CRÓNICA
Buscando a la niña silenciosa

Avenida Mariscal Tito, Mostar: el infierno en el que los cascos azules españoles levantaron una guardería

Ahora que se plantea cada vez más el envío de tropas españolas a Ucrania, hablan los soldados que aterrizaron en Bosnia en la primera misión exterior de la democracia en suelo europeo. Tenían que mantener una paz inexistente en una ciudad sitiada y destruida, que guarda un gran recuerdo del legado español. Uno de los motivos: aquellos niños de los soportales, como la misteriosa Alissa, a los que ayudaron a crecer y a los que han buscado décadas más tarde

Víctor Pujol, con casco azul, junto a la pequeña Alissa en la ciudad bosnia de Mostar en los años 90.
Víctor Pujol, con casco azul, junto a la pequeña Alissa en la ciudad bosnia de Mostar en los años 90.CRÓNICA
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A Mostar —igual que a Dracevo, Medjugorje y Trebinje— los militares españoles llegaron como cascos azules. Lo hicieron en su primer despliegue como parte de la Fuerza de Protección de Naciones Unidas (UNPROFOR). No iban a ganar una guerra ajena, sino a intentar luchar por el mantenimiento de una paz inexistente tras la disolución total de la antigua Yugoslavia. Fueron testigos directos del odio entre vecinos que hasta el día anterior compartían mesa, de la limpieza étnica, la destrucción y la pobreza que acabaría dejando más de 1.300.000 refugiados. Era la Guerra de Los Balcanes y su primera misión exterior en suelo europeo en democracia. «Política y militarmente existían muchas limitaciones, pero nos dimos cuenta de que lo más positivo de la misión era la relación con la población civil», señala a Crónica el hoy coronel Víctor Pujol. Sin buscarlo acabaron siendo parte de la ciudad y, sin que nadie lo planease, fueron miembros de la guardería más improvisada del mundo: la de los soportales de la avenida Mariscal Tito.

A tan solo dos horas y media de vuelo desde España se encontraba un territorio europeo que «olía a pólvora, enfermedad y muerte». Un recuerdo que, desde 1993, perdura en la memoria de Víctor. Han pasado casi 30 años desde el fin de la guerra, pero al igual que muchos de los más de 46.000 militares españoles que pasaron por Bosnia, de entre todo lo que no se olvida hay algo que destaca: los niños. «Estaban siempre en la calle. Cuando llegamos [la tercera agrupación] ya hablaban español, lo habían aprendido con los legionarios», rememora. Y es que la primera remesa de hombres y mujeres de paz españoles en Bosnia fueron, en gran parte, miembros del Cuarto Tercio de la Legión.

Con el paso de los años, los nombres de la mayoría de los niños de la zona oriental de la ciudad —en buena medida, bosníacos musulmanes— se han desvanecido, pero uno todavía permanece claro: Alissa. Tanto que, casi tres décadas después, Pujol intentó localizarla.

Alissa tenía siete u ocho años entonces. No hablaba con los otros niños. Tampoco lo hacía con los soldados. No hablaba, en realidad, con nadie. En español no lo podía hacer porque nunca lo llegó a aprender. Las escasas palabras en bosnio que pronunciaba parecían que era un lujo que no se podía permitir. Patrullaban la zona oriental de Mostar y, de repente, sentían un tirón en la mano. Miraban a un lado y ahí estaba ella. Siempre igual: en silencio. «Nunca la vi jugando con los otros niños. A pesar de que no hablaba, era una niña muy dulce. Es increíble que, aunque apenas llevábamos un año allí con las otras dos agrupaciones, casi todos los niños hablaban perfecto español, pero ella sólo te respondía cuando le preguntabas por su nombre», recuerda.

EL RELEVO DE ALISSA

Con el tiempo, a los cambios de guardia terminaron bautizándolos como el relevo de Alissa. No importaba quién se fuera ni quién llegara, ella simplemente pasaba a agarrarse de la mano del siguiente teniente. No pedía nada, no buscaba nada, sólo caminaba a su lado hasta que conseguía algo de comida. Entonces, desaparecía. Se escurría entre los soportales y los escombros, envuelta en un chaquetón gris «dos o tres tallas más grande» de lo que correspondería para su pequeño cuerpo. Así aparece en la foto que ilustra este artículo. Al día siguiente volvía y repetía la rutina. Nunca le conocieron familia, ni tampoco supieron de dónde venía ni a dónde iba cuando se alejaba. Sólo que siempre regresaba.

Alissa, de rojo y gris, junto a otros niños en los soportales de la Avenida Mariscal Tito de Mostar.
Alissa, de rojo y gris, junto a otros niños en los soportales de la Avenida Mariscal Tito de Mostar.CRÓNICA



Los niños fueron la única tregua de los cascos azules en Mostar. En una ciudad sitiada, donde los adultos solo aparecían para recoger provisiones, ellos estaban en todas partes: asomados a ventanas rotas, en los huecos de las paredes o en los callejones donde la guerra no les había dejado más espacio que el necesario para esconderse. Pocos superaban los 15 años.

Casi todos aprendieron a saludar, a bromear, a repetir palabras en un idioma que no estaba en los manuales de ayuda humanitaria. Pasaban largas jornadas junto a los vehículos blindados e, incluso, algunos hasta bien entrada la noche parecía que hacían guardia en su propia zona de juego. Se subían a los BMR parados, se probaban los cascos y los chalecos, jugaban con lo poco que la guerra les había dejado. Y los soldados encontraron en ellos una certeza: que, aunque el mundo se estuviera desmoronando, los niños seguían siendo niños. «Siempre eran los mismos. Venían, jugaban y se divertían. Y en los soportales estaban más o menos protegidos por los sacos terreros que había», cuenta.

Fue una simbiosis extraña, donde no se sabía quién había adoptado a quién. Ambas partes acabaron viéndose en la rutina de compartir raciones, regalar chocolate y, sin quererlo, formar parte de sus días. No se supo cuándo empezó, pero un día alguien necesitó traducir algo y un niño lo hizo. Y después otro. Y otro más. Cuando quisieron darse cuenta, los niños eran más que niños. Se habían convertido en pequeños e improvisados intérpretes de los españoles. «Un niño de unos 12 años podía traducir una conversación perfectamente. Le decías: "Oye, te necesito porque tengo que hablar con esta persona" y él te hacía de intérprete», explica Víctor.

Niños bosnios se prueban los cascos y los chalecos de los militares españoles en Mostar.
Niños bosnios se prueban los cascos y los chalecos de los militares españoles en Mostar.CRÓNICA



Por mucho que las tropas españolas no pudieran utilizar la fuerza ni las armas, no estaban exentas de recibir la violencia de la artillería de los diferentes bandos. Desde el monte Hum, a 436 metros, los francotiradores disparaban ráfagas de morteros y kalashnikovs, apuntando a la población civil. No había siseo que sirviera de aviso. «A veces, parecía que el entretenimiento era disparar cuando se escoltaba a los convoyes de ayuda humanitaria», apunta el coronel. «Gracias a que había cascos azules allí, la ayuda humanitaria fluía con cierta periodicidad. Si no hubiéramos estado, quizás la ayuda se hubiese quedado en una carretera».

A menudo se quedaban detenidos en los checkpoints durante horas, incluso días, convirtiéndose en blancos fáciles para los combatientes que los vigilaban desde las alturas. Así ocurrió el 1 de junio de 1993. Una bala atravesó el cuello del teniente Jesús Aguilar mientras escoltaba en uno de los blindados un reparto de plasma sanguíneo entre el hospital cristiano y el musulmán de Mostar. Siempre había miradas observando sus movimientos. No se sabe si la bala iba dirigida a él o si fue el azar, pero lo que sí se sabe es que la bala lo mató.

El sitio de Mostar duró dos años. «Una zona de conflicto no respeta a nadie», dice al recordar la cantidad de víctimas y heridos. No sólo rescataron cadáveres de la población civil o compañeros, también de otros, como los de los tres integrantes de un equipo de la radiotelevisión pública italiana (RAI) asesinados por una granada de mortero croata cuando accedían al hospital musulman para preparar un reportaje. A su vez salvaron vidas al límite, como la de la cooperante de Unicef Selma Slipicevic, cuyo destino, por un suspiro, no fue el de ser otra más en la lista de muertos.

REUNIONES EN LA PLAZA DE ESPAÑA

Los españoles también organizaron reuniones de acercamiento entre bandos. Y encuentros entre familias separadas. En la actual Plaza de España crearon un espacio neutro para que, por unas horas, padres e hijos, amigos y hermanos, pudieran volver a verse. Aunque solo fuera por un instante, aunque la guerra esperara afuera. «Con nuestra presencia no se perdió la esperanza, por lo menos en la ciudad», señala.

Un grupo de niños bosnios, entre ellos Alissa (a la izquierda), con soldados españoles en Mostar junto a sus carros de combate.
Un grupo de niños bosnios, entre ellos Alissa (a la izquierda), con soldados españoles en Mostar junto a sus carros de combate.CRÓNICA



A día de hoy, en Mostar aún recuerdan la labor de los españoles. Los mismos que abrieron la ruta del Neretva —conocida como la de la Muerte y, más tarde, como la de los españoles— para que la ayuda humanitaria llegase desde el mar Adriático hasta Sarajevo. Y también los mismos que convivieron con ellos durante años. Los soldados que estuvieron en Bosnia aún la recuerdan, a pesar de las otras que vinieron después como Líbano, Irak o Afganistán. Dice Víctor que puede que sea porque para la mayoría, que apenas llegaban a la treintena de edad, fue la primera.

En 2022, el coronel localizó a Alissa. No recordaba nada de la guerra y él decidió no molestarla. Alissa tiene ya cerca de cuarenta años y, como le hicieron saber a este militar, sigue sin saber hablar español. Al menos parece que no guarda heridas de uno de los conflictos más sangrientos en suelo europeo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pujol sigue pensando en aquellos niños de los soportales: ahora serán —si la guerra se lo ha permitido— hombres y mujeres que, quizás, desconozcan lo que supusieron para las primeras generaciones de cascos azules españoles.