En la vida, a veces, todo es cuestión de fantasear. Algunos lo hacen con el sexo, otros con el poder y muchos otros con el dinero, aunque en ocasiones todo vaya de la mano. Este pasado miércoles, durante toda una mañana, se me permitió fantasear con que era el dueño de la vivienda más cara de España —o, al menos, de la que más dinero piden por ella—.
Durante unas horas me sentí un ultrarrico, aunque la sensación fuera bastante epidérmica, alejada de la verdadera realidad que ha de vivir a diario alguien que tiene una mansión que acaba de poner a la venta por 70 millones de euros y que sólo en su garaje guarda cinco ferraris. ¡Cuánto dinero se ha de tener para que uno de esos automóviles, un monoplaza deportivo, cueste 3,5 millones y sólo tenga 57 kilómetros registrados en el contador! El capricho, hasta la fecha, es descomunal: cada kilómetro recorrido le ha costado a su propietario 61.400 euros.
Tras esta experiencia de bon vivant de taco gordo en el bolsillo, una imagen se me quedó grabada en la retina: desde la balconada de la inmensa terraza de mi habitación —la principal, por supuesto— pude ver el perfil que dibujaban en el horizonte Gibraltar, la costa de Marruecos enfrente, con sus primeras montañas al fondo, y entre ambos enclaves ese mar azul añil que esa mañana bañaba la Costa del Sol. Porque esta villa está enclavada, dónde si no, en Marbella, una de las capitales del lujo mundial. Puerto Banús está a un salto de mis nuevos aposentos.
Hacerse con esta mansión sólo está al alcance de un puñado de personas. Amancio Ortega, Jeff Bezos, Elon Musk, jeques árabes, empresarios del petróleo... Cuesta imaginar quién podría hacer tamaño desembolso. Alguien que tenga 100 millones en el banco, una salvajada, no pagaría en la vida, salvo locura o mal consejo, el 70% de su dinero disponible para comprarla. Sólo es accesible a fortunas mucho mayores. Creo que hasta Messi, Cristiano Ronaldo o John Rahm, tres de los deportistas mejor pagados del mundo, se lo pensarían mucho antes de hacer una transferencia tan abultada.
REBAUTIZADA COMO 'VILLA BELLAGIO'
Pero permítame contarle que la verdadera huella en mí fue otra. ¡Por fin! Por fin encontré un lugar lo suficientemente amplio en el que mi mujer pueda meter toda su ropa, esa que ahora distribuye entre su vestidor, un pequeño butacón que tenemos en la habitación de matrimonio y en dos de los cuatro cajones de un armario donde yo, como puedo, me abro paso para guardar la mía. Hace unos meses tiró prendas que yo ya no usaba y mudó sus sudaderas a donde yo antes acumulaba parte de mi propia ropa. Después de esa invasión, ahora yo paso los días con cuatro trapos.
Pero volvamos a mi vida momentánea de ultrarrico. Son las doce de la mañana. María Carrión, coordinadora de marketing de Engel & Völkers en Marbella, nos abre las puertas de la finca a mí y al fotógrafo Martín Mesa. La inmobiliaria para la que trabaja María ha firmado en exclusiva con el dueño de la casa el contrato para poner el inmueble en el mercado. Tras cruzar un enorme portón y echar la vista abajo aparece imponente la mansión de un magnate británico. Nadie, durante las siguientes cuatro horas, dirá su nombre. A lo sumo nos contarán de él que tiene tres hijas, varios nietos y que acumula mansiones por medio mundo. A esta viene de vez en cuando. A veces, sólo unos días. Otras, dos o tres semanas.
Ante nuestros ojos se levanta una enorme construcción de tres alturas con 5.500 metros cuadrados, edificada sobre una parcela de 14.000. Lo primero que a uno le impacta es la enorme fuente que hay entre los dos rampones que desembocan en la puerta de entrada de la vivienda. La fuente es una réplica exacta de la que tiene el conocidísimo Hotel Bellagio de Las Vegas. Aunque esta mansión marbellí se llama Villa Ricotta, se le ha rebautizado como Villa Bellagio precisamente por el espectáculo de agua, música y luces que, como el mítico hotel estadounidense, sirve de recibimiento a cualquiera que ponga un pie en ella. Su cascada se sincroniza con el ritmo de la canción que uno quiera escuchar en cada momento. Vals, ópera, rock...
EN EL RANGO DE CASAS DE MÓNACO O SAINT TROPEZ
«Esta casa es única. Es la más cara de España. Pero se sitúa, seguramente, entre las más caras de toda Europa, según los propios estudios que manejamos en la inmobiliaria. Compite en el mercado del lujo extremo con otras mansiones que sólo se pueden encontrar en sitios muy exclusivos como Mónaco, Saint-Tropez, el Lago Como o determinados barrios de algunas ciudades europeas como Múnich», cuenta María Carrión. «Está en ese mismo rango. Lleva en venta desde febrero y ya se han interesado por ella. Ya hemos tenido alguna visita in situ. Obviamente, muy pocas personas en España pueden comprarla. El potencial comprador es extranjero, eso lo tenemos claro. Más allá de la casa, quien la compre buscará exclusividad y discreción máximas», añade esta empleada de Engel & Völkers.
Villa Ricotta está enclavada en Sierra Blanca, la urbanización privada más exclusiva de toda España, por encima de otras como La Moraleja. Su propietario la mandó construir en 2020. Las obras se alargaron hasta 2022. «Se hizo todo en tiempo record, la verdad. El dueño inauguró la villa un día antes de la boda de una de sus hijas. Vinieron 400 invitados. No pudo tener mejor presentación en sociedad».
En noviembre de 2022, Villa Ricotta recibió el galardón al mejor diseño de los Premios Macael, un evento que organiza año tras año la patronal andaluza del mármol. Los reyes de España, Felipe VI y doña Letizia, entregaron el premio al propietario de la mansión, quien estuvo presente en el acto.
En él se destacó la labor del diseñador de la mansión, el arquitecto Jesús del Valle Cardenete. Era una forma de reconocer que la casa se había construido con 5.000 m² de piedra paloma para aplacados y pavimentos, y 200 m³ de material macizo esculpido entre sus 22 columnas, capiteles, bases, cornisas y resto de elementos decorativos.
La casa es un exceso en sí misma. 13 habitaciones, 16 cuartos de baño, cuatro cocinas —una principal; otra del servicio; una tercera exterior con barbacoa, y una cuarta industrial para eventos y fiestas—, dos garajes con 42 plazas, una piscina exterior de agua salada de alrededor de 22 metros de largo, una piscina interior climatizada donde es posible nadar a contracorriente, peluquería profesional, sala de masajes, ascensor...
Sólo la habitación principal, la del matrimonio propietario de la villa, mide 130 m², más que mi propia casa. Las suites principales, donde se hospedan los miembros de la familia que es dueña de la villa, cuentan con enormes vestidores individuales. Las habitaciones de los niños están decoradas hasta el último detalle con motivos de Disney y de Ferrari. En una de ellas, los pomos de los armarios y de los cajones tienen forma de pequeños bólidos de Fórmula 1.
CINE, BOLOS, BILLAR, Barra de bAR...
Aunque el dueño sea otro, la jefa de la casa es Danielle, una simpática británica que lleva media vida en España. Desde hace cuatro años trabaja con el propietario de la mansión. Es sus manos y sus ojos cuando él no está. Mientras avanzaban las obras, ella se encargaba «del papeleo»: los permisos, pagos de facturas, atención a proveedores...
Con una aplicación que tiene instalada en su móvil, Danielle puede accionar la fuente de la entrada, bajar o subir persianas, hacer descender un proyector de un techo, activar lámparas, encender el jacuzzi o incrementar un grado la temperatura de la piscina subterránea. Es ella quien nos explica cada escondite de la villa.
— No me diga que cuando está aquí sola no se da un bañito sin que nadie le vea—, le pregunto con ironía.
— ¡Uy, qué va, qué va! Yo vengo aquí a trabajar. Además, hay cámaras por todos sitios. Pero que no, yo eso no lo hago, aunque sé que mi jefe no se molestaría.
La parte donde mejor me lo paso es el sótano, donde una esplendorosa barra de bar con las mejores bebidas del mundo recibe a los invitados. Allí hay construidos 1.000 m² de pura diversión. Primero echo una partida al billar. Luego, a los bolos, contra María, la responsable de la inmobiliaria que nos acompaña en todo momento.
También puedo jugar al futbolín o al air hockey, pero prefiero tumbarme un rato en un butacón enorme de la sala de cine de la villa, que cuenta con capacidad para 22 espectadores. Dispone de asientos reclinables que ni los mejores cines premium del país, con zonas individuales de refrigeración para las bebidas y cargadores para móviles. Por tener, tengo hasta una manta por si la película me aburre y me dé por pegar una cabezada.
«Esta casa lo tiene todo», dice Danielle. «El dueño pensó en hacerse un helipuerto, pero ya hay uno aquí cerca y no le iban a conceder los permisos. Prefiere que lo recojan cuando aterriza en Málaga, que está a media hora de aquí», cuenta la empleada.
Mi vida de ultrarrico toca a su fin. Apenas han sido cuatro horas de vivir en la opulencia. Aún no he olvidado las vistas de la que fue, por un rato, mi terraza.





