CRÓNICA
El dato que faltaba

Las 12 tomas (dos en negro) para el retrato perfecto de Mario Vargas Llosa

En la semana de su fallecimiento, las instantáneas hechas, con cámara analógica, al Nobel de Literatura; y ese momento de 2016, contado por su autor. "Es el retrato con la oscuridad más brillante que nunca haya hecho"

Las 12 tomas (dos en negro) para el retrato perfecto de Mario Vargas Llosa
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Tenía el silencio encima. Silencio que revelaba algo misterioso y evasivo. Un silencio que no encontré en ocasiones anteriores. La entrevista había sigo larga, honda y cordial. «Ahora es tuyo», me susurró el periodista Antonio Lucas al oído. Entendí que también se refería al silencio que aplomaba la biblioteca de la mansión y le agradecí la cesión.

La primera vez que me aproximé a Vargas Llosa fue a principio de los años 90. Después, hasta ocho o nueve veces, con la publicación de cada nuevo libro. Años de rondas de entrevistas, con tiempos tasados y escasos para las fotos. Presentaciones con el cliché de primero la entrevista, fotos al final; bajo la presión del próximo compañero que espera turno. Lituma en los Andes (1993), Los cuadernos de don Rigoberto (1997), La fiesta del Chivo (2000), La civilización del espectáculo (2012).

Busqué una oportunidad mejor, cuando Pepe Ribas me encargo una portada de Ajoblanco, pero caí en la distracción de una comida amable, demasiado familiar para afinar los detalles decisivos de un buen retrato. Ese día de febrero de 2016, no solo era el silencio, el escritor tenía una complexión física más interesante, como si el tiempo hubiese ajustado mejor su encarnadura.

La "perfecta foto imperfecta" del escritor peruano, portada de EL MUNDO el pasado martes, 15 de abril de 2025.
La "perfecta foto imperfecta" del escritor peruano, portada de EL MUNDO el pasado martes, 15 de abril de 2025.

Mientras cargaba la película en el chasis de la Hasselblad, hablamos unos minutos de su hija Morgana; colega de profesión, con la que coincidí en Madrid haciendo reportajes de calle y su descubrimiento de otras dimensiones más artísticas de la fotografía. De Martín Chambi, el fotógrafo peruano que agarró con toda su fatalidad la penumbra iluminada de la boda del precepto de Cuzco Julio Gadea.

Salieron Los cachorros y el rupturista formato de la colección Palabra e Imagen, el ojo antropológico y la independencia de Xavier Miserachs y el carácter convincente de Oscar Tusquets. La tarde se arruga y todo se va haciendo largo para el escritor. Hago varias fotos seguidas, casi sin pausa, sin indicación previa. No me convencen.

Busco otro ángulo y doy dos pasos a la derecha. Escucho un ruido mecánico raro y temo que la cámara se haya averiado, pero al mover la palanca de avance, todo vuelve a su ser. Aún me quedan dos disparos. La geometría del peinado a raya, el ajedrezado de la camisa, la nariz aguileña y la mirada que sale fuera del encuadre serenan y equilibran la composición. Todo está en línea, todo en el mismo punto de fuga.

Como colofón, el chillido estridente de un mirlo que parece recriminar el hallazgo. «Qué casualidad lo del pájaro», dice Vargas Llosa. Es el retrato con la oscuridad más brillante que nunca haya hecho. También el que más he tardado en hallar. Es la número 11, perfecta foto imperfecta.