CRÓNICA
Piezas de museo

Los grandes joyeros españoles que guardan joyas napoleónicas: "Somos mucho más seguros que el Louvre"

Un broche 'trembleuse', una luna creciente de oro y plata, una pulsera plagada de diamantes... En pleno revuelo internacional por el robo del museo parisino, el lujo histórico brilla en el corazón de Serrano, donde se custodian piezas como las del tocador de la emperatriz Eugenia de Montijo. "La joyería imperial vuelve a estar de moda"

Un broche de una luna creciente de oro y plata y un broche 'trembleuse' de la época de Napoleón III.
Un broche de una luna creciente de oro y plata y un broche 'trembleuse' de la época de Napoleón III.
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«¿Llegaron ya las joyas del Louvre?». En la Joyería Vendôme de Madrid, situada en el corazón de Serrano, la broma se repite día sí, día también, desde que el pasado domingo el popular museo francés sufriera el robo de ocho piezas de la colección de joyas imperiales custodiadas en la Galería Apolo, situada en la primera planta del ala conocida como Petite Galerie. «Ay, espero que las recuperen pronto», contesta siempre Pilar Cambronero, experta en gemología y joyas antiguas. Pero la pregunta, siempre en boca de fieles clientes, tiene su retranca. Porque todas ellas saben que Cambronero custodia diversas joyas coetáneas a las robadas. Y, con todas las precauciones del mundo, está dispuestas a enseñarla. Aunque sea para espantar el susto que ha supuesto el asalto francés.

«En esta caja roja tenemos tres piezas del siglo XIX, del mismo periodo que las robadas», expone Cambronero. Fundó la joyería en el año 2000, cuando volvió de París. Allí cursó sus estudios y comenzó su carrera como negociante de piedras preciosas hasta que fue fichada como anticuaria de Joyas Antiguas en el Louvre des Antiquaires, el emblemático centro donde se exponen las piezas de alta joyería «más exquisitas del mundo» para una clientela internacional «muy exigente».

Para saber más

Los secretos que esconden las joyas de la época de Napoleón III -también conocida como del Segundo Imperio- no existen para Cambronero, habituada a la ostentación y el lujo ecléctico al que se lanzó la aristocracia y la burguesía francesa entre 1852 y 1870. «Este es un broche, denominado trembleuse, porque las flores tiemblan. Está hecho en plata y oro», detalla mientras muestra una pieza recargada y teatral, valorada en 12.000 euros y que no cuesta imaginar brillando en un baile de la corte de Napoleón III y la emperatriz Eugenia de Montijo, granadina refinada y cosmopolita. Una referencia de estilo mundial que en estos días, en los que se recuerda que inspiró a su amigo Prosper Mérimée la novela Carmen, ha pasado a denominarse la primera influencer.

«Las joyas de esa época son muy demandadas por clientes de todas las edades. Incluso por gente joven», sostiene la experta. Habla sosteniendo un broche con forma de luna creciente de 10.000 euros. «Se denomina croissant en francés y crescent en inglés», asegura. En ambos países, la luna se consideraba en el siglo XIX el símbolo de la noche y lo femenino, la guardiana de los ciclos del tiempo. Estaba «muy presente en los broches que adornaban la ropa o el cabello» y se vendía como una joya delicada a la par que misteriosa. Incluso cuando se llevaban à lo Diane, emulando la iconografía de la diosa clásica, podía causar revuelo. Lo comprobó el pintor John Singer Sargent cuando presentó en París su cuadro Madamme X, donde su protagonista llevaba una media luna encima de la frente. Quería mantener oculta la identidad de la modelo, pero todo el mundo la identificó como Virginie Amélie Gautreau, una dama de la alta sociedad conocida por sus infidelidades. El cuadro fue considerado «indecoroso». «Pero ahora esas lunas vuelven a ser tendencia, están muy de moda, sobre todo en Estados Unidos y Sudamérica. Mis clientes de allí la compran y las utilizan para decorar sus collares», asegura Cambronero.

Un anillo de esmeralda, con oro blanco y brillantes, valorado en 39.000 euros.
Un anillo de esmeralda, con oro blanco y brillantes, valorado en 39.000 euros.

Sorprende la soltura con la que describe los detalles de sus joyas napoleónicas en una semana en la que las joyerías españolas dedicadas al lujo han preferido guardar silencio. «Sentimos comunicarle que no somos de gran ayuda respecto al tema en cuestión» es la excusa más repetida por los representantes de la joyería histórica patria, instalados en Serrano, Marbella, Santander o Sevilla. «Es extraño que un gremio que quiera morar tranquilidad transmita pánico», resumía un coleccionista.

«Nuestra seguridad es mucho mayor que la del Museo del Louvre. Es mucho más difícil entrar en nuestra tienda que en el museo», revela la propietaria de Vendôme cuando se le pregunta si el asalto relámpago del museo más famoso del mundo ha instaurado el temor en el gremio. Su sistema de seguridad «nivel 3» incluye un escaparate con cristales de seguridad antirrobo -«capaz de aguantar hasta 80 golpes con una maza»- o una puerta acorazada antibalas.

«Estamos obligados a tener esas medidas, si no, no te dejan abrir la tienda. Tienes que estar a al día con la seguridad. Todo el tiempo hay que ir cambiando cosas. Nosotros ahora hemos modificado todo el sistema de alarma hace dos meses porque han subido el nivel de seguridad», asevera. Ahora, cuando suena la alarma «está la policía aquí en tres minutos», afirma la prestigiosa joyera al cerrar su cofre napoléonico. Acaba de introducir, consuma delicadeza, una pulsera de 5.000 euros, con el anverso de plata y el reverso de oro, plagada diamantes y reflejo de la evolución de la joyería.

«A medida que va terminando el siglo y comienza el XX, el frente cambia y se convierte en platino, que se asienta hasta entrada la década de los 30 del siglo XX», añade Víctor Ruano, director del establecimiento. La Joyería Vendôme, especialista en Siglo XIX, Art-Nouveau, Belle Époque, Art-Déco y Años 1940-1950, toma su nombre de la mítica plaza parisina, la zona cero del lujo mundial, donde se concentran las joyerías con más raigambre de Europa. Como argumentaba Frédérique Boucheron, que abrió allí su negocio en 1893, allí «la luz del sol hace que las joyas brillen de una forma especial». Boucheron pensaba que no había nada mejor que eso para atraer a potenciales clientes, ya fueran miembros de las casas reales de Europa o nuevos ricos. Y algo de ello permea en la joyería madrileña: a Cambronero le encanta lucir sus pieza. Y también tiene una sucursal en París.

Pulsera Art-Decó valorada en 40.000 euros.
Pulsera Art-Decó valorada en 40.000 euros.

Subastas parisinas

«En Francia tenemos una oficina de compra, porque casi todo lo compramos allí. Ahora mismo estaba con una subasta muy interesante... Estamos atentos a todas porque aquí en España no sale mucha joya antigua: en el denominado periodo isabelino escaseaban. Tienes que salir a comprar fuera», resume Cambronero, miembro de la CECOA (Cámara Europea de Consultores Expertos en Obras de Arte), una asociación de expertos y consultores fundada en París en 1987 para asesor a gobiernos, organizaciones nacionales y europeas, empresas públicas y privadas y particulares en temas de peritaje.

Tratar con una pieza del siglo XIX no es sencillo. Requiere un ojo experto, que combine en análisis técnico, histórico, estilístico y hasta químico. Primero se analiza la documentación que atesora la pieza: facturas, cartas, testamento, lienzos o fotografías de la época. Su estuche también ayuda. Sobre todo si es el original, de seda, terciopelo o cuero, generalmente con el nombre del joyero o su taller (François-Désiré Froment-Meurice, Eugène Fontenay, Jules Bapst...) estampado en oro.

Posteriormente se somete a un examen visual -diseño, técnica, desgaste- y análisis físicos: pruebas de fluorescencia con luz ultravioleta, radiografías o la contrastación de punzones, que era muy rigurosa en la Francia de la época: el material falso suele grabarse con láser, no muestra el desgaste que debería o está colocado en lugares incorrecto.

«La autenticidad de los materiales, la trazabilidad de las piedras preciosas y los certificados de calidad internacional se han convertido en factores determinantes para el valor económico y la confianza del consumidor», resaltan los informes sectoriales de la alta joyería cada vez que quiere destacar «la relevancia que va consolidando» en el panorama del lujo en España.

Todo un esfuerzo que «merece la pena» cuando se encuentra al cliente oportuno. «Las personas que compran este tipo de piezas están cansadas de lo moderno. Quieren "lo que no hay", esa pieza única que no va a llevar nadie más en un evento, por ejemplo. En Cartier, Tiffany o Suárez las joyas tienen un molde, su proceso de creación es industrial», señala Ruano.

La Joyería Vendôme es especialista en Siglo XIX, Art-Nouveau, Belle Époque, Art-Déco y Años 1940-1950.
La Joyería Vendôme es especialista en Siglo XIX, Art-Nouveau, Belle Époque, Art-Déco y Años 1940-1950.

Aunque Cambronero se declara una «apasionada por la joya antigua y su historia» que «vive permanentemente en la búsqueda de la pieza excepcional con la que enriquecer su colección» huye de todos los objetos de dudosa procedencia. «No es lo habitual, nunca ha venido nadie con algo similar. Aquí la gente viene a vender joyas que han heredado o que ya no se ponen. Y si sale alguna cosa de esas al mercado, nosotros no nos interesamos», dice con rotundidad.

Otra cosa es que en una de sus visitas a los anticuarios del mundo entero o en los salones internacionales especializados surja la opción de adquirir una joya de procedencia documentada. «Lo que pasa es que si te sale alguna pieza importante sabes que rápidamente se va a interesar un museo. Si sale una joya del periódico napoleónico el gobierno francés estará atento. Y si se trata de una joya Cartier destacada, ya sabemos que, dependiendo de su antigüedad, será la propia casa Cartier la que irá a por ella», desvela.

El robo del Louvre resonó con fuerza en el municipio de Muzo, en Boyacá, Colombia. De sus minas salieron las 32 esmeraldas (10 de ellas en forma de pera) que acompañaban a los 1.138 diamantes (874 brillantes y 264 rosa) del collar robado de la colección de María Luisa de Austria, la segunda esposa del emperador Napoleón Bonaparte. También eran colombianas las con dos esmeraldas en forma de pera de 45,20 quilates y las otras cuatro adicionales que, unidas a 108 diamantes, daban forma a unos pendientes que pertenecieron a la emperatriz, igualmente desaparecidos. También tenía esmeraldas la diadema de la emperatriz Eugenia: 56, unidas a 1.300 diamantes. Durante la huida, los ladrones perdieron esta pieza, que fue recuperada por las autoridades.

En busca de la esmeralda

«Son esmeraldas de un verde intenso, muy puro, conocido como verde muzo», afirma Ruano. El tono, que tanto sedujo a la alta joyería en el siglo XIX, también está presente en Vendôme, en forma de un anillo de esmeralda, con oro blanco y brillantes, valorado en 39.000 euros, y dos pendientes de estilo Art-Decó, donde la gema va acompañada de platino y brillantes (18.000 euros).

«En Colombia, hoy en día, ya no consigues algo así», lamenta el director de la joyería. Lo mismo ocurre con los zafiros del collar y los pendientes de la reina Amelia y la reina Hortensia, también sustraídos. «Son zafiros espectaculares, naturales, muy intensos, y a los que hoy es mucho más complicado acceder. Todo lo que antes se podía conseguir ha ido desapareciendo. Se agota. Por eso ahora hay mucha más demanda que oferta».

«Es un robo de chiste». «A los ladrones les dieron un chivatazo». «Te inventas un atraco así y se ríen de ti». «En las películas todo es sofisticado y aquí le han pagado un millón a cuatro matados». Las teorías se suceden sobre la moqueta de la joyería de Serrano. Pero bajo su lámpara de araña, a Pilar Cambronero lo que le martiriza es la duda de si los ladrones sabían lo que se llevaban o no. «Espero que las autoridades recuperen todo el botín, pero no es tan evidente que puedan hacerlo. Porque es posible que alguien haya pedido eso específicamente. Detrás del robo puede haber un oligarca ruso al que le haya entrado la locura de querer tener unas pieza así en su mansión. Y las tendría, además, ocultas, porque este tipo de joyas no las puedes mostrar, no puedes presumir de ellas», aclara.

«No me extrañaría que todo fuese ordenado por un jeque árabe o un millonario chino al que le valga tenerlas en su vitrina para disfrutarla sólo él», reflexiona Ruano. Mientras lo hace, coloca con cuidado una pulsera Art-Decó de 40.000 euros, a juego con un broche de 10.000. Remata el esplendoroso conjunto un collar con muchos pretendientes, pero aún sin dueño. «Es tan bonito que aún no tiene precio», sintetiza Cambronero con una sonrisa irónica.