CRÓNICA
Amor, meditación y catarsis

El Arco Iris de 'Miyo': la comuna de hippies y obreros que llevó a un valle navarro a la catarsis y el sexo tántrico a gran escala

La película 'Aro berria' resucita la historia de un 'proyecto espiritual' sin precedentes en la España de la Transición capitaneado por Emilio Fiel, quien continúa ejerciendo de "activista de la conciencia". Los padres de la guionista y directora del filme, Irati Gorostidi, formaron parte esta utopía comunitaria de más de 100 personas

La película recupera 'las pirámides de meditación' que había en la comuna de Lizaso.
La película recupera 'las pirámides de meditación' que había en la comuna de Lizaso.Apellaniz y de Sosa
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«Buscábamos el despertar interior para lograr un cambio colectivo. Pero nuestras pretensiones fueron demasiado grandes». Miguel todavía recuerda aquel día de septiembre de 1978 en el que la campanilla sonó a las ocho de la mañana en la comuna Arco Iris de Lizaso, en el corazón de Valle de Ulzama, Navarra. Con ella se avisaba a todos los integrantes de que era la hora de despertarse y/o acabar la meditación y comenzar con las distintas labores que se efectuaban alrededor de aquel caserón alquilado a una orden de monjas francesas tras dejar de operar como convento.

Era su último día allí, pero ya estaba pensando en volver. «Fui por el yoga pero viví experiencias que me marcaron. Noté que algo cambiaba en mí», rememora. Volvió a su casa y notó que se le había «liberado la mente». Militante de izquierdas desengañado con sus propios compañeros, regresó en el verano del año siguiente para un curso llamado Intensiva de apertura de inconscientes. Y ya no hubo marcha atrás.

Después de 10 días de yoga, danza y música catártica, su afán de «continuar la experimentación» llegó a tal punto que decidió abandonar su vida anterior. «Éramos gente del norte que había vivido un catolicismo cerrado, moralista y represivo. Teníamos unas ganas enormes de volver al cuerpo», señala. El Miguel anterior quedaba atrás y nacía uno nuevo en la comuna más grande de Europa y la primera comunidad de sexo tántrico de España, formada ya por 80 personas: arquitectos, médicos, obreros, albañiles y mecánicos llegados de distintas partes del país.

Aquellas experiencias vuelven a salir a la luz con motivo de la película 'Aro Berria', escrita y dirigida por Irati Gorostidi Agirretxe, que la presentó en la pasada edición del Festival de Cine de San Sebastián y que se estrena en salas el próximo 12 de diciembre. En el filme, varios trabajadores de la fábrica de contadores de agua de San Sebastián, hastiados de las dinámicas obreristas, deciden montar una comunidad pionera en la meditación, el amor libre y el yoga. Sin embargo, ese nuevo entorno utópico no será inmune a los conflictos.

Arco Iris fue la primera comunidad tántrica de España, una "senda para vencer el miedo a la vida y la muerte". Los créditos de 'Aro berria' muestran fotos reales de sus vivencias.
Arco Iris fue la primera comunidad tántrica de España, una "senda para vencer el miedo a la vida y la muerte". Los créditos de 'Aro berria' muestran fotos reales de sus vivencias.GRUPO GAIA

'Aro berria' es fruto de una detallada investigación de Gorostidi, materializada también en una exposición, 'Arcoíris 82', en Tabakalera San Sebastián. La cineasta tenía las fuentes muy cerca, pues sus padres pasaron por la comunidad: su madre desde la fábrica de contadores y su padre, desde el movimiento obrero autónomo.

La comuna Arco Iris era un compendio de tradiciones espirituales capitaneadas por Emilio Fiel, Miyo, «el guía». Tenía 28 años cuando arrancó la comuna, aunque una década antes ya había fundado el Centro Sadhana de Yoga y Meditación del País Vasco. Tras estudiar económicas y vivir el mayo del 68 en Francia, participó en numerosas manifestaciones antifranquistas antes de viajar al Tíbet, Pakistán y la India, donde tomaría buena nota de del denominado del Movimiento del Potencial Humano del gurú Osho, también conocido como Bhagwan Shree Rajneesh.

«Nunca estuve con Osho, pero caminábamos paralelamente», reconoce Miyo. No suele «repasar el pasado» pero en esta ocasión hace una excepción para Crónica. «Me han hablado durante año de la película 'Aro berria' desde todas las esquinas, pero nadie ha contactado conmigo. No me han hecho ni una sola llamada y no deja de ser extraño. Creía que era porque iba a tener un argumento novelístico.», asegura. «Hay muchas cosas que no se dicen en la película, pero no se tienen por qué decir. Irati hace trabajo honesto y que refleja lo fundamental», resume Miguel, que sí ha podido ver el filme.

Al recordar aquella época, Miyo destaca que «todo era arte, alegría, danzas, eliminación de bloqueos, amor libre... Todo el juego que significaba experimentar la nueva realidad. Fue una etapa maravillosa»,. El guía de la comuna sostiene que pasaron por ella «alrededor de 100.000 personas». «Su éxito radicó en el interés que había entre la juventud por cambiar, por experimentar con cosas nuevas, por la libertad. Viniendo de donde veníamos no teníamos idea de nada pero sí una gran ilusión», añade Miguel.

Durante el rodaje, algunos actores recrearon durante 15 días los cursos que se celebraban en la comuna.
Durante el rodaje, algunos actores recrearon durante 15 días los cursos que se celebraban en la comuna.Apellaniz y de Sosa

En Arco Iris, la austeridad de los yoguis daba paso a una búsqueda de la realización a través del amor, el sexo, la fiesta y el baile. No había «ni propiedad privada ni posesión en los relaciones». Tampoco se podía tomar ni café, ni alcohol, ni tabaco y entre sus paredes se presumía de ser la primera en «afrontar los brotes psicóticos y sacar a la gente del mono de la heroína». Se hacían dos comidas vegetarianas al día y las habitaciones se repartían libremente: en ellas convivían una pareja, dos o tres, con los colchones en el suelo y sin sillas. Los niños dormían junto a sus padres hasta los tres años, edad en la que pasan a dormir en comunidad, custodiados por distintos miembros de forma rotatoria.

En su momento de esplendor, había una treintena de monitores dando cursos de todo tipo: yoga y relajación, método Rolfing -una forma de terapia corporal y de movimiento que reorganiza el tejido conectivo del cuerpo para que pueda funcionar de manera más eficaz-, masajes catárticos, costura, alfarería, telas... La consulta individual costaba 1.000 pesetas, los cursos de fin de semana 3.000 y los semanales 8.000. «Allí se trabajaba muchísimo, no éramos hippies mirando al sol. Todo era prefabricado, con mucha carpintería», destaca Miyo. La comuna de Lizaso también disponía de huertas, horno de pan y una imprenta donde producían sus propias publicaciones, dedicada a todo tipo, desde el tantra al sufisimo, pasando por los partos naturales, que era el método con el que se daba a luz en la comuna. «Yo me encargaba de la imprenta», señala Miguel. Con ella, se buscaba extender la palabra: «Dicho de forma simplista, en la moral no hay nada bueno o malo, todo lo que hay es energía y depende de cómo la vivas: si la dejas fluir, es bueno. Si la reprimes, es malo».

Para Miyo, el momento álgido de Lizaso fue en 1981, cuando él cumplió 33 años. Gurús llegados de todo el mundo aseguraban que «nunca habían visto un sitio que cumpliera tanto los ideales», aunque en ella «se cambiara varias veces de tradición». Existían otras 30 comunidades laterales repartidas por todo el país. En ellas, Miyo sí notificó alguna «problemática» con la gente que «acababa fumando porros o perdía el control cuando un día consideraban que le habían quitado la novia, o el novio». Pero todos esos incidentes fueron ajenos a Lisazo. «Allí la resolución de conflictos estaba clara: si había un problema, los dos implicados pagaban el precio. Nada más que eso. Y eso significaba un retiro de siete días, estar en habitaciones de silencio...», relata.

Aún recuerda la ocasión en la que coincidieron tres personas que aseguraban ser «la reencarnación de Jesucristo». «Cuando ya nos hinchaban mucho, los sacábamos en parihuelas hacia la puerta y los dejábamos juntos para que resolvieran sus cosas. Y el que ganaba ya que volvía y nos decía quién era el verdadero hijo de Dios». Miguel describe el liderato de Miyo como «hábil y audaz». «Tenía una gran capacidad para adaptarse. Todos agradecemos que tuviera la visión para crear Arco Iris, pero no supo ser empático con los demás», puntualiza.

Extensión a Barcelona y Tarragona

La comunidad Arco Iris duró una década. Desde Lizaso se extendió a Arenys de Munt (Barcelona) y a Alcover (Tarragona), donde construyeron un castillo árabe «y la cúpula sin hierros más grande de Europa». En 1987, tras la denominada por Miyo como Convergencia Armónica, la comunidad Arco Iris llegó a su fin. «Arco Iris había servido para pasar de tercera a cuarta dimensión» y Emilio Fiel se reconvirtió. Tras un año y medio sabático y « pagar los precios adecuados a tanta gente como me seguía» empezó un «trabajo hacia la quinta dimensión»: pequeños grupos, trabajo personal, experiencias internas, y nada de reunir a un centenar de personas bajo el mismo techo. A día de hoy, Miyo ofrece cursos, talleres y celebraciones en su Escuela ChrisGaia, ubicada en Liurama, una finca de 3,5 hectáreas situada en las faldas del Parque Natural del Moncayo a 60 km. de Zaragoza.

«Mis padres tienen una visión bastante crítica del funcionamiento de la comunidad. Y eso es lo que yo he recibido en casa», recuerda Gorostidi Agirretxe. «Pero para mí sería muy difícil una mirada que no pusiese en valor el lugar desde el cual se acercaron a la comunidad. Había comités obreros en las fábricas, comités de barrio, comités antinucleares también. Y ese tejido, al terminar el franquismo, albergaba la esperanza de que daría pie a una transformación radical de la sociedad. Cuando vieron que no era así, se llevaron una decepción enorme».

De ahí la seducción por las comunidades utópicas. «Es fácil pensar que cuando vives de una forma aislada en un grupo humano más pequeño va a ser más fácil romper con los mandatos sociales», apunta la directora. «Quizá entonces había más esperanzas de conseguirlo».

Esa búsqueda era también sexual. En 'Aro berria' los abortos ocupan un lugar importante en la narración. «Cuando me puse a investigar, me sorprendió mucho saber que esos temas estaban súper en boga en aquel momento. Mis padres estaban hablando sobre poliamor, igual que ahora», señala la directora. «Quizás tenían mucho más arrojo. Y lo manifestaron de una manera particular. Proclamaron: Si vamos a poner en duda todos los mandatos sociales que hemos heredado -la familia, el matrimonio, la pareja-, hay que romper con todo».

Resultado insatisfactorio

Sin embargo, el resultado no fue todo lo liberador y satisfactorio que esperaban. «Yo creo que se hicieron mucho daño», dice Gorostidi. «Porque, en realidad, esos mandatos están muy interiorizados. Por ejemplo, con el tema de la liberación sexual, pasaba que se autoimponían participar en prácticas que les daban miedo o incluso asco. Quizás también eran muy excitantes y despertaban su deseo, porque éste opera a un nivel muy inconsciente. Pero, según los testimonios recogidos, había mucho dolor porque resultaba algo muy violento».

Así, prosigue su relato la cineasta, cuando en la comunidad se planteaba la liberación «se decía que el tantra iba a venir a solucionar todos los problemas que tenemos con el tema de la sexualidad: hemos encontrado aquí una respuesta. Y cuando leo sus textos de aquella época, hay una especie de ingenuidad, de no entender que cuando se trata del peso de lo reproductivo, ahí hay una carga que recae sobre las mujeres».

Por eso siempre le ha costado a Gorostidi lo del poliamor. «Mis padres ya pasaron por ahí y ya se hicieron mierda. Y a mí me cuesta mucho verlo como una solución». Volviendo al tema de la ingenuidad, rescata una frase de sus progenitores: «Nos creíamos que podíamos desprendernos de todo y luego no, nos hicimos mucho daño y fue muy decepcionante».

«Éramos gente muy joven, con poca experiencia existencial. Había buena voluntad por parte de todos, pero eran cambios muy exigentes. Surgieron dificultades y contradicciones en un ambiente donde la crítica no era bien recibida. Cada uno cogió su propio camino. Siendo como éramos, no podría haber acabado de otra manera. Cada uno guarda su visión de lo que aquello fue», resume Miguel sobre el final de la convivencia en Arco Iris.

«Fue una etapa maravillosa. Se lo agradezco a los magníficos guerreros y guerreras que estuvieron allí presentes, incluso a los que luego renunciaron a muchas de esas cosas porque no podían asimilarlas en su vida cotidiana. Está claro que, como todas las etapas, Arco Iris tuvo su nacimiento, su efervescencia y, de alguna manera, de su germinación y florecimiento. Luego, simplemente, hay que salir de allí. No podía estar más tiempo en un papel que no me era cómodo. El paraíso también tiene sus sombras», concluye Miyo.