Para llegar hasta la librería de Hong Kong donde nos ha citado una activista a la que identificaremos como Wen, hay dos rutas posibles atravesando el distrito comercial: una, caminando a ras de suelo, y la otra, subiendo entre gigantes de cristal y acero por una escalera mecánica, la más larga del mundo al aire libre. La segunda opción es más rápida. Las vistas también son mejores para contemplar el bullicioso corazón de una de las capitales financieras del mundo, la que hace muy poco presumía de ser una rara avis ultracapitalista de libertades en territorio chino. Hasta que esa libertad comenzó a desvanecerse como una luz que se apaga lentamente bajo la sombra absorbente del autoritarismo.
Desde arriba, la humedad del aire es más densa, casi palpable. El murmullo del tráfico se desvanece. Sólo queda la corriente de gente que, atrapada en la acelerada rutina, sube y baja con prisa. En algunos tramos, a ambos lados de las escaleras hay bloques de viviendas cuyas ventanas dejan escapar fragmentos de la vida cotidiana: un hombre que se asoma con una taza de café en mano, una señora que apaga el cigarrillo en una maceta, un niño discutiendo con su madre frente a una pila de platos sucios que se amontonan en el fregadero...
La Central-Mid-Levels es una enorme pasarela de 800 metros que serpentea por encima de 13 calles a través de 16 escaleras mecánicas reversibles y tres pasillos rodantes a una velocidad de 0,65 metros por segundo. El paso elevado ayuda a descongestionar el apretado trasiego que hay a diario en el distrito Central, que alcanza hasta una noria gigante con vista al puerto de Victoria Harbour, donde el ex gobernador Chris Patten y el ahora rey Carlos III partieron en un yate de la familia real británica el 1 de julio de 1997, representando el traspaso de la soberanía de Hong Kong a China.
La librería donde espera Wen a Crónica se encuentra en una de las bifurcaciones de la red de escaleras mecánicas. Ha escogido este lugar para el encuentro porque quiere explicar que, hace cinco años, en las estanterías de la librería se podían comprar obras históricas que mencionaban la represión de Tiananmen de 1989, ensayos satíricos sobre el fin de Hong Kong como colonia británica y literatura de viajes escrita por legisladores del movimiento prodemocracia que ahora están en prisión.
«La tradición de Estado de derecho y libertades civiles que teníamos ha desaparecido. En este sentido, Hong Kong se ha convertido en una provincia más de China. Han censurado cientos de libros y cerrado todos los medios independientes. Cualquier protesta pública se considera un acto de sedición y puede ser castigado hasta con cadena perpetua. Y lo que es peor, han conseguido enfrentar a los hongkoneses, ofreciendo recompensas para que sean los propios ciudadanos los primeros en denunciar al vecino que se rebele contra el autoritarismo que nos han impuesto por la fuerza».
Wen, que prefiere que no salga publicada su verdadera identidad por miedo a represalias, enumera con mucha rabia todo lo que Hong Kong ha perdido tras la embestida autoritaria de China. Esta veterana activista llegó a ocupar un escaño en el Parlamento local, representando a un partido político que peleaba por un Hong Kong más democrático. Cuenta que su formación quedó fuera del legislativo cuando desde Pekín se decidió que, en las elecciones de 2021, únicamente podían presentarse los «patriotas», los que seguían la línea progubernamental. Toda la oposición quedó fuera de una cámara que habitualmente contaba con una representación bastante plural.
Crónica viaja a Hong Kong cuando se cumplen cinco años desde que la ex colonia británica fuera paralizada por multitudinarias protestas a favor de la democracia, que terminaron cuando el Gobierno chino, aprovechando que las calles se vaciaron por la pandemia durante los primeros meses de 2020, lanzó una ley de seguridad nacional que arrancó la autonomía de la que disfrutaba la ciudad. De golpe, se desmoronó el faro de libertad del este, un lugar donde el eco de la democracia resonaba en las calles, donde las voces disonantes podían ser escuchadas sin temor. Decenas de activistas y legisladores fueron detenidos, mientras que otros muchos se exiliaron en el extranjero.
En otra de las calles a las que lleva la escalera mecánica de Central hay una comisaría que expone en su entrada las fotografías de varios activistas prodemocracia que huyeron al extranjero y que están en busca y captura. Por ellos se ofrece una recompensa de un millón de dólares hongkoneses, que al cambio son alrededor de 125.000 euros.
El rostro más famoso que aparece es el de Nathan Law, un ex diputado de 40 años que se encuentra huido en Reino Unido. «El Hong Kong libre que conocíamos ya no existe», suelta desde Londres. Law era secretario general del partido Demosisto, de corte independentista, que fue disuelto tras la entrada en vigor de la ley de seguridad nacional, en julio de 2020. «Hong Kong ha perdido las voces críticas que peleaban desde dentro. Por eso es importante seguir, aunque sea desde lejos, impulsando el movimiento democrático, para que no caiga en el olvido».
Otra de las caras más conocidas del extinto partido Demosisto, Joshua Wong, se encontraba entre los 45 activistas, políticos, profesores, periodistas y sindicalistas que el pasado noviembre fueron condenados a penas de entre cuatro y diez años de prisión por conspirar para derrocar al Gobierno local. Aquel fue el mayor proceso judicial celebrado en virtud de la represiva ley de seguridad nacional. Todos los condenados llevaban más de 1.000 días en la cárcel por organizar y participar en unas elecciones primarias ilegales para elegir a los candidatos de una oposición parlamentaria que dejó de existir.
«Hong Kong ha perdido su brillo porque ahora depende totalmente de China. La ciudad ya no tiene la capacidad fiscal de antes para pelear por grandes cosas. Muchos inversores y fortunas se están marchando a la vecina Shenzhen, en China continental, que es ahora más atractiva para invertir», asegura una española que ha vivido en Hong Kong muchos años, Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia-Pacífico del banco de inversiones francés Natixis.
EL JUICIO A UN MAGNATE DE LOS MEDIOS
Hong Kong siempre ha sido el más sólido de los bautizados a finales del pasado siglo como los cuatro tigres asiáticos. Tokio, Seúl y Taipei eran atractivos centros financieros, pero el glamour y poder adquisitivo de la ex colonia británica los superaba a todos. Nunca ha llegado a ser una región que gozara de plena democracia porque al jefe del Ejecutivo local lo nombraba directamente el Gobierno chino y sólo se votaba por sufragio directo a la mitad del Parlamento. Pero se toleraba que los críticos ocuparan asientos en un legislativo donde podían opinar y participar en las votaciones de los proyectos de ley. Cuando Hong Kong regresó al dominio chino en 1997, Pekín se comprometió a que, bajo un modelo llamado «un país, dos sistemas», la ciudad mantendría su esencia capitalista y disfrutaría de muchas libertades que no hay en el resto de ciudades chinas.
Todo cambió tras las protestas a favor de la democracia en 2019, que empezaron con unas marchas pacíficas contra un proyecto de ley que permitía la extradición de fugitivos a China continental. Los manifestantes consiguieron que la entonces jefa del Ejecutivo, Carrie Lam, tumbara la ley. Pero las protestas continuaron para exigir, entre varias demandas, que el pueblo pudiera elegir al gobernador local. Lo que al principio fueron marchas pacíficas terminaron en un bucle de violencia con enfrentamientos entre los manifestantes más violentos y los antidisturbios.
Por la noche, desde las escaleras mecánicas de Central, la ciudad parece transformarse en una maqueta de luces y sombras. La iluminación intermitente de los neones se refleja en los rascacielos. Las aceras se ven rebosantes de vida. «Desde la mirada de un turista parece que Hong Kong sigue siendo una ciudad igual de intensa y de libre, pero no es así. Lo primero que nos han arrebatado es la libertad de expresión. Antes, los periódicos criticaban sin miedo, las pancartas de protesta se alzaban sin que la policía las destruyera, y las redes sociales eran un hervidero de debate. Políticos, activistas y periodistas se alzaban en sus distintas formas de lucha. Aquel Hong Kong donde las opiniones divergentes coexistían con libertad ya no existe», señala el abogado Robert Pang, uno de los letrados que defienden a una de las figuras prodemocracia más populares de la ciudad que estos días está siendo juzgado por sedición, colusión con fuerzas extranjeras e incitación al odio público contra las autoridades. Se trata del magnate de los medios Jimmy Lai.
«Mi padre está siendo víctima de una persecución política», asegura Sebastien Lai , quien lleva meses viajando por el mundo para reunirse con líderes de las grandes democracias liberales, como Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Australia. Busca apoyo para un multimillonario de 76 años que lleva desde diciembre de 2020 encerrado en una prisión de máxima seguridad. Lai padre era conocido por ser el fundador de uno de los periódicos más populares de Hong Kong, el extinto Apple Daily, con una línea editorial muy crítica con el régimen chino.
Por las escaleras mecánicas al aire libre más grandes del mundo transitan a diario más de 78.000 personas. Desde las alturas, la ciudad mantiene la apariencia de siempre, la de ser la puerta de entrada del mundo occidental a China, un centro financiero cuya influencia económica rivaliza con la de Nueva York y Londres. Pero el giro autoritario de Hong Kong se aprecia en los pequeños detalles. Como cuando uno entra en el metro y se encuentra murales con dibujos que recuerdan a los ciudadanos que su deber es denunciar las «actividades secesionistas» de aquellos que todavía creen que Hong Kong es un lugar en el que existe la libertad de expresión. @Lucasdelacal




