La carretera los unió. Y la carretera los separó para siempre, en dos accidentes de tráfico que han conmocionado a la isla de Tenerife en plenas navidades. Orimar Endrina, de 34 años, falleció la tarde del viernes 26 de diciembre en la autopista del Sur. Se deslumbró a la altura del polígono industrial de Granadilla de Abona, chocó con su moto con la parte trasera de un vehículo y, en la caída, fue arrollada por una guagua [autobus]. Adrián, su novio, de 28 años, moriría 17 horas después, a apenas seis kilómetros de distancia, en la carretera TF-65, a la altura de Las Zocas. Eran las 11:30 horas de la mañana y se dirigía a dar de comer al perro y a los tres gatos de su pareja. Fue atropellado por un Citroën C4 Cactus cuyo conductor se saltó un stop en una zona ya considerada peligrosa por los vecinos. El conductor, un hombre de 63 años, dio positivo en los tests de alcohol y drogas.
«Ori tenía unas ganas de vivir enormes. Disfrutaba la moto a tope», recuerda una amiga de la fallecida, aún conmocionada por lo ocurrido, durante la multitudinaria despedida de la joven celebrada ayer en el tanatorio del Antiguo Ikea, en la autopista que une Santa Cruz y La Laguna. Candelaria, madre de Orimar, comunicó a los «hermanos moteros» de su hija la hora y el lugar del sepelio y durante todo el día, decenas de motoristas llegados de distintos puntos de la isla se reunieron para dar el pésame a los familiares y lanzar «ráfagas al cielo» en honor a «su niña preciosa», una compañera a «la que se recordará siempre». La emotividad del homenaje fue tal que Oreana, su hermana, con la que apenas se llevaba nueve meses, sufrió una crisis nerviosa. Los motoristas acompañaron el coche fúnebre hasta el cementerio de Santa Lastenia, donde Orimar descansa ahora junto a los restos de varios familiares.
«La vida son dos días», repetía Ori. Su afán de recorrer nuevos caminos le llevó a aficionarse al mundo del motor, lo que seguía sorprendiendo a sus familiares y amigos venezolanos, donde nació en 1991. Definida como una mujer de «gran ímpetu y carácter», compaginaba su pasión por las dos ruedas con su amor por los animales. Desde que llegó a Tenerife, con nueve años, decía a todo el mundo que quería ser veterinaria, aunque finalmente realizó un curso de auxiliar y empezó los estudios de Ingeniería Química en la Universidad de La Laguna. Tras pasar dos años en Galicia, regresó a Tenerife, se instaló en El Escobonal (Güimar) y trabajó en una tienda naturista.
Adrián también era natural de Venezuela. Fue enterrado en el cementerio de Adeje, donde llegó a los cuatro años, rodeado de amigos y familiares. «Mi hijo era querido por tanta gente que ni yo sabía el alcance de su valor, y eso que lo tenía en un pedestal», contaba su madre, Ana, que el sábado acudió rápidamente al lugar del siniestro y llegó cuando el cadáver de su hijo aún estaba en el asfalto. «Destapé a mi hijo y lo vi fracturado. De mitad para arriba estaba reventado. Un hombre de 1,94 metros destrozado. ¿Y por quién? Por una piltrafa humana» recordaba. Ella misma levantó a Adrián del suelo y lo introdujo en el furgón fúnebre.
«Lo más traumático es el cómo me lo arrebataron. Mi hijo no se mató solo. No se cayó por un barranco porque se despistó o se le cruzó una piedra o un animalito. Se le cruzó un asesino con mayúsculas. Ese señor estuvo preso por lo mismo. Es un drogadicto y alcohólico reincidente al cual le han negado la entrada en muchos bares de zonas del sur de la isla por su adicción. Pero le vuelven a dar el permiso de conducir. Por eso ocurre lo que ocurre», relató a los micrófonos de La Radio Canaria.
La magistrada de la Sección Civil y de Instrucción del Tribunal de Instancia Número 5 de Granadilla de Abona ha dejado en libertad provisional al hombre detenido por la muerte de Adrián con medidas cautelares. Se le investiga por un presunto delito de homicidio por imprudencia con conducción bajo los efectos de bebidas alcohólicas, se le ha retirado el carnet de conducir, debe acudir al juzgado cada 15 días y no puede salir de España.
«Al segundo día yo no había enterrado a mi hijo y estaba ese hombre en la calle. ¿Qué le puedo decir? Yo no sé qué me duele más», aseguró Ana, periodista de formación, que tuvo al conductor que atropelló a su hijo cara a cara y comprobó que «apestaba a alcohol a dos metros». «Estaba custodiado por seis u ocho guardias civiles y tres furgones. Lo escondieron. Y, cuando me acerqué a él, poco menos que me detienen a mí», explicó con gran serenidad.
Orimar y Adrián habían comenzado una relación hace año y medio, aunque la intensidad de la misma varía según los testimonios de los allegados de una y otro. Aparte de sus raíces venezolanas, compartían su pasión por las motos y los animales. Adrián, «siempre travieso y feliz», según sus amigos, trabajó durante un tiempo en la cría de halcones y cada vez que veía una animal sufriendo o en peligro, «se desvivía por él». Por eso, tras conocer la muerte de Ori y pasar la noche en vela preguntándole a su madre y a sus amigos «¿Cómo voy a conocer a otra mujer igual?», acudió a cuidar las mascotas de ella.
Lo hizo montado en su querida Honda CBR 1000 RR R Fireblade SP 30 Aniversario que había comprado en septiembre de 2024 en una conocida tienda especializada de San Isidro, en el sur de la isla. Se trataba de una edición numerada y limitada de las que hay pocas en España, de 1.000 cc y «nacida para correr» en palabras de la propia compañía japonesa, que la presenta como la moto más potente de su catálogo. Adrián, considerado un «supermotero» por su colegas, posó orgulloso con ella el día en el que la sumó a su colección. La muerte de Orimar y Adrián eleva a 34 los motoristas fallecidos en las carreteras canarias en 2025.



