con los kurdos por las tierras, que es, a la postre, la herida que nunca termina de cerrarse.

El contencioso viene de lejos. Durante el llamado Seyfo, el Año de la espada de 1915 (el genocidio cristiano), miles de cristianos asirios y armenios fueron exterminados en la región; las crónicas siríacas recuerdan columnas de aldeanos huyendo hacia monasterios como Mor Gabriel o Mor Hananyo mientras bandas irregulares kurdas, al servicio de los nacionalistas turcos, saqueaban pueblos cristianos, violaban, asesinaban y se repartían las tierras de quienes no volverían. Un siglo después, aquellos títulos de propiedad nunca regularizados y aquellas usurpaciones toleradas por el Estado se traducen en pleitos interminables y un patrón de violencia que se repite con otro lenguaje, pero la misma lógica: «Os matamos a golpes hoy para quedarnos con lo que vuestros abuelos dejaron atrás».

En mayo de 2023, en la zona de Tur Izlo, un grupo de pastores kurdos atacó a campesinos siríacos después de que estos se negaran a ceder más terrenos de cultivo y pastos. El alcalde Hanne Akbaba, de unos 70 años, y su vecino Sha'u Tatekin, fueron golpeados hasta quedar gravemente heridos. Esa misma tarde, representantes de siete pueblos siríacos se reunieron y anunciaron que ningún pastor kurdo volvería a entrar en sus aldeas con rebaños, una especie de mini frontera étnica levantada a golpe de paliza.

Entre el ejército que declara «zonas de seguridad especial» en el monte Bagok, los salafistas que sueñan con borrar los últimos pesebres de piedra y los vecinos kurdos convertidos en contendientes por cada hectárea, los 3.000 cristianos de Tur Abdin viven rodeados de fantasmas: los de 1915, cuando las tribus kurdas actuaban como brazo ejecutor del genocidio cristiano para los Jóvenes Turcos, y los del presente, cuando muchos de esos mismos kurdos, a su vez brutalizados y masacrados por el Estado, disputan con las víctimas de sus abuelos las terrazas de viñas y los cementerios que miran al Tigris.