CRÓNICA
Escasez de vocación

El milagro diario de los 'Papas rurales': viaje con los curas que atienden 52 parroquias en la España en la que faltan 8.454 sacerdotes

El 37% de las parroquias españolas ya no tienen un sacerdote a cargo. En las diócesis más rurales el porcentaje es mucho mayor. Los curas de esta España de las iglesias vacías tienen que multiplicarse recorriendo kilometradas. Acompañamos a José Antonio y Francisco en su larga ruta diaria: trabajo en el campo, misas, visitas a enfermos, confesiones en conventos, muchos funerales y pocas bodas

Los párrocos 'in solidum' José Antonio Crespo (izquierda) y Francisco Requena, en el Santuario de Nuestra Señora de Las Ermitas.
Los párrocos 'in solidum' José Antonio Crespo (izquierda) y Francisco Requena, en el Santuario de Nuestra Señora de Las Ermitas.
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Ellos desearían tener el don de la omnipresencia para que ninguna parroquia se quedara sin comunión, ningún afligido sin consuelo, ninguna alma sin bendición. Pero los sacerdotes Francisco y José Antonio son humanos y no siempre pueden estar. Con su humanidad, tocada por lo divino, obran milagros cotidianos para atender 52 parroquias. Si alguien pudiera quejarse por exceso de trabajo, serían ellos. Pero no. Viven su vocación con entusiasmo, con una ternura que no conoce el apuro. Y cuando se les pregunta por el peso de su carga indican, sonrientes, que es sólo «lo necesario para estar ocupados y no tener demasiadas tentaciones ociosas».

Los Papas ruralesJosé Antonio Crespo Franco (Sahagún de Campos, 1954) y Francisco Requena García (Ponferrada, 1957) son párrocos in solidum: conjuntamente están a cargo de varias congregaciones. El Código de Derecho Canónico permite esta modalidad de responsabilidad pastoral «cuando lo justifique la escasez de sacerdotes». Y en España está más que justificado. Según datos de la Conferencia Episcopal, hay muchas más parroquias (22.915) que sacerdotes (14.461). Faltan 8.454 hombres con la vocación de Francisco o José Antonio.

Es una dificultad que afronta el catolicismo. Un reto más para el Papa León XIV, del que ya es consciente: la Iglesia Católica necesita vocaciones, «especialmente al sacerdocio y a la vida religiosa». «¡La Iglesia los necesita!», clamó el Pontífice dirigiéndose a las nuevas generaciones. «Es importante que los jóvenes encuentren en nuestras comunidades acogida, escucha, estímulo en su camino vocacional y que puedan contar con modelos creíbles de entrega generosa a Dios y a sus hermanos», manifestó en uno de sus primeros discursos.

Francisco y José Antonio aceptan la invitación de Crónica para conocer su ajetreada rutina y responden con otra invitación: formar parte de su comunidad por 24 horas. Además de ser los curas de 52 parroquias orensanas (28 en La Vega, 23 en El Bollo y una en Manzaneda), semanalmente se desplazan a León (Ponferrada y Astorga). A la semana, recorren 700 kilómetros y celebran entre 30 y 40 misas.

Son, además, confesores de monjas de clausura, atienden a su vez a personas en otros conventos como delegados de su diócesis, visitan enfermos tanto en Orense como en León y ofician más funerales que bodas. «Las bodas casi siempre son de personas que vienen de fuera. Los que tenemos en nuestros pueblos ya no tienen edad de boda», comenta José Antonio con una inocente socarronería.

Al volante, el cura José Antonio, acompañado del laico Luciano Pascual.
Al volante, el cura José Antonio, acompañado del laico Luciano Pascual.

Los dos curas viven en el Santuario de Nuestra Señora de Las Ermitas (El Bollo, Orense) desde 1996. Fueron encomendados por el obispo de Astorga (León), diócesis a la que pertenecen varias de las parroquias de Orense. Son coordinados por la Diócesis de Astorga, y no por la orensana, por motivos históricos en los que la delimitación eclesiástica en la región no coincide con la división administrativa.

Pienso que Dios es providente y cada época de la historia tiene unas necesidades y unas connotaciones... Somos optimistas, pienso que también hay muchos laicos que están tomando muchas responsabilidades

El cura José Antonio, sobre la escasez de sacerdotes en España.

Ni Francisco ni José Antonio tenían en mente convertirse en sacerdotes. Pero recibieron el «llamado de Dios» sin esperarlo. Los dos estudiaron Magisterio en Ponferrada y fueron maestros de colegio. Por obligación, José Antonio incluso opositó para trabajar en la Renfe. Su familia quería que continuara la tradición: su bisabuelo, su abuelo y su padre fueron ferroviarios. Para complacerlos opositó y, muy a su «pesar», aprobó. Su vocación entonces estaba en la docencia y siguió dando clases fuera de su jornada en la Renfe.

José Antonio tenía una novia: María Jesús. Ella también era maestra. Juntos organizaron unas vacaciones enfocadas en la enseñanza. «Queríamos conocer experiencias pedagógicas y visitar las escuelas Montessori, en Italia; las Freinet, en Suiza, y otra escuela en Francia que era muy exitosa, sobre todo con alumnos difíciles».

Empezaron por Francia, querían saber dónde se fundamentaba el éxito de aquella escuela dirigida por matrimonios cristianos. «Allí fue donde tuve una experiencia personal de conversión... Allí empecé a tener claro por experiencia que Dios es amor», comparte José Antonio. Cerca de los 30 años, se replanteó lo que quería para su futuro. Finalmente, no hubo boda, ni Renfe, ni colegios. Entró al seminario de Astorga y hoy es el párroco «moderador», es decir, el responsable de coordinar la cura pastoral.

El sacerdote Francisco Requena, en una misa en El Bollo (Orense).
El sacerdote Francisco Requena, en una misa en El Bollo (Orense).

Francisco, por su parte, tampoco tuvo claro que se convertiría en sacerdote. Hizo el Magisterio, donde conoció a José Antonio. ¿Cómo llegó a formar parte de la Iglesia Católica? «Si te lo digo, me ingresas», responde sonriente. Asegura que, en los momentos de mayor inquietud, abría su Biblia y en las primeras líneas que leía, encontraba la respuesta ansiada. Por ejemplo, en un grupo de oración rezaron por él y «algo salió: como que Dios pedía que yo fuera sacerdote. Yo marché escopetado», continúa sin borrar su sonrisa. Pasó el tiempo y volvió a las sagradas escrituras. «Abrí y ponía: "Yo te he escogido para ser sacerdote". Y cerré. Y volví a abrir. Dos veces lo mismo». Finalmente, fue al mismo seminario en el que más tarde se le uniría su amigo José Antonio.

Los dos se ordenaron como sacerdotes en Astorga. Su primer destino, en 1990, fue El Bierzo (León). En 1996, los derivaron a Las Ermitas para atender «entre ocho y 10 parroquias», un número que se incrementó a medida que otras zonas se quedaban sin sacerdotes y sin jóvenes que los sustituyeran. «Cuando llegamos aquí, había pueblos que tenían 40 personas y ahora tienen dos. Es la España vaciada».

El lugar donde viven desde hace 28 años está situado en una ladera apartada que propicia la soledad y la vida contemplativa. Continúa el relato José Vega, guía custodio del Santuario de Las Ermitas, que conoce «mejor que nadie» los 400 años de historia, recién cumplidos, de la iglesia. El nombre de la zona viene de unos ermitaños que «llegaron a finales del siglo VII e hicieron siete ermitas». Un siglo más tarde, encontraron en una cueva la imagen de una virgen y «entre pastores y ermitaños deciden llamarle Virgen de Las Ermitas».

En 1624, don Alonso Mesía de Tovar, entonces obispo de Astorga, enfermó en el pueblo de San Miguel de las Dueñas, a nueve kilómetros de Las Ermitas. Un médico le informó de que le quedaba muy poco de vida. «Él se encomendó a la Virgen de Las Ermitas, tuvo una visión, vio cómo la virgen le impuso las manos sobre la frente y se curó», continúa el guía custodio. Días después, el obispo acudió a agradecer su «milagro» en la pequeña capilla en la que se posaba la imagen. «Y dijo que la madre de Dios debía tener una capilla mucho más grande. Así se empezó a construir este lugar en 1624».

José Antonio Vega dando una misa en una residencia de ancianos en La Vega (Orense).
José Antonio Vega dando una misa en una residencia de ancianos en La Vega (Orense).

Es en ese santuario, y en los edificios que lo acompañan, donde suceden la mayoría de los milagros de los Papas rurales. Aquí compaginan su vida pastoral con la comunitaria. Comparten su hogar no sólo con otros religiosos y laicos, sino también con personas que tocan sus puertas en busca de esperanza. Al llegar, Francisco presenta orgulloso a los miembros de su «familia» que, como tal, no pagan por comer y dormir allí. Sólo tienen que mostrar su compromiso de respetar las normas de esa «vida comunitaria, pero con libertad» en su «proceso de lucha contra el impío».

Todos sonríen, pero esconden historias que inspirarían guiones dramáticos. Almas rotas. Adicciones a las drogas, al alcohol o a las tragaperras. Infancias difíciles. Crisis adolescentes. Suicidios fallidos. Años de cárcel. Juicios pendientes. Familias rotas. Indigencia. Padres o madres separados de sus hijos y que sueñan con abrazarlos. Batallas contra la depresión... Ellos intentan mejorar, aconsejados por los sacerdotes, que ya conocen lo mejor y lo peor de esas 20 personas con las que comparten pan y techo. «La comunidad es un adelanto del cielo en la Tierra», describe Francisco.

Aquí estuvo un musulmán y yo le dije: "¿Tú crees en Alá? Pues, ¡hala!"... La libertad de conciencia es fundamental. Dios sabe cuándo en cada corazón, por eso nunca insistimos

Francisco Requena, sacerdote.

En este hogar son fieles defensores de que «todo comienza con la oración». Aquí, las conversaciones mundanas son interrumpidas constantemente para establecer una conexión con lo divino. El día comienza con una oración personal en la capilla. Sigue el rezo de las Laudes. Se acude a misa, como mínimo, una vez al día. Se ora por el jubileo correspondiente a 2025. Un Salve cuando se llega o se abandona el santuario en el coche...

...Y oración para bendecir los alimentos de cada comida. El comedor es el espacio donde la «familia» aprovecha para intercambiar sus experiencias de fe. O experiencias en general, porque no es requisito para los huéspedes el creer en el mismo Dios para recibir un plato de comida. «Aquí estuvo un musulmán y yo le dije: "¿Tú crees en Alá? Pues, ¡hala!"», ejemplifica Francisco. «La libertad de conciencia es fundamental. Dios sabe cuándo en cada corazón, por eso nunca insistimos». Luego, quizás, «un milagro sucede». En casa aún recuerdan a ese islamita radical que «tenía el proyecto de coger un camión y matar a todos los que pudiera en la feria de las fiestas de su pueblo» y que dio «un cambio tremendo».

Te aseguro que llevaba nueve meses sin sonreír. Sonreír podía sonreír, pero que me saliera del alma, no. Y ellos consiguieron que yo poco a poco recuperara la sonrisa

Una huésped en el Santuario de las Ermitas.

Mientras todos comen, algunos se turnan para alimentar a un hombre que tiene problemas para llevarse los alimentos a la boca. Los sacerdotes se suman a la tarea con paciencia. También ayudan a servir y a recoger los platos. Entretanto, conversan con sus «familiares». El martes pasado, una de las chicas tenía un semblante de profunda tristeza durante la cena. Antes se había pasado la misa llorando. José Antonio muestra preocupación por ella y mantiene una conversación aislada. Francisco intenta subirle el ánimo con bromas que de vez en cuando ocasionan un temblor en la comisura de sus labios.

Al día siguiente, esa mujer, más animada, se confesará con Crónica (y que no se enfaden los curas por esta usurpación de funciones): «Te aseguro que llevaba nueve meses sin sonreír. Sonreír podía sonreír, pero que me saliera del alma, no. Y ellos consiguieron que yo poco a poco recuperara la sonrisa».

CONVERSACIONES DIVINAS Y MUNDANAS

Aunque de vez en cuando alguien se atreve a reflexionar sobre su vida personal o su relación con Dios, durante las comidas abundan los chascarrillos que auspician los propios curas o los más jóvenes. A la par que se hacen lecturas de pasajes bíblicos, también hay espacio para conversaciones mundanas, como un debate sobre si es mejor decir «mayonesa» o «mahonesa». Mientras un veinteañero considera que lo correcto es decir «mayonesa», «aunque la RAE acepte ambos términos», Francisco coge su móvil, finge que lee la pantalla, y dice: «A ver: lo correcto es ma-ho-ne-sa: Algunas personas ignorantes han inventado el nombre de mayonesa. Se les puede dar la razón por si no son humildes...». Risas.

El sacerdote José Antonio trabajando en el huerto de la comunidad junto a Florencio Salvador.
El sacerdote José Antonio trabajando en el huerto de la comunidad junto a Florencio Salvador.

El teléfono de los sacerdotes recibe llamadas y mensajes incesantes. Son «almas perdidas espiritualmente» que piden pasar una temporada en Las Ermitas. Los casos se exponen en un coloquio en el que todos deciden si es momento de abrirle las puertas a alguno más. «Si tú tienes una atadura, no puedes convivir. Sinceramente, esto es un milagro de Dios. Si no, no podríamos convivir siendo tan distintos», señala el cura moderador. Bajo un mismo techo, hombres y mujeres, creyentes y ateos, de diferentes pasados, edades y nacionalidades.

En el desayuno del día siguiente, José Antonio atiende una nueva solicitud por teléfono, otro adicto a las drogas que quiere cambiar de rumbo: «Te explico cómo vivimos: se respeta, se trabaja, se reza, se madruga. No se fuma, no se bebe alcohol ni café... Se come de todo. Se hacen tareas de campo y tareas domésticas», le informa el cura moderador. «Para poder ayudar necesitamos llegar a un punto, tener un compromiso por parte de la persona. Al que algo quiere, algo le cuesta», argumenta su compañero pastoral.

"son encantadores, hacen la misa muy amena y divertida"

Acabado el desayuno, José Antonio se desplaza 21 kilómetros para oficiar una misa en una residencia en el pueblo de La Vega. A las 11 en punto llega y saluda a cada individuo que escuchará su prédica. Reparte abrazos y pregunta a los de salud comprometida si han mejorado. Arranca la misa contagiando su sonrisa a los fieles y cantando al ritmo de «Cantaré, cantaré, cantaré alabanzas al Señor».

«Ellos [los ancianos] están esperando el día de la misa... Aunque tú creas que la gente con alzhéimer no se está enterando de mucho, el hecho de la misa les da una alegría», cuenta Ana Silva, una de las responsables del centro. «Son los únicos sacerdotes que vienen y tienen bastante trabajo, pero vienen igual, por lo menos una vez al mes. Son encantadores, hacen la misa muy amena y divertida», agrega Mónica Rodríguez, también encargada.

Con tantas tareas a su cargo, José Antonio y Francisco rozan la omnipresencia gracias a su equipo de trabajo. Uno de ellos es Miguel Ángel Padilla Sánchez (Ponferrada, 1967), sacerdote colaborador: además de ser el cocinero en Las Ermitas, oficia misas en los pueblos. Entre los tres se reparten, por ejemplo, la de los domingos, de manera que al menos nueve parroquias puedan tener la ceremonia, tocando a tres cada uno. «Todos quisieran tener misa el domingo, pero les decimos: "Mira, 52 pueblos no pueden tener misa un domingo. Aunque somos tres, pero divides 52 entre tres, y no sale"», enfatiza José Antonio.

El sacerdote moderador José Antonio Crespo saluda a los mayores de la residencia de La Vega.
El sacerdote moderador José Antonio Crespo saluda a los mayores de la residencia de La Vega.

Los laicos Luciano Pascual Moralejo y Florencio Salvador de Villa son también pilares en los servicios pastorales de los párrocos in solidum. Viven en la misma comunidad. El primero los acompaña desde su encomienda en El Bierzo; el segundo, desde hace 16 años. Ellos han sido testigos del cariño que se ganan los curas por donde pasan. «Cada vez que tienen que dejar de atender alguna parroquia porque el obispo les encarga otra cosa, las personas se quedan llorando», expresa Luciano.

Cada vez que tienen que dejar de atender alguna parroquia porque el obispo les encarga otra cosa, las personas se quedan llorando

Luciano Pascual, laico.

Florencio y Luciano viven su fe con intensidad. Les preguntamos si no pensaron en convertirse en curas. Responden que llegaron a planteárselo, pero que finalmente no recibieron esa llamada de Dios para el sacerdocio. No obstante, José Antonio no se lamenta por la falta de curas. «Pienso que Dios es providente y cada época de la historia tiene unas necesidades y unas connotaciones... Somos optimistas, pienso que también hay muchos laicos que están tomando muchas responsabilidades: el compartir la fe, el comunicar la fe... Los laicos están haciendo maravillas hoy. Si hubiera muchos curas, a lo mejor los curas no le dejamos hacer tanto», argumenta.

Respecto a la «crisis de fe» en España, el párroco moderador analiza que se debe a que «hay como una politización de la sociedad: se espera que todo lo resuelvan los políticos». Considera que también hay «una cierta desvalorización de la vida de oración. Tanto es así que muchas de las personas que vienen aquí pidiéndonos ayuda no tienen ningún tipo de cultivo religioso». Asimismo, los curas han constatado que otro factor en contra es el «interpretar las dificultades, que necesariamente se viven en la vida, más como un problema que como una oportunidad para crecer».

España tiene un déficit de más de 8.000 curas y la tendencia es que cada año sean menos. Pero como buenos hombres de fe, José Antonio y Francisco están convencidos de que eso cambiará, que tendrán sucesores que seguirán transformando vidas. Como el Papa León XIV, los Papas rurales instan a la juventud a acercarse a Dios.

Don José Antonio concluye con un testimonio de su experiencia: «Lo más gratificante de mi trabajo es la libertad que como sacerdote experimento para hablar con Dios y comunicar acerca de Dios a las personas que me encuentro por el camino. Y, sobre todo, el tener desde la mañana una conciencia más clara de que la vida sin Dios no tiene sentido».