El corazón de Maradona pesaba 503 gramos, un tamaño anómalo -por gigante- incluso para un hombre deportista. Federico Corasaniti lo sostuvo en sus manos sin ser plenamente consciente de a quién le estaba practicando la autopsia aquel 25 de noviembre de 2020. "De repente, en la morgue, pensé: ¡Qué mierdas! Tengo el corazón del Diego en las manos", recuerda este médico forense con más de dos décadas de experiencia.
A lo largo de su trayectoria aprendió que un minuto puede salvar una vida, como jefe de emergencias en el Hospital de San Isidro (Buenos Aires) o como médico legal, donde sus informes fueron claves para que un juez comprendiese el horror en el cuerpo de una niña asesinada y dictase una de las mayores penas de cárcel en Argentina. Ahora, tras más de dos años y asentado en Extremadura, sigue a la espera de la homologación de su título en España para poder ejercer. "Es una falta de respeto que, teniendo médicos de países hispanoparlantes —cuyas universidades tienen convenios con otras españolas— trabajando de camareros o albañiles, se pretenda ir a buscar otros profesionales a Mauritania", dice a Crónica sobre el anuncio de Pedro Sánchez de agilizar la homologación de títulos procedentes del África subsahariana y el Sahel.

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El departamento judicial de Buenos Aires en el que trabajaba Corasaniti como jefe forense desempeñaba sus labores en una demarcación con más de 3.000.000 de habitantes. Él ni siquiera sabía que Maradona vivía en su jurisdicción, en una casa modesta del barrio privado de San Andrés de Tigre. Nunca se había planteado la posibilidad de enfrentarse con un bisturí a ese cuerpo.
La noticia de la muerte del mediapunta corrió como la pólvora. En una Argentina en vilo, Federico ni había escuchado la radio ni había visto la televisión ese día. De guardia en su despacho, atendió la llamada de Carlos Cassinelli, su colega y director de Medicina Legal de la Superintendencia de la Policía Científica de la Provincia de Buenos Aires. "¿Viste lo qué pasó? Murió Diego", escuchó al otro lado de la línea y preguntó desubicado a quién se refería. "Maradona, boludo", le respondió de vuelta Cassinelli.
Al Pelusa se lo encontró "con una remera, un short y sin sábanas bajeras" en la cama donde yacía desprovisto de cualquier tipo de majestuosidad. Sólo entendió quién era el muerto cuando, en la frialdad de la morgue, sostuvo el corazón del '10'. De D10s. En ese momento, con aquel músculo inerte —en el que había apretado la rabia y la gloria de tantas tardes en San Paolo— entre sus manos, también comprendió la importancia de despojarlo científicamente de su misterio.
Para ello, no sólo reunió a un grupo de especialistas, sino que parecía la convocatoria de un equipo para una final. 23 peritos, 11 de ellos oficiales, como un alineación titular dispuesta a enfrentar el enigma del cuerpo de un dios caído. "Estábamos los mejores, éramos como el Barça de Pep Guardiola", comenta Federico. Entre los nombres resonaban figuras de peso como el presidente de la Sociedad Argentina de Nefrología y el jefe de la cátedra de Toxicología de la Universidad de Buenos Aires.
Aquella autopsia no fue un acto clínico más. Cada uno de los movimientos se grabó paso a paso con una cámara en la cabeza del doctor y otra a los pies del cadáver. "La incisión del tiempo cefálico, el tiempo torácico, el tiempo abdominal...".
Todo en un silencio quirúrgico roto por un coro de voces al otro lado de los muros del centro de autopsias. Barras bravas de Boca Juniors, de Gimnasia y Esgrima La Plata y de la selección argentina entonaban cánticos a Maradona a modo de rezo profano. Aquellas gargantas se correspondían, como calcula Federico, con "unas 3.000 o 4.000 personas".
A Maradona le habían sacado la medicación para la hipertensión. También su psiquiatra personal le había recetado una medicación psiquiátrica sin tener en cuenta las dos arritmias que casi lo matan en Punta del Este (Uruguay) y Cuba. Una "impericia", en palabras de Federico.
Cuatro años después, la muerte de Maradona sigue sin sentencia. La Justicia aplazó el juicio contra los ocho profesionales de la salud acusados de "homicidio simple con dolo eventual" al 11 de marzo de 2025. El neurocirujano Leopoldo Luque, la psiquiatra Agustina Cosachov y el psicólogo Carlos Ángel Díaz, así como otros cinco imputados, están acusados de haber dejado al ídolo en una "situación de indefensión", según los fiscales. Sobre ellos pende una posible pena de entre ocho a 25 años.
Hace poco más de dos años Corasaniti y su familia abandonaron Argentina. La decisión no fue económica. Su vida en el país albiceleste era próspera, con un sueldo situado "dentro del 3% más rico de la República", y parecía tenerlo todo. "Un auto, mi casa en la costa, otra en Buenos Aires, otra en la montaña, en la Patagonia".
A los 24 años se licenció por la Universidad de Buenos Aires, realizó la residencia en Medicina Familiar y un posgrado en Medicina Legal. Poco después, se convertiría en jefe del cuerpo médico forense del departamento judicial de San Isidro, con más de tres millones de habitantes bajo su jurisdicción. Acabaría compatibilizando con otros trabajos como ser jefe del Servicio de Emergencias del Hospital de San Isidro o sus clases en la cátedra de Emergencias y la de Medicina Legal en la Universidad Nacional y Universidad de Buenos Aires, respectivamente.
Todo cambió el 18 de enero de 2015. El fiscal Alberto Nisman fue hallado muerto en el baño de su apartamento en Puerto Madero (Buenos Aires). Tenía un disparo en la sien derecha y una pistola Bersa calibre 22 a su lado. Su muerte ocurrió pocas horas antes de su comparecencia ante el Congreso.
El fiscal iba a exponer sus pruebas sobre su denuncia contra la presidenta Cristina Fernández deKirchner, el canciller Héctor Timerman y otros funcionarios, a quienes acusaba de encubrir a los responsables iraníes del atentado contra la AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina) en 1994. Un ataque que dejó 85 muertos.
Aunque inicialmente se barajó la posibilidad de que se tratase de un suicidio, las pruebas en la escena del crimen no cuadraban. Corasaniti lo notó apenas llegó: la posición del cuerpo, la pistola, y la ausencia de pólvora en las manos de Nisman levantaron sospechas.
Semanas después, empezó a percibir cosas inquietantes a su alrededor. "Me pusieron cámaras de vigilancia apuntando a mi casa, y un día de camino a subirme en el auto, encuentro en el garaje una nota que decía: 'Tu hija Josefina va a este colegio y entra a tal hora'. Eso fue lo que me hizo dejar todo y venir", cuenta Federico.
La familia Corasaniti Petrarca tardó seis años en abandonar el país. Lo hicieron decididos a empezar de cero y trabajar en lo que fuera necesario. Una vez en España volvió a comprobar la elasticidad del tiempo. Tanto él como su esposa, Carolina Petrarca, una médica pediatra y psiquiatra infantil, llevan dos años y seis meses esperando a la homologación de su título académico en nuestro país. Nunca llega.
DOS AÑOS DE ESPERA
El procedimiento burocrático lo empezaron estando aún en Argentina. Desde aquella, el matrimonio se encuentra entre las 47.226 almas congeladas a día de hoy en este limbo burocrático. Una gran parte de los expedientes pertenecen a sanitarios llegados de América del Sur.
El órgano encargado de este trámite —el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades — acumula 17.182 expedientes a la espera de homologación en diversas profesiones gestionados bajo el antiguo decreto y 30.044 a la espera de resolución conforme al Real Decreto 889/2022. Tan sólo un 15% de las solicitudes han sido resueltas por el ministerio. Una muestra de la lentitud del proceso que, en 2022, solo contaba con ocho funcionarios para los trámites burocráticos.
"Siento que se nos ríen en la cara, nos dicen que según el antiguo decreto de 2018 el máximo son dos años... Te pones a leer esa letra chica y lo que dice es que para la apertura del expediente son dos años", afirma Corasaniti sobre los tiempos de espera.
Mientras tanto, el país tiene un déficit de 5.874 médicos, según el Informe de necesidad de médicos especialistas en España 2023-2035, elaborado por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y el Ministerio de Sanidad. De ellos, 4.502 son médicos de familia.
"No vine aquí con el objetivo de conseguir un puesto como el que tenía allá. Me conformaría con ser el médico de un pueblo como Garganta de los Montes", afirma desde Badajoz, donde reside ahora mientras realiza trabajos ocasionales que le van surgiendo y tras haber regentado un bar en Villanueva de la Cañada (Madrid).
LA AUTOPSIA 'DE SU VIDA'
Hasta que llegó el momento de la partida, Federico siguió pasando largas jornadas en la morgue, lejos de sus hijos y enfrentándose cada día a la crudeza de cuerpos destrozados que bien podrían haber sido los de ellos. "La autopsia de Diego [Maradona] no fue la más importante de mi vida, sino la de Enma Laurentino, de cinco años", confiesa a este suplemento.
Un día de agosto de 2018 recibió la solicitud de revisar el cadáver de una niña de apenas cinco años. La escena en aquella casa del barrio bonaerense de Tigre le impactó profundamente.
Enma yacía en la cama de su madre, completamente vestida, con la capucha puesta. Al levantarle la ropa, Federico descubrió un cuerpo lleno de cicatrices.
"Tenía todo tipo de lesiones, menos por armas de fuego", recuerda aún con horror.
Todo su cuerpo estaba tallado con marcas. Moretones en diferentes etapas de curación, quemaduras de cigarrillo y signos recientes de violación. Más de 100 lesiones en un cuerpo desnutrido de escasos 11 kilos, frente a los 18-25 que debería pesar un infante de esas características.
"Cuando termino de decirle mis apreciaciones al fiscal, este me dice '¿Cuánto tiempo crees que has estado hablando?' y me dice que '1 hora 45 minutos'. Puede que eso sirviera para hacer justicia con Enma", afirma al recordar el caso.
Tras tres años de juicio, el Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) N°3 de San Isidro dictó la pena más grande en Argentina: la cadena perpetua. El órgano togado sentenció como culpables a Fernanda Navarro (madre de la niña) y Sebastián Ávalos (su pareja) de un delito de homicidio agravado por ensañamiento y por el abuso sexual con acceso carnal a la menor.
El caso Belsunce estuvo plagado de errores y sospechas. En 2002, María Marta apareció muerta en su casa. Lo que al inicio parecía un accidente doméstico pronto se reveló como algo mucho más siniestro. Mes y medio después de la emisión del informe médico que atribuía el deceso a un accidente doméstico, se ordenó la autopsia del cadáver.
La apertura del cráneo en la necropsia mostró cinco balas de un revólver calibre 32 ocultas tras una fractura. Nadie las había visto durante los primeros exámenes del cuerpo. La tragedia se convirtió en un laberinto judicial que atrapó al país entre versiones y juicios interminables.
Una de las líneas de investigación de la policía era un posible vínculo con una organización criminal mexicana: el Cártel de Juárez. 22 años después el caso se cerraría con la condena a cadena perpetua por asesinato de Nicolás Pachelo, vecino de la víctima.
La muerte de Natasha Jaitt —conocida por su paso por la televisión en los programas Gran Hermano 6 y Crónicas marcianas— también estuvo rodeada de rumores y teorías conspiranoicas.
En 2019, apareció sin vida en un salón de fiestas en Benavídez. Los informes iniciales señalaron "muerte por causas naturales" o un accidente doméstico relacionado con el consumo de drogas. Su caso trascendió el hecho clínico y la influencia mediática dificultó un análisis claro por parte de las autoridades.
Todos los nombres de las 3387 autopsias que ha practicado conforman la vida de Federico. Un relato a Crónica que presenta como un viaje "catártico" y al que le queda por cerrar uno de sus últimos capítulos: la homologación de su título en España. Algo que va más allá de un mero trámite, una llave que podría hacer que Federico y Carolina pudieran reencontrarse con lo que los hizo ser quienes son. Mientras tanto, la espera sigue ahí, inmutable, recordándoles que hay demoras que no salvan, que no ajustician, que simplemente desgastan.




