Para las personas migrantes que quieren salir de Marruecos, Perejil no es un destino, ni siquiera una opción consciente. Es un lugar al que las corrientes los empujan cuando todo lo demás falla. En su desesperación por alcanzar Ceuta, desconocen que esta roca deshabitada, sin agua, refugio ni resguardo, no es más que un espejismo de salvación. Muchos creen que alcanzar tierra firme, aunque sea una roca en medio del mar, podría significar el final de su pesadilla. No saben que caer en Perejil no sólo no los acerca a Europa, sino que los deja a merced de decisiones entre España y Marruecos que ellos ni entienden ni les importan.
En la madrugada del lunes, ocho jóvenes marroquíes se lanzaron al agua desde Punta Leona, un acantilado coronado por una base militar de la Armada marroquí que alberga un radar costero encargado de vigilar la zona comprendida entre el puerto de Tánger Med y los islotes de Punta Almina, en la entrada al Monte Hacho de Ceuta, incluyendo el islote Perejil. La distancia que pretendían recorrer parecía manejable: apenas 250 metros hasta Perejil, un enclave deshabitado que, para muchos, representa una tabla de salvación temporal en su desesperado intento por alcanzar Europa. Sin embargo, el mar, implacable y traicionero en esta parte del Estrecho de Gibraltar, no perdona errores de cálculo ni falta de fuerza. Ninguno de ellos logró llegar a la roca.
Las corrientes, invisibles pero brutales, los empujaron de vuelta hacia la deriva. En plena lucha contra el frío y el cansancio, el rescate llegó en forma de una patrullera de la Gendarmería marroquí, activada tras una llamada de auxilio. Las autoridades marroquíes notificaron a la Comandancia de la Guardia Civil de Ceuta que procederían a la intervención, lo que da cuenta de la estrecha colaboración entre ambos países en materia migratoria.
Los migrantes no buscaban Perejil como destino final. Su objetivo último era Ceuta, apenas ocho kilómetros más allá, una de las dos ciudades de entrada a Europa. Pero la fuerza de la naturaleza convierte los 250 metros en una trampa mortal. Las corrientes que convergen entre Punta Leona y el islote no sólo dificultan la travesía, sino que también desorientan a quienes se aventuran en el agua, empujándolos hacia un peligroso punto de no retorno.
Para quienes se lanzan al mar, Perejil parece un refugio a mitad de camino. Una roca desierta con dos pequeñas calas y una antigua torre portuguesa en ruinas. Pero la realidad es mucho más cruel. La isla, aunque cercana, es prácticamente inaccesible para nadadores agotados, y su historia, con tensiones geopolíticas, añade un matiz oscuro a cada intento de alcanzarla.
Una "roca" disputada y SIMBÓLICA
El islote de Perejil, conocido en árabe como Leïla, es una masa rocosa de apenas 15 hectáreas que se desprendió hace millones de años del monte Yebel Musa, para los ceutíes la mítica figura de la «Mujer Muerta» que emociona sus corazones. La ubicación tan cercana a la costa marroquí, y su posición a menos de ocho kilómetros de Ceuta, convierten al islote en un enclave estratégico dentro de una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo.
A pesar de su reducido tamaño y su aparente insignificancia, el islote es un punto recurrente de tensiones diplomáticas entre España y Marruecos. Para España, Perejil es una «roca», según la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CNUDM), lo que significa que no genera derechos sobre plataforma continental ni Zona Económica Exclusiva, pero sí un mar territorial de hasta 12 millas náuticas. Marruecos, sin embargo, lo reivindica como parte de sus aguas interiores, alimentando un conflicto latente que quedó expuesto de manera contundente en la conocida crisis del Perejil de 2002.
La "isla estúpida"
El 11 de julio de 2002, Marruecos decidió ocupar temporalmente el islote con unos gendarmes, en lo que España interpretó como un desafío directo a su soberanía. La respuesta española no se hizo esperar: en cuestión de horas, tropas españolas desalojaron a los militares marroquíes en una operación que elevó la tensión entre los dos países a niveles alarmantes. La crisis, mediada por el entonces secretario de Estado de los Estados Unidos, Colin Powell, concluyó con el restablecimiento del statu quo: el islote permanecería deshabitado y sin presencia militar de ninguna de las dos partes. Powell con notable enfado, regañó a los representantes diplomáticos de ambos países. «No peleéis por una isla estúpida», afirmó con contundencia el americano.
Desde entonces, Perejil no ha dejado de ser un símbolo de las disputas no resueltas en torno a las fronteras marítimas del Mediterráneo occidental. Sin embargo, para los migrantes que buscan desesperadamente un futuro mejor, estas tensiones geopolíticas son irrelevantes.
Aguas CON RECUERDO DE TRAGEDIAS
El caso de los ocho jóvenes rescatados el lunes no es excepcional. A lo largo de los años, Perejil ha sido escenario de innumerables intentos de cruce y no pocas tragedias. En septiembre de 2009, ocho personas subsaharianas perdieron la vida cuando la patera en la que viajaban naufragó cerca del islote. En 2014, 13 migrantes lograron alcanzar las rocas antes de ser detenidos por la Gendarmería marroquí.
En el islote de Perejil, los migrantes no entienden de conflictos geoestratégicos ni de disputas diplomáticas entre España y Marruecos. No hablan del statu quo que ambos países mantienen desde 2002 ni de acuerdos tácitos sobre su soberanía. Para ellos, Perejil no es más que un trozo de tierra, una esperanza a dos palmos de tierra. Desde su perspectiva, esa roca solitaria representa la posibilidad de que una lancha de Salvamento Marítimo español los recoja y los lleve a Ceuta, su primer paso hacia Europa y, quizás, hacia una vida mejor.
